28 julio, 2026

Bogotá, Colombia – En un llamado a la reflexión profunda y a la renovación de la fe, el arzobispo de Bogotá, el cardenal Luis José Rueda Aparicio, ha instado a la comunidad católica a comenzar la semana con la firme convicción de que Dios representa “el tesoro único por el cual debemos cambiar todo y poner en primer lugar”. La invitación del purpurado se enmarca en una meditación sobre la significativa parábola evangélica del tesoro escondido, un pasaje que Jesús de Nazaret utilizó para ilustrar la naturaleza y el valor del Reino de los Cielos.

La parábola, recogida en el Evangelio de San Mateo (13:44), narra la historia de un hombre que, al encontrar un tesoro oculto en un campo, lo esconde nuevamente y, lleno de júbilo, vende todas sus posesiones para adquirir dicho campo. Esta poderosa metáfora bíblica ha sido objeto de innumerables interpretaciones a lo largo de la historia de la Iglesia, y el cardenal Rueda Aparicio ha ofrecido una perspectiva contemporánea y arraigada en la realidad social.

A través de un mensaje audiovisual difundido por la Arquidiócesis de Bogotá, el cardenal Rueda Aparicio profundizó en la identidad de este “tesoro” incalculable. Lejos de concebirlo como un bien material o un concepto abstracto, el prelado bogotano enfatizó que Dios, como ese invaluable tesoro que demanda una reorientación total de nuestras prioridades vitales, reside “en el corazón de las personas”. Esta afirmación trasciende lo puramente espiritual para aterrizar en una dimensión relacional y comunitaria de la fe.

La implicación directa de esta visión es un llamado a la acción: descubrir a Dios en el prójimo. El cardenal explicó que esta revelación ocurre “si los miramos como hermanos, hombres y mujeres, aunque pensemos distinto”. Esta perspectiva promueve una apertura fundamental hacia el otro, reconociendo la dignidad inherente a cada individuo, independientemente de sus creencias, opiniones o trayectorias de vida. Es un mensaje de unidad y aceptación que resuena con fuerza en un mundo a menudo polarizado.

El purpurado fue aún más allá al subrayar que este reconocimiento no debe limitarse a aquellos con quienes compartimos afinidades o que consideramos “buenos”. “Incluso en aquellas personas que han cometido errores gravísimos en la vida”, afirmó el cardenal, es posible hallar la presencia divina, porque “todos fuimos creados a imagen y semejanza de Dios”. Esta enseñanza central de la teología cristiana recalca la dignidad inalienable de cada ser humano y la capacidad de redención y transformación que reside en cada corazón. En un contexto social marcado por conflictos y divisiones, la exhortación a ver la imagen divina incluso en quienes han errado gravemente, ofrece una ruta hacia la reconciliación y la compasión.

En este sentido, el cardenal Rueda Aparicio animó a los fieles no solo a descubrir este tesoro de la humanidad en los demás, sino también a custodiarlo con celo, empezando por el núcleo familiar. La familia, considerada la primera escuela de fe y amor, se convierte así en el primer campo donde se puede cultivar y proteger la presencia de Dios en las relaciones interpersonales. Al fortalecer los lazos familiares basados en el respeto mutuo, la comprensión y el perdón, se construye un entorno propicio para la manifestación de ese tesoro divino.

La reflexión del arzobispo concluyó con una metáfora evocadora: “Somos una vasija de barro, somos un campo de tierra, pero Dios está en medio de nosotros”. Esta imagen, que remite a la fragilidad humana y a la vez a la grandeza de la presencia divina, invita a la humildad y a la esperanza. Reconocerse como “vasijas de barro” implica aceptar nuestras limitaciones y vulnerabilidades, mientras que la certeza de que “Dios está en medio de nosotros” infunde una fortaleza inquebrantable. Con esta profunda certeza, el cardenal exhortó a los fieles a “empezar esta semana y vivir en alegría como el campesino que encontró el tesoro escondido”.

El mensaje del cardenal Luis José Rueda Aparicio no es solo una reflexión teológica; es una guía práctica para la vida diaria, un llamado a transformar la percepción de nuestro entorno y de las personas que lo habitan. Al identificar a Dios no solo en los templos o en los textos sagrados, sino en la mirada del otro, en la dignidad intrínseca de cada ser humano, se abre una vía para construir sociedades más justas, compasivas y unidas. Es una invitación a la alegría que surge del descubrimiento de un valor inestimable, un tesoro que, una vez hallado, reordena toda existencia y le confiere un propósito trascendente. La Arquidiócesis de Bogotá, bajo el liderazgo de su cardenal, continúa así promoviendo una fe encarnada en la realidad y comprometida con la promoción de la dignidad humana.

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