En un gesto que subraya la importancia de la conexión directa con las comunidades y el mensaje de renovación inherente al tiempo litúrgico de la Cuaresma, el **Papa Francisco** realizó recientemente una visita a una parroquia de la periferia romana. Este encuentro, el primero de una serie programada para este periodo penitencial, tuvo lugar en la iglesia de Santa María Regina Pacis, ubicada en la localidad costera de Ostia. La Eucaristía, presidida por el Santo Padre, se convirtió en un potente foro para la reflexión sobre la “ley nueva” del Evangelio, la erradicación de la violencia y la construcción de la paz comunitaria.
La elección de Ostia para esta visita no es casual. Como área periférica de Roma, enfrenta desafíos sociales que resuenan con la constante preocupación del Pontífice por las “periferias existenciales”. Al salir del Vaticano para celebrar la misa en Santa María Regina Pacis, el Papa Francisco enfatizó la alegría de compartir la fe y la importancia del domingo como “Día del Señor”, donde Jesús, resucitado, se hace presente para escuchar, hablar, nutrir y enviar a su pueblo.
**La Ley Nueva: Más Allá del Precepto, Hacia el Corazón**
Durante su homilía, el Papa Francisco profundizó en el significado de la ley divina, haciendo hincapié en la “ley nueva” que Jesús trae, una que trasciende la mera observancia de preceptos. Según el Pontífice, no se trata solo de una enseñanza, sino de una fuerza transformadora que el Espíritu Santo inscribe indeleblemente en el corazón de los fieles, llevando a plenitud los mandamientos de la Antigua Alianza.
El Decálogo, entregado por Dios a su pueblo tras la liberación de Egipto, fue presentado no como un conjunto de prohibiciones opresivas, sino como un proyecto de vida y un camino de salvación que transformó tribus dispersas en un pueblo unido y libre. Los “Diez Mandamientos” se entienden, en este contexto, como una luz que guía en el desierto de la vida, cuya observancia es un acto de amor y gratitud, no una carga. “La ley dada por Dios a su pueblo no está en contraste con su libertad, sino que, al contrario, es la condición para hacerla florecer”, afirmó el Papa, citando pasajes del libro del Sirácides y el Salmo 118.
**El Corazón de la Humanidad: Espejo de la Iglesia**
El Santo Padre conectó su mensaje con las enseñanzas del Concilio Vaticano II, haciendo referencia a la Constitución pastoral *Gaudium et spes*. Esta encíclica, que expresa la profunda conexión de la Iglesia con el mundo, afirma que “las alegrías y esperanzas, las tristezas y angustias de los hombres de hoy, especialmente de los pobres y de todos los que sufren, son también las alegrías y esperanzas, las tristezas y angustias de los discípulos de Cristo”. Francisco subrayó cómo esta profecía de salvación se desborda en la predicación de Jesús, quien, desde las orillas del lago de Galilea, proclamó las Bienaventuranzas y reveló el sentido auténtico y pleno de la ley divina.
Jesús, en el Evangelio, expande el mandamiento de “No matarás” para incluir la ira, el desprecio y los sentimientos negativos hacia el prójimo. “Cualquiera que se enoje contra su hermano deberá ser juzgado”, recordó el Papa, enfatizando que la plenitud del ser humano radica en la fidelidad a Dios a través del respeto y el cuidado inviolable del otro, cultivado primero en el corazón. Es allí donde nacen los sentimientos más nobles, pero también las profanaciones más dolorosas, como la envidia y los celos. Quien alberga malos pensamientos contra su hermano, “es como si ya lo estuviera matando en su interior”, una idea que resuena con la afirmación de San Juan: “Todo el que odia a su hermano es asesino”.
**Combatiendo la Violencia en Ostia y Más Allá**
El mensaje papal adquirió una dimensión particularmente local al abordar la problemática de la violencia en Ostia. El Pontífice lamentó que esta lacra hiera la comunidad, a menudo arraigada entre jóvenes y adolescentes, alimentada por el consumo de sustancias y la acción de organizaciones criminales que explotan a las personas.
Ante estos desafíos, el Papa Francisco hizo un llamado enérgico a la comunidad parroquial y a otras entidades locales para que continúen “entregándose con generosidad y valentía para esparcir en sus calles y hogares la buena semilla del Evangelio”. Invitó a los fieles a no resignarse a la cultura del abuso y la injusticia, sino a difundir respeto y armonía, comenzando por “desarmar los lenguajes” e invirtiendo en la educación de niños y jóvenes. La parroquia, afirmó, debe ser un lugar donde se aprenda la honestidad, la acogida, el amor sin límites, la ayuda incondicional y la coherencia entre la fe y la vida. El Pontífice citó las palabras de Jesús sobre la reconciliación antes de presentar la ofrenda en el altar (Mt 5,23-24), como un camino para el bien de todos.
**Un Legado de Paz en Tiempos Turbulentos**
Recordando la fundación de la parroquia de Santa María Regina Pacis hace ciento diez años por el Papa Benedicto XV, en pleno contexto de la Primera Guerra Mundial, el Papa Francisco destacó su propósito de ser un “rayo de luz en el cielo gris de la guerra”. Hoy, lamentó, el mundo sigue oscurecido por lógicas contrarias al Evangelio, que exaltan la supremacía del más fuerte y fomentan la seducción de la victoria a cualquier costo, sordas al grito de quienes sufren.
Frente a esta deriva, el Santo Padre propuso “la fuerza desarmante de la mansedumbre”, instando a continuar pidiendo la paz y cultivando su don con tenacidad y humildad. Citando a San Agustín, quien enseñó que “no es difícil poseer la paz”, el Papa Francisco reafirmó que nuestra paz es Cristo mismo. Esta paz se conquista dejándose transformar por Él, abriendo el corazón a Él y, por su gracia, abriéndolo a todos aquellos que Él pone en nuestro camino.
La visita y homilía del Papa Francisco en Ostia no solo ofrecen una guía espiritual para la Cuaresma, sino que también constituyen un firme llamado a la acción social y comunitaria. Es un recordatorio de que la fe se vive en la transformación del corazón y en el compromiso con la justicia y la paz en el mundo, invitando a cada miembro de la comunidad a ser un instrumento del amor de Dios.




