16 febrero, 2026

En medio del caos y la desolación que asoló Europa durante la Segunda Guerra Mundial, una historia de compasión y refugio emergió desde un rincón inesperado del mundo: la India. Cientos de niños polacos, marcados por la brutalidad del conflicto y la cautividad soviética, encontraron un hogar seguro y una figura paterna en la persona de Jam Sahib Digvijaysinhji, el Maharajá de Nawanagar, cariñosamente recordado como “el Buen Maharajá”. Su acto de humanidad no solo salvó vidas, sino que restauró la dignidad de los más vulnerables en un momento de desesperación global.

La génesis de esta crisis humanitaria se encuentra en el acuerdo Sikorski-Mayski de 1941, pactado entre la Unión Soviética y el gobierno polaco en el exilio. Este convenio posibilitó la liberación de decenas de miles de prisioneros de guerra polacos y civiles retenidos en el Gulag y otros campos soviéticos. Entre ellos se encontraban miles de niños, muchos huérfanos o separados de sus familias, que ahora se enfrentaban a un destino incierto. Desplazados y sin un lugar al que ir, su situación era crítica: la Polonia natal estaba bajo la ocupación nazi, y la Unión Soviética, que los había retenido, tampoco los aceptaba. Eran, en esencia, los “indeseados” residuos de un conflicto devastador, muchos de ellos hijos de los aproximadamente 22.000 soldados y civiles polacos asesinados por las fuerzas soviéticas en la infame masacre del bosque de Katyn.

Ante esta catástrofe humanitaria, la responsabilidad recayó en el gobierno polaco en el exilio y en las autoridades británicas, quienes buscaban soluciones desesperadamente. Sin embargo, numerosos países se negaron a ofrecer refugio a estos menores. La solución propuesta fue un traslado a la India. Fue en este escenario de incertidumbre y rechazo donde brilló la figura de Digvijaysinhji, un hombre extraordinario con una visión clara de la humanidad. Educado en el Malvern College de Inglaterra y miembro del Gabinete Imperial de Guerra de Winston Churchill, este gobernante de un pequeño estado principesco de la India actuó con una rapidez y determinación inauditas.

El Maharajá de Nawanagar abrió las puertas de su propiedad personal en Balachadi, ofreciendo un santuario a estos niños. En un gesto que ha quedado grabado en la historia, les dijo: “Ya no son refugiados. Desde hoy, son hijos de Nawanagar, y yo soy su Bapu —su padre—”. Como señaló el P. Piotr Wiśniowski, capellán de EWTN Polonia, estas palabras no fueron un mero gesto protocolario, sino una profunda promesa de asumir la responsabilidad por los más vulnerables, lo que lo convirtió en un “Oskar Schindler indio” para el pueblo polaco, según Andrew Murtagh, exprofesor de Malvern College.

La travesía para estos niños fue ardua. En diciembre de 1942, alrededor de 640 menores completaron un agotador viaje de 1.500 kilómetros en camiones desde Asjabad, en Turkmenistán, hasta Balachadi. Al llegar, estaban extremadamente debilitados y traumatizados, sus cuerpos demacrados y sus ropas colgando, un testimonio visual de meses de hambre y enfermedad. El estado de Nawanagar fue pionero, siendo el primero en la India en acoger a 500 niños polacos, sentando un precedente que otros estados indios emularían. La India, a pesar de no ser soberana en ese momento y carecer de una vasta prosperidad, se erigió como un faro de esperanza, convirtiéndose en el primer país del mundo en aceptar y ofrecer refugio a su propio costo a esta población polaca desfavorecida. El virrey de la India también estableció el Fondo para los Niños Polacos, con el apoyo de líderes religiosos y donantes privados como la familia Tata.

En Balachadi, el Maharajá transformó una de las casas de huéspedes de su palacio en una escuela equipada con una biblioteca especial y libros en polaco. Los niños no solo recibieron educación, sino también una oportunidad para reconstruir su infancia. Tenían acceso a actividades al aire libre, disfrutaban de la playa, campaban y practicaban deportes como el fútbol, hockey y voleibol. El campamento se convirtió en un microcosmos de cultura polaca. Entre sus cuidadores polacos se encontraban figuras notables como el P. Franciszek Pluta, quien más tarde enfrentaría acusaciones por ayudar a reubicar a algunos niños en Estados Unidos, y Zdzisław Peszkowski, un jefe scout y sobreviviente de la masacre de Katyn, quien se ordenaría sacerdote después de la guerra y dedicaría su vida a promover la verdad sobre Katyn, siendo un colaborador cercano de San Juan Pablo II. El ambiente en Balachadi ofreció un remanso de paz y normalidad, permitiendo a los niños recuperar su salud y espíritu.

Con el fin de la guerra, la sombra del comunismo en Polonia generó nuevas incertidumbres. Muchos de los niños, habiendo experimentado la deportación soviética, temían regresar a una Polonia bajo el régimen comunista. Solo aquellos que lo deseaban volvieron a su patria. Un grupo significativo de ochenta y un niños inició una nueva vida en Estados Unidos con la ayuda de misioneros católicos, mientras que doce niños judíos fueron reubicados en Haifa en 1943.

La gesta humanitaria de Digvijaysinhji no sería olvidada. En 1989, tras la caída del régimen comunista, el gobierno polaco reconoció formalmente su generosidad. Su legado fue honrado póstumamente con la Cruz de Comendador de la Orden del Mérito de la República de Polonia. En 2012, un parque en Varsovia fue bautizado como “Plaza del Buen Maharajá” y se erigió un monumento en su memoria, un testimonio perdurable de que la compasión y la dignidad humana trascienden fronteras y culturas. La historia de Jam Sahib Digvijaysinhji, el Buen Maharajá, es un faro de esperanza en uno de los períodos más oscuros de la historia, demostrando que incluso en la adversidad más profunda, la bondad humana puede prevalecer y restaurar la fe en la humanidad.

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