Este domingo 22 de febrero marca una fecha trascendental para la fe católica, conmemorando el 95º aniversario de la primera aparición de Jesucristo a Santa Faustina Kowalska, un evento que cimentaría las bases de una de las devociones más extendidas y significativas del mundo contemporáneo: la **Divina Misericordia**. Esta revelación, ocurrida en la Polonia de 1931, no solo transformó la vida de una humilde religiosa, sino que también otorgó a la humanidad una profunda llamada a la confianza en la infinita compasión de Dios.
La historia se remonta a la celda de la Hermana María Faustina Kowalska, miembro de la Congregación de las Hermanas de Nuestra Señora de la Misericordia, en el convento de Plock, Polonia. En la tarde del 22 de febrero de 1931, según relata la propia santa en su aclamado *Diario: La Divina Misericordia en mi alma*, fue testigo de una visión extraordinaria. Ante sus ojos apareció Jesucristo, ataviado con una túnica resplandeciente de blancura inmaculada. Una de sus manos se alzaba en señal de bendición, mientras la otra reposaba sobre su pecho, revelando una apertura de la que emanaban dos imponentes rayos de luz: uno de un vibrante color rojo y otro de una tonalidad pálida.
La descripción de Santa Faustina es vívida: “En silencio, atentamente miraba al Señor, mi alma estaba llena del temor, pero también de una gran alegría.” Tras un instante de sobrecogimiento, Jesús le comunicó su deseo de una manera clara e inequívoca: “Pinta una imagen según el modelo que ves y firma: Jesús, en Ti confío. Deseo que esta imagen sea venerada primero en su capilla y (luego) en el mundo entero.” Esta instrucción no solo era el mandato de crear una representación visual, sino de encapsular un mensaje espiritual fundamental.
Posteriores revelaciones a Santa Faustina desvelarían el profundo significado teológico de los dos rayos. El rayo pálido simboliza el agua que justifica y purifica las almas, aludiendo al Sacramento del Bautismo y al perdón de los pecados. El rayo rojo representa la sangre, que es la vida de las almas, remitiendo a la Eucaristía y al sacrificio redentor de Cristo. Juntos, estos rayos encapsulan la gracia, la misericordia y la vida divina que fluyen incesantemente del Corazón de Jesús, fuente de toda piedad y perdón.
La misión de la imagen y la devoción venían acompañadas de promesas divinas de un alcance extraordinario. Jesús aseguró a Santa Faustina: “Prometo que el alma que venera esta imagen no perecerá. También prometo, ya aquí en la tierra, la victoria sobre los enemigos y, sobre todo, a la hora de la muerte. Yo mismo la defenderé como mi Gloria.” Estas palabras infundieron una esperanza profunda en los corazones de quienes se acercaron a esta manifestación de fe, ofreciendo consuelo y seguridad en las realidades más trascendentales de la existencia humana.
Desde sus humildes inicios en un convento polaco, el mensaje y la **imagen de la Divina Misericordia** comenzaron a difundirse progresivamente. A pesar de las dificultades iniciales y la incomprensión, la devoción fue ganando terreno, resonando con multitudes que encontraron en la sencilla invocación “**Jesús, en Ti confío**” un bálsamo para sus almas y una ruta hacia la gracia. La devoción trascendió rápidamente las fronteras de Polonia, extendiéndose por Europa y, eventualmente, por todo el mundo, convirtiéndose en un pilar de la espiritualidad católica contemporánea.
Un hito crucial en la consolidación de la **Devoción a la Divina Misericordia** fue su reconocimiento oficial por la Santa Sede. Este se materializó de manera solemne el 30 de abril de 2000, un día de inmensa significación para la **Iglesia Católica**. Durante la homilía de canonización de la propia Hermana Faustina, el entonces Papa Juan Pablo II, un devoto ferviente de la Misericordia Divina y también de origen polaco, estableció que el Segundo Domingo de Pascua sería en adelante designado como el **Domingo de la Divina Misericordia**. Esta proclamación no solo elevó la devoción a un rango litúrgico universal, sino que también honró la vida y el legado de la **Santa Faustina Kowalska**, confirmando la autenticidad y la importancia de sus revelaciones para toda la Iglesia.
Más allá de la visión fundacional de la imagen, Santa Faustina fue receptora de numerosas otras gracias extraordinarias, consolidando su estatus como una de las grandes místicas del siglo XX. Se le atribuyen estigmas ocultos, el don de profecía y una profunda unión mística con Cristo. Entre las revelaciones más destacadas figura la **Coronilla de la Divina Misericordia**, una poderosa oración entregada por Jesús para implorar piedad por los pecados del mundo, la cual se ha convertido en una práctica devocional muy extendida entre los fieles.
La vida terrenal de Santa Faustina Kowalska llegó a su fin el 5 de octubre de 1938, a la temprana edad de 33 años. Sin embargo, su partida no significó el ocaso de su misión, sino el inicio de su impacto global. A 95 años de aquella primera visión en Plock, el mensaje de la Divina Misericordia sigue siendo una fuente inagotable de esperanza y un recordatorio perenne de que, en medio de las complejidades del mundo moderno, la compasión y el perdón de Dios son inagotables. Su legado persiste, invitando a cada creyente a confiar plenamente en Jesús y a ser un instrumento de su infinita misericordia.




