29 marzo, 2026

Cada año, la comunidad católica global se congrega para conmemorar el Domingo de Ramos, una jornada litúrgica trascendental que, en el calendario de 2026, cae el 29 de marzo. Esta celebración marca el solemne inicio de la Semana Santa, un periodo de profunda reflexión y recogimiento que precede la Pascua de Resurrección. Lejos de ser un mero preludio, el Domingo de Ramos se erige como un complejo tapiz espiritual, tejiendo la alegría efímera de una entrada triunfal con la inminente sombra del sacrificio redentor de Jesucristo.

La liturgia de este día se distingue por su particular estructura, que incorpora la lectura de dos pasajes evangélicos, cada uno con un propósito y un contexto simbólico definidos. La primera lectura, generalmente proclamada al aire libre o en el atrio del templo, evoca la entrada de Jesús en Jerusalén. Este relato, extraído del Evangelio según San Mateo (21, 1-11), describe un momento de euforia popular, donde multitudes extendían sus mantos y ramas de palma a su paso, aclamándolo con gritos de “¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”. Jesús, montado en un humilde asno, cumplía así una antigua profecía, presentándose no con la pompa de un monarca terrenal, sino con la mansedumbre de un rey pacífico. Esta escena vibrante subraya la expectación mesiánica del pueblo, que veía en Jesús al liberador prometido.

En contraste, y como parte central de la Liturgia de la Palabra dentro del santuario, se proclama la extensa narrativa de la Pasión de Cristo. El Evangelio de San Mateo (26, 14–27, 66) detalla los eventos que condujeron a la crucifixión y muerte de Jesús, desde la conspiración de Judas hasta su sepultura. Esta dualidad litúrgica invita a los fieles a transitar, en cuestión de minutos, de la exaltación a la profunda meditación sobre el sufrimiento y el amor incondicional de Dios.

La Iglesia busca que los creyentes asimilen esta riqueza simbólica. Como bien lo expresó San Andrés de Creta, un obispo de los siglos VII-VIII, al reflexionar sobre la aproximación de Cristo a su pasión: “Salgamos al encuentro de Cristo, que vuelve hoy de Betania y, por propia voluntad, se apresura hacia su venerable y dichosa pasión, para llevar a plenitud el misterio de la salvación de los hombres.” San Andrés enfatizaba que Jesús no buscaba una gloria mundana, sino que su venida era la de un siervo manso y humilde, desprovisto de espectacularidad, que se entregaba para cumplir el designio divino de salvación. Esta perspectiva teológica resalta la naturaleza deliberada y redentora del sacrificio de Jesús.

El relato de la Pasión, tal como lo narra San Mateo, se desenvuelve con una intensidad dramática que ha conmovido a generaciones. Comienza con la traición de Judas Iscariote, quien pacta la entrega de Jesús por treinta monedas de plata, un acto que simboliza la avaricia y la fragilidad humana. A continuación, el Evangelio sumerge al lector en la Última Cena, un evento seminal donde Jesús instituye la Eucaristía, compartiendo el pan y el vino como su cuerpo y sangre, elementos de una nueva alianza destinada al perdón de los pecados. Este momento fundamental establece el centro de la fe cristiana y la promesa de una comunión perpetua.

Tras la cena, la narrativa se traslada al huerto de Getsemaní, donde Jesús, sumido en una profunda angustia, implora a su Padre que, si es posible, aparte de él ese cáliz, aunque siempre prevalezca la voluntad divina. Sus discípulos, agotados, son incapaces de velar con él, mostrando la soledad de Jesús en su hora más oscura. Poco después, llega Judas con una turba armada, sellando la traición con un beso. La detención de Jesús da paso a una serie de injustos procesos.

El juicio ante el sumo sacerdote Caifás y el Sanedrín revela la determinación de las autoridades religiosas de condenar a Jesús, buscando falsos testimonios y acusándolo de blasfemia por declararse Hijo de Dios. Paralelamente, Pedro, uno de los discípulos más cercanos, niega conocer a Jesús tres veces antes de que cante el gallo, tal como había sido profetizado, experimentando un amargo arrepentimiento.

La Pasión culmina con la entrega de Jesús a Poncio Pilato, el procurador romano. A pesar de reconocer la inocencia de Jesús, y presionado por una multitud manipulada por los sumos sacerdotes, Pilato cede a la demanda de crucificarlo, lavándose las manos en un gesto de aparente desvinculación, mientras la multitud asumía la responsabilidad de su sangre. Jesús es entonces flagelado, coronado de espinas, y objeto de burlas crueles por parte de los soldados. El camino al Gólgota, la colina de la Calavera, es un sendero de agonía, donde Jesús es ayudado por Simón de Cirene a cargar su cruz.

Finalmente, Jesús es crucificado entre dos ladrones. Desde la cruz, soporta insultos y burlas, incluso de aquellos que pasaban por allí. A mediodía, una oscuridad sobrenatural envuelve la tierra hasta las tres de la tarde, momento en que Jesús clama con voz fuerte: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, y entrega su espíritu. Su muerte es acompañada por fenómenos extraordinarios: el velo del templo se rasga, la tierra tiembla y los sepulcros se abren, provocando el temor y la confesión del centurión: “Verdaderamente éste era Hijo de Dios.”

El relato concluye con el descenso de Jesús de la cruz, gracias a José de Arimatea, un discípulo que valientemente pidió el cuerpo a Pilato y lo depositó en un sepulcro nuevo. La preocupación de los líderes religiosos por la profecía de la resurrección los lleva a sellar la tumba y poner guardias, un acto que, irónicamente, sentará las bases para la futura proclamación del milagro de la resurrección.

El Domingo de Ramos, por tanto, no es solo el umbral de la Semana Santa, sino un día para abrazar la totalidad del misterio cristiano: la aclamación mesiánica, la entrega sacrificial de Jesús y la promesa inherente de la redención. Es una invitación a los creyentes a reflexionar sobre la fe, la fragilidad humana y la inmensidad del amor divino que se manifiesta en la pasión y muerte de Cristo, anticipando la victoria de la vida sobre la muerte en la Pascua venidera.

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