El Papa León XIV presidió este sábado 11 de abril una emotiva vigilia de oración por la paz en la Basílica de San Pedro, en el corazón del Vaticano. Ante miles de fieles congregados, el Santo Padre lanzó un contundente llamado a cesar los conflictos bélicos que asolan el mundo, enfatizando que la verdadera fuerza reside en el servicio a la vida y el diálogo.
Minutos antes de iniciar la solemne ceremonia dentro de la Basílica, el Pontífice se dirigió a la multitud reunida en la Plaza de San Pedro. Agradeció su presencia y les recordó la posibilidad de construir un futuro de armonía y entendimiento, sembrando la semilla de la esperanza en medio de la desolación. Posteriormente, León XIV ingresó al templo para guiar el rezo del Santo Rosario, meditando los misterios gloriosos. Cada misterio fue acompañado por lecturas bíblicas y profundas reflexiones de Padres de la Iglesia, incluyendo a San Cipriano de Cartagena, San Cesario de Arles, San Juan Crisóstomo, San Ambrosio de Milán y, siguiendo una tradición consolidada, San Agustín. Un gesto simbólico que enriqueció la vigilia fue el encendido de una vela a los pies de la imagen de María Reina de la Paz por parte de una delegación de cada uno de los cinco continentes, manifestando así una unidad global en la búsqueda de la concordia.
En su mensaje central, el Papa León XIV articuló una poderosa dicotomía entre la destrucción que genera la guerra y la construcción que propicia la esperanza. “La guerra divide, la esperanza une. La prepotencia pisotea, el amor levanta. La idolatría ciega, el Dios vivo ilumina”, afirmó con voz firme. El Pontífice subrayó la necesidad de una fe, incluso pequeña, para que la humanidad pueda afrontar la “hora dramática de la historia” con compasión y unión. La oración, explicó, no debe ser vista como una vía de escape de las responsabilidades individuales o un analgésico para el dolor provocado por la injusticia. Por el contrario, la concibió como “la respuesta más gratuita, universal y disruptiva a la muerte”, declarando que “¡somos un pueblo que ya resucita!”.
Con un tono de urgencia, el Papa León exhortó a la humanidad a “¡volver a levantarse de entre los escombros!”. Rechazó la noción de un destino inalterable, incluso en un mundo donde la vida es aniquilada sin piedad. El Santo Padre trajo a la memoria las palabras de San Juan Pablo II en enero de 2003, durante la crisis iraquí, cuando el entonces Pontífice, como sobreviviente de la Segunda Guerra Mundial, clamó: “¡Nunca más la guerra!”. León XIV hizo suya esta exclamación, resonando con la misma intensidad y convicción en el contexto actual.
El actual Pontífice destacó la oración como una fuerza capaz de “romper la cadena demoníaca del mal” y ponerse al servicio del Reino de Dios, un reino donde imperan la dignidad, la comprensión y el perdón, en oposición a la espada, los drones y la venganza. La oración, continuó, es una “barrera contra ese delirio de omnipotencia que se vuelve cada vez más impredecible y agresivo” en el panorama global, donde los equilibrios en la familia humana se encuentran gravemente desestabilizados.
León XIV denunció con vehemencia el uso indebido del “Santo Nombre de Dios –el Dios de la vida– arrastrado en discursos de muerte”. Sostuvo que aquellos que dan la espalda al Dios vivo, para erigirse a sí mismos y a su propio poder como ídolos mudos y ciegos, sacrifican todo valor y pretenden que el mundo se doblegue ante ellos. En un enérgico llamado, el Papa León clamó: “¡Basta ya de la idolatría de uno mismo y del dinero! ¡Basta ya de la exhibición de la fuerza! ¡Basta ya de la guerra! La verdadera fuerza se manifiesta en el servicio a la vida”.
El líder de la Iglesia Católica urgió a superar la “locura de la guerra” y dirigió un mensaje directo a los gobernantes del mundo: “¡deténganse! ¡Es tiempo de paz! ¡Siéntense en mesas de diálogo y de mediación!, no en mesas donde se planea el rearme y se deliberan acciones de muerte”. El Pontífice enfatizó que esta responsabilidad no recae únicamente en los líderes, sino en cada individuo, pues “¡cada uno tiene su lugar en el mosaico de la paz!”.
Sobre la significancia del Santo Rosario, el Papa León explicó cómo su “ritmo regular, basado en la repetición,” unió a los fieles en la vigilia, abriendo paso a la paz “palabra tras palabra, gesto tras gesto”. Comparó este proceso con el esculpido de una roca gota a gota o el avance de un tejido en un telar, reflejando los “tiempos largos de la vida, signo de la paciencia de Dios”. Animó a rechazar la “aceleración de un mundo que no sabe que persigue” para regresar al ritmo de la vida y sanar las heridas de la creación.
El Santo Padre reiteró que la Iglesia se mantiene firme como “un gran pueblo al servicio de la reconciliación y de la paz”, avanzando sin vacilar incluso cuando su rechazo a la lógica bélica pueda generar incomprensión y desprecio. Afirmó que la Iglesia “anuncia el Evangelio de la paz y educa a obedecer a Dios antes que a los hombres, especialmente cuando se trata de la dignidad infinita de otros seres humanos, puesta en peligro por las continuas violaciones del derecho internacional”.
La emotiva vigilia concluyó con una oración profunda por la paz, recitada por el Papa León XIV:
“Señor Jesús,
tú venciste a la muerte sin armas ni violencia:
disolviste su poder con la fuerza de la paz.
Concédenos tu paz,
como a las mujeres asombradas en la mañana de Pascua,
como a los discípulos escondidos y asustados.
Envía tu Espíritu,
aliento que da vida, que reconcilia,
que convierte en hermanos y hermanas a los adversarios y enemigos.
Inspíranos la confianza de María, tu madre,
que con el corazón desgarrado estaba al pie de tu cruz,
firme en la fe de que resucitarías.
Que la locura de la guerra llegue a su fin
y que la tierra sea cuidada y cultivada por quienes todavía
saben engendrar, saben custodiar y saben amar la vida.
¡Escúchanos, Señor de la vida!”








