Cali, Colombia – En una homilía que profundizó en uno de los pasajes más significados y a menudo cuestionados de los Evangelios, Mons. Luis Fernando Rodríguez, Arzobispo de Cali, ofreció una esclarecedora reflexión sobre el Bautismo de Jesús. La ceremonia, celebrada el pasado 11 de enero con motivo de la Fiesta del Bautismo del Señor, desde la capilla de la curia arquidiocesana, abordó la interrogante fundamental: ¿Por qué Cristo, siendo divino e inmaculado, eligió ser bautizado? La explicación del prelado colombiano no solo desentrañó este misterio teológico, sino que también iluminó el profundo significado de este sacramento para la vida de cada creyente.
El Arzobispo Rodríguez comenzó su exposición evocando el relato evangélico de Mateo, donde se narra la inicial reticencia de Juan el Bautista a sumergir a Jesús en las aguas del Jordán. “Soy yo quien necesita ser bautizado por ti”, le dice Juan, reconociendo la superioridad espiritual de Jesús. Sin embargo, Cristo responde con una directriz que encapsula una verdad fundamental de su misión: “Deja ahora, porque conviene que así cumplamos toda justicia”. Esta frase, según Mons. Rodríguez, revela que el acto de Jesús no era por necesidad personal de purificación, sino por una voluntad explícita de compartir plenamente la condición humana y, al hacerlo, infundir un nuevo propósito y significado a la ley y a los ritos existentes.
Jesús, al someterse al rito del bautismo de Juan, que era para el arrepentimiento y la purificación de los pecados, no buscaba expiar falta alguna, sino más bien establecer un paradigma de identificación con la humanidad. Esta acción marcó una “nueva impronta” en el entendimiento de las leyes divinas, tal como lo ejemplificaría más tarde en el Evangelio de Mateo, transformando preceptos antiguos como la ley del talión —“ojo por ojo y diente por diente”— en una enseñanza de amor, perdón y reconciliación hacia los enemigos y quienes ofenden. En este sentido, el Bautismo de Cristo revitalizó y proyectó el rito de Juan hacia una dimensión superior, dotándolo de una nueva fuerza y un dinamismo impregnado por el Espíritu Santo y el fuego divino. De esta manera, las aguas del Jordán, consagradas por la inmersión de Jesús, se convirtieron en el origen y la base de las aguas bautismales que, hasta el día de hoy, nos confieren la gracia del bautismo cristiano.
Más allá de la solidaridad con la condición humana, el Arzobispo de Cali enfatizó que el bautismo de Cristo también sirvió como una manifestación pública de su origen divino y su naturaleza sagrada. El Jordán fue escenario de una de las más sublimes teofanías, un momento en que el cielo se abrió y una voz celestial proclamó: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a él oíd”. Esta revelación no solo confirmó la identidad de Jesús como el Mesías esperado, sino que también lo presentó como la encarnación de la profecía de Isaías, a la cual Jesús mismo haría referencia en la sinagoga: “El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos”. La misión de Jesús, iniciada simbólicamente en su bautismo, era una obra de salvación integral, destinada a liberar a la humanidad de la ceguera espiritual y de las prisiones de la oscuridad y el pecado.
La profunda reflexión del Mons. Rodríguez culminó en un llamado a los fieles a vivir de manera coherente con el bautismo recibido. Al ser bautizados en el nombre del Señor, los creyentes participan de la naturaleza divina de Cristo y son hechos hijos e hijas de Dios. Esta adopción divina conlleva la responsabilidad de esforzarse por cultivar los mismos sentimientos que Jesús, de mirar el mundo con sus propios ojos y de amar con su propio corazón, lo que se traduce en un compromiso activo con la práctica del bien hacia el prójimo.
El Arzobispo recordó que Jesús “pasó haciendo el bien” porque Dios estaba con Él. De la misma manera, instó a los fieles a reconocer que “Dios está también con nosotros, está en nosotros, camina con nosotros”, precisamente porque hemos sido consagrados a Él mediante el sacramento del bautismo. Esta conciencia de la presencia divina en la vida de cada bautizado es el motor que impulsa a vivir una existencia plena, marcada por la caridad, la justicia y el testimonio constante de la fe. Así, el Bautismo de Jesús no es solo un acontecimiento histórico, sino un fundamento vivo que sigue transformando a aquellos que, aceptando su llamado, eligen seguir sus pasos.





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