La Cuaresma, tiempo litúrgico de profunda reflexión y preparación, invita a millones de fieles católicos en todo el mundo a un camino de penitencia, oración y caridad en anticipación a la Semana Santa. Tradicionalmente, las prácticas de ayuno y abstinencia se han asociado de manera predominante con restricciones alimentarias, un sacrificio que busca mortificar el cuerpo y elevar el espíritu. Sin embargo, la tradición eclesiástica y los sabios consejos de santos como San Juan Bosco revelan una dimensión más amplia y profundamente transformadora de la penitencia cuaresmal. El fundador de la Congregación Salesiana, reconocido por su singular pedagogía y su dedicación a la juventud, ofreció una perspectiva innovadora sobre cómo vivir el ayuno, instando a sus discípulos a extender esta práctica piadosa a todas las facultades del cuerpo, en una búsqueda integral de dominio propio y virtud cristiana.
San Juan Bosco, cuya vida estuvo marcada por una adhesión inquebrantable a las directrices de la Iglesia Católica y por un celo pastoral ardiente, no solo cumplió rigurosamente con las prescripciones cuaresmales de su tiempo, sino que también las enriqueció con una enseñanza que trascendía lo meramente físico. Su visión de la penitencia se centraba en la idea de que el verdadero crecimiento espiritual requiere un control consciente sobre las propias inclinaciones y deseos. Esta perspectiva se documenta en el tomo número 12 de las “Memorias biográficas de Don Bosco”, donde se narra cómo el santo animó a los jóvenes bajo su cuidado a practicar un ayuno que implicaba un acto de señorío sobre su propio cuerpo y sus sentidos. “No permitan nunca, mis queridos amigos, que el cuerpo mande; mortificadlo durante esta mitad de la Cuaresma, que aún nos queda”, enfatizó con su característica pasión, invitando a una disciplina que fortaleciera la voluntad y el alma frente a las tentaciones mundanas.
La propuesta de Don Bosco era radical en su simplicidad y profundamente relevante para cualquier época, incluida la nuestra. Sugirió un “ayuno de los ojos”, que consistía en refrenar la mirada de todo aquello que pudiera ser contrario a la virtud de la modestia o que alimentara curiosidades nocivas. En una era saturada de imágenes y estímulos visuales a través de pantallas y medios digitales, este consejo adquiere una pertinencia particular. Implica una elección consciente de no exponerse a contenidos inmorales, representaciones indecorosas o lecturas que pudieran erosionar la fe o la pureza del corazón. Es una invitación a custodiar la puerta de la percepción visual, cultivando una mirada limpia y dirigida hacia lo bueno, lo bello y lo verdadero, protegiendo así la paz interior y la inocencia.
Extendiéndose a otro de los sentidos primordiales, San Juan Bosco recomendó también un “ayuno de los oídos”. Este exhortaba a los jóvenes a huir de las conversaciones que pudieran ofender la pureza, a abstenerse de la murmuración y del chismorreo, y a evitar participar en habladurías que socavaran la reputación o la caridad fraterna. En un contexto social donde la desinformación y el juicio apresurado a menudo prevalecen, este tipo de penitencia invita a una escucha atenta y compasiva, a discernir la verdad de la calumnia, y a elegir conscientemente no ser parte de la cadena de rumores que dañan las relaciones humanas y la comunidad. Es una práctica que fomenta la prudencia y la construcción de un ambiente de respeto y confianza.
El “ayuno de la lengua” fue otra de las piezas clave en la pedagogía cuaresmal de Don Bosco. Animó a sus alumnos a desterrar toda palabra que pudiera escandalizar a los demás, a evitar las bromas pesadas o vulgares, y a abstenerse de hablar mal de cualquier persona. La lengua, como bien se sabe, tiene el poder de edificar o de destruir. Este ayuno se convierte en una valiosa oportunidad para reflexionar sobre el impacto de nuestras palabras, para cultivar un lenguaje que sea fuente de bendición, consuelo y edificación, en lugar de un instrumento de crítica, queja o discordia. Implica un esfuerzo por controlar los impulsos verbales, por pensar antes de hablar y por elegir siempre la verdad dicha con caridad.
Además de estos ayunos sensoriales, San Juan Bosco también abogó por una penitencia más general en el comportamiento, instando a la paciencia y la caridad en las pequeñas adversidades de la vida cotidiana. Recomendó no quejarse por las inclemencias del tiempo, soportar con resignación las contrariedades y tolerar con benevolencia los defectos ajenos. En esencia, invitó a no realizar nada que fuera en contra del buen ejemplo o que menoscabara la armonía comunitaria. Este “ayuno de la comodidad” o “ayuno del ego” promueve una actitud de humildad, resiliencia y servicio, transformando las pequeñas fricciones diarias en oportunidades para crecer en virtud y para imitar la mansedumbre de Cristo.
El culmen de estas prácticas, según la enseñanza de San Juan Bosco, radicaba en la vida sacramental. “Una cosa más quiero recomendarles todavía. Comulguen frecuentemente y con fervor. Si reciben a Jesús con frecuencia en su corazón, su alma quedará tan fortalecida por la gracia, que el cuerpo se sentirá obligado a obedecer al espíritu”, concluyó el santo. Esta exhortación final subraya que el ayuno, en todas sus formas, no es un fin en sí mismo, sino un medio para una unión más profunda con Dios. La Eucaristía, fuente y cumbre de la vida cristiana, provee la gracia necesaria para que la voluntad espiritual prevalezca sobre las inclinaciones corporales, permitiendo que la persona se configure más plenamente con Cristo. Así, la Cuaresma se convierte en una oportunidad para un ayuno integral que abarca el cuerpo y el espíritu, la mente y el corazón, preparando al creyente para celebrar con renovada fe la Resurrección del Señor.




