CIUDAD DEL VATICANO – Durante su reciente Audiencia General, el Papa Francisco profundizó en la rica doctrina del Concilio Vaticano II, centrando su catequesis semanal en la esencia de la Iglesia como un pueblo con una doble vocación: sacerdotal y profética. Ante una multitud de fieles congregados, el Pontífice desglosó el significado del capítulo segundo de la Constitución Dogmática *Lumen Gentium*, dedicado a la Iglesia como “Pueblo de Dios”, subrayando la participación de cada bautizado en la misión salvífica de Cristo.
La catequesis papal, que forma parte de un ciclo dedicado a los documentos del Concilio, enfatizó cómo la Iglesia, a través de la Nueva y Eterna Alianza, ha sido constituida por Jesucristo como un “reino de sacerdotes”. Este concepto encuentra su fundamento en las Escrituras, como lo expresa la Primera Carta de Pedro (1 Pt 2,9) al referirse a un “sacerdocio real”. El Papa destacó que este sacerdocio común es un don fundamental recibido en el Bautismo, el sacramento que habilita a los fieles para ofrecer culto a Dios “en espíritu y en verdad” y para proclamar la fe cristiana ante el mundo.
La Confirmación, otro sacramento clave en la vida católica, fue presentada como un fortalecimiento de este vínculo con la Iglesia. Los bautizados, enriquecidos por una fuerza especial del Espíritu Santo, asumen una responsabilidad aún mayor para difundir y defender la fe. No se trata solo de palabras, sino de un testimonio coherente que se manifiesta a través de las obras. Esta consagración sacramental establece un fundamento compartido que une intrínsecamente a los ministros ordenados y a los fieles laicos en una misión común de evangelización.
En este contexto, el Papa Francisco reiteró una reflexión que previamente había compartido en una carta a la Pontificia Comisión para América Latina en 2016. En dicha misiva, el Pontífice recordaba que la puerta de entrada a la Iglesia para todos es el laicado, siendo el Bautismo el primer sacramento que sella nuestra identidad y del cual debemos estar siempre orgullosos. Con la unción del Espíritu Santo, los fieles son “consagrados como casa espiritual y sacerdocio santo”, conformando así el “Santo Pueblo fiel de Dios”. Este recordatorio subraya la dignidad y el rol activo de cada miembro en la comunidad eclesial, desafiando cualquier clericalismo y promoviendo la corresponsabilidad.
El ejercicio de este sacerdocio real se manifiesta de múltiples maneras en la vida de los creyentes. Principalmente, ocurre a través de la participación consciente y activa en la Eucaristía, donde los fieles se unen a la ofrenda de Cristo. Sin embargo, también se expresa mediante la oración constante, la práctica del ascetismo o la mortificación personal y, de manera crucial, a través de una caridad activa y transformadora. Todas estas prácticas son testimonios elocuentes de una vida renovada por la gracia divina, tal como lo sintetiza el Concilio, afirmando que “el carácter sagrado y orgánicamente estructurado de la comunidad sacerdotal se actualiza por los sacramentos y por las virtudes”.
Además de su vocación sacerdotal, el Santo Pueblo de Dios participa activamente en la misión profética de Cristo. En este punto, el Papa Francisco introdujo el significativo concepto del *sensus fidei*, o el sentido de la fe, y el consenso de los fieles. Según la Comisión Doctrinal del Concilio, este *sensus fidei* no es una capacidad individual, sino una facultad inherente a toda la Iglesia. Permite a la comunidad de creyentes reconocer la Revelación transmitida, discernir entre lo verdadero y lo falso en materia de fe, profundizar en su comprensión y aplicarla más plenamente en la vida cotidiana. Es, por tanto, una percepción colectiva que trasciende las opiniones personales.
La *Lumen Gentium* vincula este *sensus fidei* directamente con la infalibilidad de la Iglesia, una verdad de fe que incluye la infalibilidad del Romano Pontífice al servicio de esta. La totalidad de los fieles, “que tienen la unción del Santo” (1 Jn 2,20 y 27), no puede errar en su creencia cuando manifiesta un consenso universal en cuestiones de fe y moral, abarcando desde los obispos hasta los últimos fieles laicos. Esta unidad en la fe, custodiada por el Magisterio eclesial, implica que cada persona bautizada es un agente activo de evangelización, llamado a dar un testimonio fiel de Cristo de acuerdo con el don profético que el Señor infunde en toda su Iglesia.
El Espíritu Santo, don del Resucitado, distribuye sus dones libremente entre los fieles de toda condición, haciéndolos aptos y dispuestos para diversas obras y deberes que contribuyen a la renovación y edificación de la Iglesia (1 Co 12,11). Una manifestación vibrante de esta vitalidad carismática es la vida consagrada, que brota y florece ininterrumpidamente por la gracia divina. Asimismo, las diversas formas asociativas eclesiales, como movimientos y comunidades, constituyen ejemplos luminosos de la fecundidad y variedad de los frutos espirituales que enriquecen al Pueblo de Dios.
Al concluir su reflexión, el Santo Padre hizo un llamado a todos los católicos a despertar en sí mismos la conciencia y la gratitud por haber recibido el don inestimable de formar parte del Pueblo de Dios. Esta pertenencia, subrayó el Pontífice, conlleva una profunda responsabilidad: la de vivir y testimoniar coherentemente la fe, ejerciendo con alegría y compromiso las vocaciones sacerdotal y profética en el mundo contemporáneo.





