24 febrero, 2026

La Iglesia Católica en Perú celebra la ordenación de un nuevo sacerdote, el Padre Erlin Pérez Vásquez, cuya historia vocacional se teje entre la quietud de los Andes peruanos y un encuentro significativo que, años después, resonaría con la figura del actual Papa León XIV. A sus 26 años, el recién ordenado presbítero para la Prelatura de Yauyos comparte un relato de fe, perseverancia y profunda conexión familiar, que subraya la vitalidad de la fe en las comunidades rurales.

Nacido el 8 de diciembre de 1999, coincidiendo con la Solemnidad de la Inmaculada Concepción, este detalle ha sido interpretado por su familia como un presagio especial en su camino espiritual. Gran parte de su juventud transcurrió en Alfombrilla, un pequeño poblado de la provincia de Santa Cruz, en el departamento andino de Cajamarca. La localidad, según describe el propio sacerdote, carece incluso de servicios básicos como una farmacia, un testimonio de la remota sencillez que marcó sus primeros años.

**Un Llamado Temprano y el Apoyo Familiar**

La vocación sacerdotal del Padre Erlin surgió desde la niñez, un llamado divino que encontró fértil terreno en el seno de su familia. Sus padres y sus cuatro hermanos custodiaron y alentaron este discernimiento, con un rol protagónico de su padre, don Paco. “Siento que Dios ha sido sumamente generoso conmigo, primero con el sacerdocio, y luego con mi familia, mis amistades y todas las personas que han estado cerca y han orado por mí”, reflexiona el sacerdote.

El momento culminante de su formación se materializó el 13 de febrero, cuando fue ordenado sacerdote en la Prelatura de Yauyos, en una emotiva ceremonia presidida por el obispo prelado, Monseñor Ricardo García. Visiblemente emocionado, el Padre Erlin expresó su alegría: “Estoy inmensamente feliz por haber recibido el orden sacerdotal. Viví en el campo hasta los 17 años, rodeado de la naturaleza, los árboles, los ríos y excelentes amigos en mi pueblo, Alfombrilla”.

**El Camino al Seminario y una Confirmación Especial**

Los senderos de la providencia lo guiaron al seminario menor de Yauyos en 2012, un espacio donde profundizó su relación con la fe. “Fue aquí donde comencé a tratar más íntimamente a Jesús a través de momentos de oración. Además, el ejemplo y el testimonio de vida de los sacerdotes que nos acompañaban en este colegio seminario fueron de gran ayuda”, relata. Al regresar a Alfombrilla, la llama vocacional continuaba ardiendo, fortalecida por las prácticas religiosas familiares, como el rezo conjunto del rosario y la asistencia dominical a misa.

Un capítulo particularmente memorable de su juventud es su Confirmación, recibida al concluir la secundaria. Tras percatarse de que el tiempo para este sacramento se le “estaba pasando”, se lo hizo saber a su párroco. El sacerdote le entregó un catecismo y lo instruyó para que estudiara, ya que el entonces Obispo de Chiclayo, Monseñor Robert Prevost – hoy conocido como Papa León XIV – visitaría Uticyacu, un pueblo cercano a una hora y media en motocicleta.

En Uticyacu, el joven Erlin y su padre se encontraron con el Obispo Prevost. Don Paco, siendo el catequista de la parroquia, fue presentado al obispo. “Mi padre relata que para él fueron momentos verdaderamente únicos y hermosos”, comenta el Padre Erlin. “Y así fue como, en la Misa de Confirmación, recibí el sacramento de manos del ahora Papa. Para mí, ha sido una gracia muy especial”.

**Reacciones, Vocación y el Vuelo Sacerdotal**

La decisión de Erlin de abrazar el sacerdocio generó diversas reacciones en su comunidad. La más conmovedora provino de su padre. “Cuando le anuncié que sería sacerdote, él simplemente abrió sus brazos y me dio un abrazo gigante, como de oso. Me sentí increíblemente feliz”, recuerda. Posteriormente, su madre, sus cuatro hermanos y sus amigos también compartieron su alegría, aunque no faltaron las bromas cariñosas. “Decían, ‘ahí va el curita que bendice con agua santa’, o se santiguaban al verme. Eran cosas que me causaban mucha gracia”, evoca con una sonrisa.

En 2017, tras culminar la secundaria, Erlin ingresó al Seminario de Yauyos para profundizar sus estudios de Filosofía y Teología. Fue acogido por Monseñor Ricardo García, quien finalmente lo ordenó. La Misa de ordenación fue un evento profundamente espiritual. “Hay un momento en la ordenación, cuando el obispo impone las manos. Sentí cómo el Espíritu Santo llenaba mi alma por completo, penetrando todo mi ser. Me emocioné muchísimo, las lágrimas brotaban, y los demás sacerdotes también impusieron sus manos mientras yo seguía llorando”, narra. Al abrir los ojos, la imagen de la Virgen María, nuestra Madre del Amor Hermoso, estaba frente a él, un símbolo de su devoción mariana.

Su primera Misa, celebrada el 15 de febrero, fue una experiencia que describe como una gracia inefable. “Tener a Dios en mis manos, al creador de todo el universo, de lo visible y lo invisible… Mis manos temblaban. Fue realmente hermoso”, confiesa.

**Un Sacerdote al Servicio del Pueblo de Dios**

El Padre Erlin Pérez encuentra inspiración en figuras sacerdotales como San Juan Pablo II, el Cura de Ars y San Felipe Neri, a quienes pide “ayuda para tener ese carisma porque Dios lo necesita, nos necesita”. Su visión para el ministerio es clara: ser “un sacerdote de oración que asista a la gente mediante la confesión, dedicando varias horas al confesionario y viviendo plenamente la Santa Misa”.

Su compromiso con el sacramento de la reconciliación es especialmente firme. Consciente de historias donde fieles buscaron confesión y no pudieron ser atendidos, el Padre Erlin subraya su resolución. “Cuando el fiel me lo pida, estaré allí, porque conozco casos en los que la gente se acercó y un sacerdote, por las prisas o el trabajo, no pudo confesarles, y esa persona no volvió. He escuchado testimonios de personas que regresaron a confesarse después de 30 años por esa experiencia negativa inicial. Esas vivencias me han llevado a pensar y decir: ‘Lo primero es atenderles, lo demás puede esperar'”.

Para aquellos que disciernen una posible vocación, el Padre Erlin ofrece un consejo fundamental: “Que se dejen amar por Jesucristo, que se dejen moldear por Él y que abran su corazón para que Cristo pueda entrar”. Con una fe inquebrantable, concluye: “Ahora tengo una gran misión: llevar almas hacia el cielo”. Su historia es un faro de esperanza y un recordatorio de que la fe sigue encontrando caminos sorprendentes para florecer.

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