8 febrero, 2026

La Arquidiócesis de Nueva York ha dado la bienvenida a su nuevo líder, Mons. Ronald Hicks, en una ceremonia de instalación que no solo marcó el inicio de su pastoreo en la emblemática Gran Manzana, sino que también capturó la atención de feligreses y observadores por su singular y moderno enfoque. Durante su homilía inaugural, el Arzobispo Hicks, conocido por su profunda apreciación musical, sorprendió a la congregación al entrelazar referencias a artistas icónicos de la música popular con mensajes espirituales, estableciendo una conexión inusual que resonó en el diverso tapiz cultural de la ciudad.

El recién investido prelado no ocultó su entusiasmo por la música, declarando abiertamente su amor por “todos los tipos de música” y confesando que “casi siempre tengo una canción sonando en mi cabeza”. Esta pasión se convirtió en el hilo conductor de una homilía que buscaba ser cercana e informal, revelando sus “primeras impresiones de vivir y trabajar en Nueva York” a través de melodías que cruzan generaciones y géneros. Su elección no fue aleatoria; en una ciudad que es crisol de culturas y sonidos, Hicks optó por un lenguaje universal que trasciende barreras.

Gran parte de su intervención fue pronunciada en español, una muestra de su compromiso con la numerosa comunidad hispanohablante de la ciudad, un idioma que domina gracias a su extensa experiencia misionera en países latinoamericanos como México, El Salvador y Nicaragua. Esta habilidad lingüística y cultural le permitió tender puentes inmediatos, reforzando la sensación de inclusión que caracterizó su mensaje.

Entre las figuras musicales citadas por el Arzobispo, se encontraban leyendas neoyorquinas como Billy Joel, Alicia Keys y Frank Sinatra, cuyas obras son sinónimo de la identidad y el espíritu de la ciudad. Estas menciones resonaron profundamente entre los asistentes, evocando la rica historia musical y cultural de Nueva York. Sin embargo, el momento más inesperado llegó cuando Mons. Hicks citó, con perfecta dicción, el inicio de una famosa canción en español que unió dos épocas y dos fenómenos musicales.

“Si te quieres divertir, con encanto y con primor, solo tienes que vivir un verano en Nueva York”, pronunció el Arzobispo, entonando las líneas iniciales del icónico tema “Un verano en Nueva York”. Esta canción, un clásico de la década de 1970 interpretado por El Gran Combo de Puerto Rico, una orquesta emblemática de la salsa mundial, no solo es un himno para muchos latinos, sino que encapsula la vibrante energía estival de la ciudad.

Lo que convirtió este pasaje en un verdadero punto de inflexión fue la posterior revelación cultural: estas mismas líneas han sido reimaginadas y popularizadas en tiempos más recientes por el fenómeno musical puertorriqueño Bad Bunny. El artista global, reconocido por su impacto en la música urbana y sus múltiples premios Grammy, incluyó esta estrofa en su propia canción “NUEVAYol”. La mención del Arzobispo de Bad Bunny, un artista cuya influencia trasciende las fronteras musicales y cuya participación en eventos de gran magnitud, como el medio tiempo del Super Bowl, siempre genera gran expectativa, subrayó la voluntad de Hicks de conectar con todas las generaciones y expresiones culturales.

Más allá de la anécdota musical, el Arzobispo Hicks inició su homilía con una referencia más tradicional, citando el arranque de “Alma Misionera”, una de sus “canciones favoritas de la Iglesia Católica”. Esta elección no fue menos significativa, pues la enmarcó en un llamado a la acción: “todos nosotros estamos llamados para ser discípulos misioneros en una Iglesia misionera, con almas misioneras”. La conjunción de himnos eclesiásticos con éxitos populares no fue una mera excentricidad, sino una estrategia deliberada para comunicar un mensaje profundo y universal de misión y pertenencia.

La elección de Mons. Ronald Hicks de utilizar referentes de la cultura popular, desde el swing de Sinatra hasta el trap de Bad Bunny, y la salsa de El Gran Combo, revela una visión de liderazgo religioso que busca la relevancia y la accesibilidad. En una metrópolis tan dinámica y diversa como Nueva York, su enfoque sugiere un episcopado que valora el diálogo cultural, la inclusión y la capacidad de hablar a todos los segmentos de la población. Su primera homilía no solo presentó a un nuevo líder espiritual, sino que también trazó un camino hacia una Iglesia que aspira a ser misionera en todos los sentidos, conectando con el corazón de sus feligreses a través de lenguajes que verdaderamente resuenan en el pulso de la ciudad. La música, en este contexto, se convierte en un poderoso vehículo para la fe, la comunidad y la misión.

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