Roma fue testigo este Viernes Santo de un acontecimiento inédito en la historia de la Iglesia contemporánea. El Papa León XIV, en un gesto de profunda carga simbólica, cargó personalmente la Cruz a lo largo de las catorce estaciones del Vía Crucis 2026, celebrado en el emblemático Coliseo Romano. La masiva participación, estimada en unas 30.000 personas, y la solemnidad del acto, resonaron no solo en la capital italiana sino en todo el orbe católico.
Este gesto del Pontífice adquiere una relevancia particular al considerar que marca el regreso de la presencia física de un Papa en el Anfiteatro Flavio para el Vía Crucis tras un lapso de cuatro años. Su predecesor, Francisco, participó por última vez en persona en el Coliseo en 2022. En los años posteriores, debido a sus delicadas condiciones de salud, el entonces Santo Padre siguió la meditación y el recorrido de forma remota, conectándose por videoconferencia desde el Palatino. La decisión del Papa León de portar la Cruz en cada una de las estaciones se desmarcó de la práctica de pontífices anteriores, como Juan Pablo II y Benedicto XVI, quienes tradicionalmente la llevaban solo en la primera y la última estación. Incluso Francisco, en su último Vía Crucis en el Coliseo, siguió las estaciones desde el Palatino, y en el año anterior, él mismo había redactado las meditaciones.
La imagen de León XIV, con la Cruz sobre sus hombros, estación tras estación, evocó una potente conexión con el sufrimiento de Cristo y, por extensión, con las aflicciones que aquejan al mundo actual. “Pienso que será un signo importante por lo que representa el Papa: un líder espiritual hoy en el mundo, esta voz para decir que Cristo aún sufre. Y llevo todo este sufrimiento también en mi oración”, expresó el Pontífice a los periodistas tras el evento, desde Villa Barberini de Castel Gandolfo.
Las meditaciones para este Vía Crucis fueron elaboradas por Fray Francesco Patton, quien fuera Custodio de Tierra Santa, una elección que no pasó desapercibida. Desde esa región, escenario de conflictos constantes y bombardeos, surge un clamor de dolor y sufrimiento que se entrelaza con las reflexiones. El Pontífice, al iniciar el camino, hizo eco de la invitación de San Francisco de Asís –a quien se dedica este año especial por los 800 años de su muerte– para que este recorrido sea una experiencia transformadora, más allá de lo meramente ritual o intelectual.
Los escritos de San Francisco de Asís sirvieron de inspiración central para las meditaciones de Fray Patton. Estas abordaron una amplia gama de temas críticos que resuenan con las realidades contemporáneas: la guerra, el ejercicio del poder, la economía global, la persistencia de la pobreza, la situación de los presos, el flagelo de los abusos, la aflicción de las madres que han perdido a sus hijos y la tragedia de la trata de mujeres.
La Primera Estación de las meditaciones, por ejemplo, hizo un enérgico llamado a la responsabilidad del poder. Se leyó: “Francisco de Asís, que simplemente intentó seguir tus huellas, nos recuerda que toda autoridad deberá responder ante Dios por el propio modo de ejercitar el poder recibido: el poder de juzgar, pero también el poder de comenzar una guerra o de terminarla; el poder de educar a la violencia o a la paz; el poder de alimentar el deseo de venganza o el de reconciliación; el poder de usar la economía para oprimir los pueblos o para liberarlos de la miseria; el poder de pisotear la dignidad humana o de tutelarla; el de promover y defender la vida o de rechazarla y suprimirla. También cada uno de nosotros está llamado a responder por el poder que ejerce en la vida de todos los días”.
Un punto particularmente incisivo de las reflexiones se manifestó en la décima estación, donde se denunció la humillación y el despojo de la dignidad humana. La meditación apuntó directamente a los regímenes autoritarios, a los torturadores, a quienes abusan de la privacidad y el control, a violadores y abusadores, a la industria del espectáculo que mercantiliza la desnudez, y al mundo de la información que expone a las personas al escarnio público. Incluso extendió la crítica a la “curiosidad” individual que “no respeta ni el pudor, ni la intimidad, ni la privacidad de los demás”.
Finalmente, en la decimotercera estación, se evocó la figura de José de Arimatea y Nicodemo, quienes solicitaron el cuerpo de Jesús para darle una sepultura digna. La meditación de Patton trazó un paralelo sombrío con la actualidad, lamentando la existencia de “cadáveres que no son restituidos ni sepultados” y el calvario de “madres”, “familiares” y “amigos de los condenados” que se ven forzados a humillarse ante las autoridades para recuperar los restos de sus seres queridos. Un potente mensaje de respeto a la dignidad post-mortem: “No solo el cuerpo de una persona decente, también el cuerpo de un criminal merece respeto”.
Concluyendo el Vía Crucis, el Papa León XIV invitó a los presentes a apropiarse de la oración de San Francisco de Asís, concibiéndola como un camino de amor y entrega. Rezó: “Omnipotente, eterno, justo y misericordioso Dios, concédenos a nosotros, miserables, hacer por tu amor lo que sabemos que quieres, y querer siempre lo que te agrada, para que, interiormente purificados, interiormente iluminados y encendidos por el fuego del Espíritu Santo, podamos seguir las huellas de tu amado Hijo, nuestro Señor Jesucristo, y por tu sola gracia llegar a ti, oh Altísimo, que en la Trinidad perfecta y en la Unidad simple vives y reinas y eres glorificado, Dios omnipotente por los siglos de los siglos. Amén”. El Santo Padre finalizó la ceremonia con la antigua bendición bíblica, conocida como “la bendición de San Francisco”, despidiendo así al pueblo de Dios en una noche cargada de fe y reflexión.








