5 abril, 2026

Ciudad del Vaticano – El Sábado Santo de 2026, la Basílica de San Pedro fue el escenario de la solemne Vigilia Pascual, la “madre de todas las vigilias”, una celebración de casi tres horas de duración presidida por el Papa León XIV. Ante una asamblea de fieles y clérigos, el Sumo Pontífice transmitió un mensaje central de esperanza y renovación, subrayando que el amor incondicional de Dios tiene el poder de devolver la vida y superar la adversidad del pecado.

La liturgia, cargada de un profundo simbolismo y una rica tradición, comenzó en la penumbra de la majestuosa basílica. El Santo Padre bendijo el fuego nuevo, el cual, con su luz renovada, encendió el Cirio Pascual. Este cirio, grabado con el año 2026 y las letras alfa y omega –símbolos de la eternidad de Cristo–, fue bendecido y adornado con cinco clavos de incienso, en memoria de las llagas de Jesús en la cruz. Este acto marcó el inicio de la procesión solemne, donde el clero y los obispos, liderados por el Papa León, avanzaron por el pasillo central al canto del “Lumen Christi” (Luz de Cristo), mientras los fieles encendían sus velas, disipando progresivamente la oscuridad del templo con la luz de la fe.

Posteriormente, un diácono entonó el Pregón Pascual, una antigua y emotiva proclama litúrgica que celebra la resurrección de Cristo y el triunfo de la luz sobre las tinieblas. La Vigilia continuó con la lectura de la historia de la salvación, un recorrido a través de siete pasajes del Antiguo Testamento y dos del Nuevo, que narran desde la Creación hasta la promesa de redención. Las lecturas fueron proclamadas en diversas lenguas, incluyendo francés, portugués e italiano, reflejando la universalidad de la Iglesia y su mensaje. Cada lectura fue seguida por salmos que invitaban a la meditación y la oración.

Uno de los momentos más significativos de la celebración fue la administración de los sacramentos de iniciación cristiana. Tras la proclamación del Evangelio de Mateo (28, 1-10) y la homilía de León XIV, se entonaron las letanías de los santos. Acto seguido, el Papa bautizó a diez catecúmenos, personas de diferentes nacionalidades, entre ellas de Corea, Gran Bretaña y Portugal, que se unieron a la Iglesia. Estos nuevos miembros recibieron la túnica blanca como signo de pureza y fueron confirmados, sellando su compromiso de fe.

En su homilía, el Papa León XIV reflexionó profundamente sobre la dicotomía entre el pecado y el amor divino. “En la historia de la salvación”, señaló el Pontífice, “hemos visto cómo Dios, ante la dureza del pecado que divide y mata, responde con el poder del amor que une y devuelve la vida”. León XIV comparó el pecado con “la piedra del sepulcro”, una barrera pesada que aísla al ser humano de Dios y sofoca las palabras de esperanza.

El Santo Padre destacó la figura de María Magdalena y la otra María, las primeras testigos de la resurrección, quienes “vieron la potencia del amor de Dios, más fuerte que cualquier poder del mal, capaz de ‘expulsar el odio’ y de ‘doblegar a los poderosos'”. El Pontífice enfatizó que, aunque “el hombre puede matar el cuerpo, la vida del Dios del amor es vida eterna, va más allá de la muerte y ningún sepulcro la puede aprisionar”.

El Papa León XIV concluyó su reflexión con una poderosa llamada a la acción y a la esperanza. Animó a los fieles a emular a las mujeres que corrieron a anunciar la buena nueva de la resurrección. “También nosotros queremos partir esta noche, desde esta basílica, para llevar a todos la buena noticia de que Jesús ha resucitado”, exhortó, “y que, con su fuerza, resucitados con Él, también nosotros podemos dar vida a un mundo nuevo, de paz y de unidad”.

León XIV reconoció que, incluso en la actualidad, persisten “sepulcros que abrir”, barreras que parecen inamovibles. Mencionó aquellos que oprimen el corazón humano, como “la desconfianza, el miedo, el egoísmo y el rencor”, y aquellos que fracturan las relaciones sociales, como “la guerra, la injusticia y el aislamiento entre pueblos y naciones”. El Papa urgió a no dejarse paralizar por estos obstáculos.

Finalmente, el Pontífice invitó a todos a inspirarse en el ejemplo de incontables hombres y mujeres que, a lo largo de la historia, han removido esas piedras con esfuerzo y sacrificio, fortalecidos por la gracia del Resucitado. Animó a hacer propio este compromiso en la Noche Santa, para que “en todas partes y siempre, en el mundo, crezcan y florezcan los dones pascuales de la concordia y la paz”, cimientos de una sociedad más justa y fraterna. La Vigilia Pascual en el Vaticano, bajo la guía del Papa León XIV, culminó así como un faro de luz y un renovado llamado a la transformación personal y global, en la certeza de la victoria del amor divino.

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