En el corazón de Roma, la Pontificia Universidad de la Santa Cruz (PUSC) se ha consolidado como un crisol de vocaciones, donde seminaristas y sacerdotes de diversas latitudes reciben una formación crucial para el futuro de la Iglesia. Gracias a un robusto programa de becas, jóvenes como Germán Valvidares Ordaz de México, Michael Japheth Ogutu de Kenia y el P. Anselme Manda Ludiga de la República Democrática del Congo, forjan sus caminos académicos y espirituales, preparándose para regresar a sus países y afrontar desafíos apremiantes en sus comunidades.
La PUSC, institución vinculada al Opus Dei y que en 2024 celebró su 40º aniversario, alberga a 1.264 estudiantes procedentes de 84 países. Su programa de becas es un pilar fundamental en su compromiso con la Iglesia universal, buscando garantizar una educación teológica de calidad accesible a vocaciones de todos los rincones del mundo. “Las becas de la universidad se dirigen sobre todo a seminaristas y sacerdotes diocesanos que no cuentan con instituciones que respalden su formación”, explica Álvaro Sánchez Carpintero, director de Promoción y Desarrollo de la Universidad, subrayando la misión de apoyo a quienes más lo necesitan para su preparación.
Este sistema de apoyo académico, que vio la luz en 1989 con la fundación del Centro Académico Romano Fundación (CARF) en España, ha crecido exponencialmente. Lo que comenzó con iniciativas modestas, hoy se sustenta en la generosidad de más de 25,000 benefactores distribuidos en 22 fundaciones a lo largo de los cinco continentes. Estos donantes financian los estudios de seminaristas, sacerdotes y religiosos/as que se preparan para ser los futuros formadores y líderes en sus países de origen. “Para los estudiantes es importante saber que alguien que no los conoce les está dando una oportunidad. Por eso insistimos en que recen por sus benefactores, creando un vínculo de gratitud y espiritualidad que va más allá de lo económico”, añade Sánchez Carpintero, destacando la dimensión trascendente de estas ayudas.
Para Germán Valvidares Ordaz, seminarista mexicano de 20 años, su llegada a la PUSC marcó un antes y un después. Proveniente de la diócesis de Huajuapan, esta es su primera experiencia fuera de su ciudad natal, un viaje posible gracias al apoyo económico que describe como una “deuda eterna”. Germán vive esta etapa como una preparación esencial para su regreso a México como sacerdote, donde anhela “profundizar en mi fe y en el conocimiento de Cristo para después darlo a conocer a los demás”, reflejando un profundo deseo de servicio a su comunidad.
A miles de kilómetros de México, en las aulas de la PUSC, Michael Japheth Ogutu comparte la misma pasión por el servicio. Este seminarista keniata, de la Arquidiócesis de Kisumu, cursa su segundo año de Teología y representa un hito: es el primero de su diócesis en formarse en esta institución gracias a una beca. Criado en una familia profundamente católica, donde la lectura de la Biblia y la oración eran pilares diarios, Michael recuerda las caminatas de dos kilómetros cada domingo para asistir a misa en una diócesis que, con casi 2 millones de habitantes, apenas cuenta con 70 parroquias en sus 4,616 kilómetros cuadrados.
La vocación de Michael surgió tempranamente; en la escuela, sus compañeros lo apodaban “pastor”. Sin embargo, su camino no estuvo exento de dificultades. La muerte de su madre en 2009 y problemas de salud posteriores impactaron sus estudios, pero su fe le proporcionó el bálsamo para sanar. Con la esperanza de ordenarse sacerdote en 2028, Michael siente una profunda responsabilidad hacia los niños y jóvenes de Kenia. “Cuando regrese, quiero ayudarles a tener esperanza y liderazgo”, afirma, consciente de la grave crisis alimentaria y el alto desempleo que azotan su nación, dejando a millones de personas en situación de inseguridad alimentaria y frustración.
El P. Anselme Manda Ludiga, sacerdote de la República Democrática del Congo, encarna otro perfil de beneficiario, el de quienes buscan herramientas académicas avanzadas para abordar crisis complejas. Desde hace cinco años, el P. Anselme se dedica a un doctorado en Comunicación Institucional en la PUSC. Su tesis explora cómo el diálogo puede ser un catalizador para la paz y la cohesión social en un país asolado por décadas de conflicto y la proliferación de grupos armados, así como por tensiones intertribales que hacen de la seguridad una quimera.
Proveniente de la diócesis de Kalemie-Kirungu, en el este del país, el P. Anselme ha sido testigo de primera mano de la desigualdad. Allí, en una provincia con seis territorios y múltiples grupos tribales, las comunidades Twa han sido históricamente discriminadas y relegadas a una situación de servidumbre por las comunidades bantúes. Esta tensión étnica escaló en una ola de violencia en 2013, dejando un rastro de muerte. Como sacerdote, ha trabajado activamente como mediador en estos conflictos, defendiendo la dignidad y los derechos de todos. Su doctorado analiza la comunicación en conflictos étnicos entre 2012 y 2022, buscando identificar errores y aciertos en los procesos de mediación y resaltando la importancia de las dimensiones culturales. “He estudiado con compañeros de China, México o India. Aquí compruebo que la diversidad cultural no es un obstáculo, sino una riqueza”, reflexiona, deseoso de aplicar esta lección en su tierra natal.
Estos tres hombres, Germán, Michael y el P. Anselme, representan la vanguardia de un compromiso eclesial que trasciende fronteras. Lejos de la tentación de buscar una vida más cómoda, su formación en Roma se nutre del profundo deseo de regresar a sus naciones. Son un testimonio vivo del poder transformador de la educación y la fe, forjando líderes que, desde México, Kenia y la República Democrática del Congo, están destinados a ser faros de esperanza, reconciliación y servicio en sus comunidades, llevando el mensaje cristiano y la ayuda concreta a quienes más lo necesitan.





