Ciudad del Vaticano – En una solemne Misa celebrada en el Altar de la Confesión de la Basílica de San Pedro, el Papa Francisco conmemoró la Epifanía del Señor, la manifestación de Jesús al mundo, instando a los fieles y a la Iglesia a abrazar una constante búsqueda de Dios y a renovar su compromiso con la esperanza. La homilía del Pontífice se centró en la dinámica de contrastes que la revelación divina genera, contraponiendo la alegría de la búsqueda con la turbación de la resistencia, un mensaje que resonó con la preparación hacia el próximo Jubileo de la Esperanza en 2025.
**La Epifanía como catalizador de cambio**
El Santo Padre inició su reflexión partiendo del Evangelio de Mateo (2,1-12), que narra la inmensa alegría de los Reyes Magos al divisar la estrella y la profunda inquietud que esta misma búsqueda generó en el rey Herodes y en toda Jerusalén. “Cada vez que se trata de las manifestaciones de Dios, la Sagrada Escritura no esconde este tipo de contrastes: alegría y turbación, resistencia y obediencia, miedo y deseo”, señaló el Papa, subrayando cómo la presencia divina nunca deja las cosas intactas. La Epifanía, en este sentido, marca el fin de la complacencia y el inicio de una nueva era de expectativas, un tiempo donde “nada puede permanecer estático” y se rompe la melancólica sentencia de que “no hay nada nuevo bajo el sol”. Es, en esencia, un amanecer que da forma al presente y al futuro, como lo proclamó el profeta Isaías: “¡Levántate, resplandece, porque llega tu luz y la gloria del Señor brilla sobre ti!” (Is 60,1).
**El desafío de la turbación y la autocrítica eclesial**
Sorprende, en el relato evangélico, que sea precisamente Jerusalén, la ciudad de los profetas y de tantos nuevos comienzos, la que experimente turbación. El Pontífice la describió como una metrópolis donde quienes estudian las Escrituras y creen tener todas las respuestas, parecen haber perdido la capacidad de interrogarse y de cultivar el deseo. La ciudad, asustada por aquellos que, movidos por la esperanza, llegan de lejos, percibe como amenaza lo que debería ser motivo de gran alegría. Esta reacción, según el Papa, plantea una profunda interrogante a la propia Iglesia: “¿Quiénes eran y qué les movía? Nos cuestiona con particular seriedad, al finalizar el Año jubilar, la búsqueda espiritual de nuestros contemporáneos, mucho más rica de lo que quizá podamos comprender”.
Refiriéndose al paso de “innumerables hombres y mujeres, peregrinos de esperanza” a través de las Puertas Santas en jubileos pasados, el Papa invitó a una introspección sobre lo que estas personas encuentran al cruzar el umbral de la Iglesia. La pregunta es crucial: ¿Hay corazones abiertos, atención genuina, reciprocidad verdadera? Los “magos” modernos aún existen, son aquellos que aceptan el riesgo de un viaje personal en un mundo complejo, a menudo excluyente y peligroso, impulsados por una necesidad profunda de buscar.
**La Iglesia como guía del “homo viator”**
La expresión latina “homo viator” (hombre en camino) define la esencia humana según el Pontífice. El Evangelio, afirmó, impulsa a la Iglesia a no temer este dinamismo, sino a valorarlo y dirigirlo hacia el Dios que lo inspira. Este Dios “nos puede desconcertar, porque no podemos asirlo en nuestras manos como a los ídolos de plata y oro, porque está vivo y vivifica, como ese Niño que María tenía entre sus brazos y que los magos adoraron”. Los lugares santos, como las basílicas y santuarios, deben ser faros que irradien el “perfume de la vida”, señales inconfundibles de que “otro mundo ha comenzado”. El Papa formuló preguntas directas para la comunidad eclesial: “¿Hay vida en nuestra Iglesia? ¿Hay espacio para aquello que nace? ¿Amamos y anunciamos a un Dios que nos pone en camino?”.
**Entre el miedo de Herodes y la alegría del Evangelio**
En contraste con la búsqueda genuina, Herodes, en el relato bíblico, teme por su trono y se agita ante lo que escapa a su control. Su miedo lo ciega, lo lleva a la manipulación, la mentira y la agresión. La alegría del Evangelio, por el contrario, “libera; nos hace prudentes, sí, pero también audaces, atentos y creativos; sugiere caminos distintos de los ya recorridos”. La sencilla pero profunda pregunta de los Magos, “¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer?” (Mt 2,2), debe encontrar su eco en la Iglesia, donde el peregrino sienta que el Mesías ha nacido, que la esperanza ha brotado y una historia de vida se está forjando.
El Jubileo, y el próximo Jubileo de la Esperanza de 2025, es un recordatorio de que siempre es posible “volver a empezar”. Dios, silenciosamente, “cuestiona el orden existente; tiene sueños que inspira también hoy a sus profetas; está decidido a rescatarnos de antiguas y nuevas esclavitudes”. Su Reino, sin alardes, “ya está brotando en todo el mundo”, involucrando a todos, desde jóvenes hasta ancianos, ricos y pobres, santos y pecadores.
**La resistencia al Reino y la misión de proteger la paz**
El Papa advirtió sobre las “cuántas epifanías nos han sido dadas o se nos darán”, pero que deben ser protegidas de las intenciones de los “Herodes” de turno, de los miedos que se transforman en agresión. La misteriosa expresión de Jesús, “el Reino de los Cielos es combatido violentamente, y los violentos intentan arrebatarlo” (Mt 11,12), resalta la resistencia humana ante la Novedad divina. Amar y buscar la paz significa proteger lo sagrado, lo que nace pequeño, delicado y frágil.
El Pontífice criticó una “economía deformada” que busca mercantilizarlo todo, incluso la “sed humana de buscar, de viajar y de recomenzar”. El desafío post-Jubileo, apuntó, es reconocer al visitante como peregrino, al desconocido como buscador, al lejano como vecino, y al diferente como compañero de viaje. La enseñanza de Jesús, que valoró el secreto de los corazones y supo leer los signos de los tiempos, nos muestra que el Niño adorado por los Magos es un “Bien que no tiene precio ni medida. Es la Epifanía de la gratuidad”.
**Peregrinos de esperanza: Un llamado a la “generación de la aurora”**
Finalmente, el Papa Francisco hizo un llamado a convertirse y permanecer como “peregrinos de esperanza”, juntos. La fidelidad de Dios, aseguró, siempre nos sorprenderá, encontrándose en las realidades humildes, no en los lugares de prestigio. La alegría de los Magos radicó en dejar el palacio y el templo para ir hacia Belén, y allí, reencontrarse con la estrella.
Concluyó su homilía con una visión esperanzadora: “Si no reducimos nuestras iglesias a monumentos, si nuestras comunidades se convierten en hogares, si rechazamos unidos los halagos de los poderosos, entonces seremos la generación de la aurora”. María, Estrella de la mañana, guiará este camino, permitiendo a los fieles contemplar y servir a una humanidad “magnífica, transformada no por delirios de omnipotencia, sino por el Dios que se hizo carne por amor”. Un mensaje que resuena con fuerza en un mundo sediento de renovación y un llamado a la Iglesia a ser un faro de esperanza constante.






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