GUADALAJARA, MÉXICO – Ante el recrudecimiento de la violencia y la creciente crisis de desapariciones que azotan a México, líderes de la Iglesia Católica y representantes de la sociedad civil se congregaron en Guadalajara para el Segundo Diálogo Nacional por la Paz. Este encuentro, que reunió a diversas voces durante tres días, se erigió como un espacio crucial para reafirmar una convicción compartida: la construcción de la paz en el país es una responsabilidad ineludible que recae en cada ciudadano y en todos los estamentos de la sociedad.
El evento, impulsado por la Iglesia Católica en México y varias asociaciones ciudadanas, trascendió la mera deliberación para convertirse en un punto de inflexión. Según el Padre Luis Gerardo Moro Madrid, S.J., provincial de la Compañía de Jesús en México, este diálogo representa un “pacto fundamental con el país que aspiramos a edificar”. La narrativa central fue clara: la paz no es un decreto gubernamental ni un legado, sino un esfuerzo constante y metódico que exige trabajo diario y compromiso. “México no está predestinado a la violencia”, enfatizó el P. Moro, instando a una transición urgente “de la contemplación a la acción concreta”.
La urgencia de este llamado no puede subestimarse. Cifras oficiales recientes revelan un panorama desolador: un promedio alarmante de 52 personas son asesinadas cada día en México, y más de 120,000 individuos se encuentran reportados como desaparecidos. Estos números son un crudo reflejo de la implacable lucha por el control territorial entre bandas del crimen organizado, que ha sumido a diversas regiones del país en una espiral de inseguridad y miedo.
Frente a esta compleja realidad, los organizadores del Diálogo Nacional por la Paz han adoptado un enfoque multidimensional. El eje de sus propuestas radica en el estudio exhaustivo de las causas estructurales de la inseguridad y, crucialmente, en la escucha atenta de los testimonios de las víctimas de la violencia. Esta aproximación ha permitido la elaboración de estrategias concretas destinadas a sembrar y consolidar la paz en los territorios más afectados.
El Cardenal Francisco Robles Ortega, Arzobispo de Guadalajara y anfitrión de la sede, subrayó la naturaleza activa del proceso. “La paz es una labor, un quehacer que estamos llamados a edificar juntos mediante acciones puntuales y tangibles”, manifestó. Esta visión fue complementada por el Padre Jorge Atilano González Candia, jesuita y director ejecutivo del Diálogo Nacional por la Paz, quien destacó la evolución del movimiento. Tras dos años de trabajo, el diálogo presentó un documento robusto que detalla 18 metodologías para la construcción de la paz. Estas metodologías no son meras teorías, sino el resultado de la sistematización de prácticas locales exitosas que han demostrado su eficacia en la transformación de entornos violentos.
“Este segundo encuentro nos dota de experiencias y rutas que no poseíamos hace dos años”, explicó el P. Atilano en su intervención. El objetivo principal era capitalizar estos avances para dar un “paso adelante”, compartiendo las propuestas consolidadas y estimulando el compromiso individual y colectivo de cada mexicano en la edificación de un entorno más pacífico. El Cardenal Robles añadió que estas metodologías compartidas a lo largo del evento buscan “sembrar semillas de paz en cada rincón del país, con la visión de transmutar la violencia en signos tangibles de esperanza”.
La diversidad de opiniones y perspectivas entre los asistentes al diálogo no mermó la unidad en torno al propósito fundamental. Monseñor Héctor Mario Pérez Villarreal, secretario general de la Conferencia del Episcopado Mexicano, enfatizó que, pese a las diferencias, todos los participantes estaban unidos por la certeza de que “este México puede ser mejor”. Reconoció la profundidad del sufrimiento: “Si bien el cansancio, el miedo, la rabia, la impotencia y las ausencias hieren profundamente, existe algo que permanece inquebrantable: la convicción de que la violencia no puede ser nuestro destino final”.
El origen de este encuentro, como explicó Mons. Pérez Villarreal, radica en el dolor palpable recogido desde el primer diálogo nacional, una aflicción que “ya no quiere silenciarse más”. Nace de las ausencias que, tristemente, continúan multiplicándose; de las historias individuales que se niegan a ser reducidas a frías estadísticas; de las lágrimas que exigen dignidad para todos. Pero, sobre todo, “nace de la convicción profunda de que debemos hacer algo distinto si aspiramos a vivir de manera distinta”.
El anfitrión del encuentro en el ITESO, el Padre Alexander Zatyrka, S.J., rector de la institución, dio la bienvenida a los participantes con una poderosa reflexión. Insistió en la imperativa necesidad de que “la construcción de paz deje de ser un concepto abstracto y se convierta en una práctica arraigada en la vida cotidiana”. Describió esta labor como una “tarea artesanal, un tejido paciente y minucioso que nos corresponde hilar colectivamente”. Su visión resalta la complejidad y el detalle que implica cada acción orientada a la paz.
La Hermana Juana Ángeles Zárate Celedón, de la Conferencia de Superiores Mayores de Religiosos de México, aportó una nota de optimismo, asegurando que, a pesar de los desafíos, “en todos los territorios existen semillas de paz que están germinando”, un testimonio de la resiliencia y el esfuerzo de las comunidades.
El encuentro, que concluyó el domingo, fue testigo de importantes compromisos. Durante la jornada del sábado, alcaldes de diversas ciudades del país firmaron un compromiso formal por la paz, unificando esfuerzos desde el ámbito municipal. Asimismo, representantes de otras iglesias cristianas se sumaron a estos pactos, ampliando la base de apoyo y la diversidad de actores comprometidos con la urgente tarea de construir un México más seguro y en paz. Este diálogo no solo visibilizó el profundo dolor que atraviesa la nación, sino que también iluminó un camino de esperanza y acción colectiva.






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