Ciudad del Vaticano – El 3 de abril de 2026, Viernes Santo, la Basílica de San Pedro en el Vaticano fue testigo de la solemne Celebración de la Pasión del Señor, presidida por el Papa León XIV. Un momento especialmente emotivo y central de la liturgia fue la imagen del Sumo Pontífice postrado en silencio ante el altar, un gesto que marcó el inicio de la profunda conmemoración de la Pasión de Cristo. Esta acción, cargada de simbolismo, evocó la humildad y el sufrimiento, preparando a los fieles para la meditación sobre el sacrificio de Jesús.
La liturgia, desprovista de una antífona de entrada, dio comienzo con un prolongado silencio y la postración del Santo Padre, seguido por los fieles que se arrodillaron. Esta pausa contemplativa estableció el tono para una de las celebraciones más significativas del calendario litúrgico cristiano. El predicador de la Casa Pontificia, el fraile capuchino Roberto Pasolini, fue el encargado de pronunciar la homilía, un sermón que ofreció una profunda reflexión sobre el significado de la cruz en la vida de Jesús y su resonancia en el mundo contemporáneo.
La Celebración de la Pasión del Señor se articula en tres momentos esenciales: la Liturgia de la Palabra, la Adoración de la Cruz y la Comunión eucarística. El silencio fue, de principio a fin, el hilo conductor que envolvió cada fase de esta acción litúrgica. Tras la procesión inicial y la postración de León, siguió la Adoración de la Cruz, el corazón espiritual del Viernes Santo. El Papa León XIV permaneció varios minutos postrado en el suelo, inmerso en una oración silenciosa, un gesto que subraya la centralidad de la cruz como instrumento de redención.
Durante la Liturgia de la Palabra, se proclamó el conmovedor relato de la Pasión según San Juan. A continuación, el padre Roberto Pasolini compartió su homilía. El predicador capuchino, quien asumió su cargo en noviembre de 2024, inició su reflexión señalando la invitación de la liturgia a contemplar la Pasión. Subrayó que, si bien es natural sumergirse en el silencio y la oración ante este misterio, la cruz de Cristo corre el riesgo de ser malinterpretada si se percibe como un evento aislado y repentino. En cambio, Pasolini enfatizó que la crucifixión representa el culmen de un camino de vida, la cumbre de la existencia de Jesús, quien, día a día, aprendió a escuchar y acoger la voz del Padre, dejándose guiar hacia el amor supremo.
El padre Pasolini profundizó en la figura de Jesús como “el hombre de dolores”, aquel que experimenta plenamente el sufrimiento. Resaltó la ausencia de violencia, de recursos a la fuerza o de tentaciones destructivas en el camino de Cristo. Para ilustrar este recorrido, el predicador abordó los Cantos del Siervo, cuatro pasajes poéticos del libro del profeta Isaías (42, 49, 50, 52-53). Estos textos describen una figura enigmática, el “Siervo”, cuya misión divina se cumple a través del sufrimiento vicario, una prefiguración dramática que la tradición cristiana ha reconocido en la persona de Jesús. El Papa León escuchaba atentamente mientras Pasolini explicaba que Jesús no solo escuchó estos cantos, sino que los vivió con intensa confianza en el Padre, reconociendo en la pasión la partitura de amor y servicio que le fue encomendada. De esta manera, aprendió la obediencia más ardua: la del amor al prójimo.
En un análisis sobre el presente, el padre Pasolini lamentó que, en la actualidad, “la voz de Dios ya no orienta” de manera preeminente. No porque haya desaparecido, sino porque compite con una multitud de otras voces que prometen seguridad y bienestar, trazando direcciones que son comúnmente aceptadas. Sin embargo, el mundo persiste como un lugar de dolor y muerte, donde los más vulnerables pagan las consecuencias. En este contexto, el predicador alertó sobre la ausencia de una palabra o un canto que pueda guiar los pasos de la humanidad hacia un mundo más justo.
A pesar de este panorama, Pasolini invitó a los presentes a observar con atención para descubrir una “multitud silenciosa” de individuos que optan por una voz diferente: una que no grita ni se impone por la fuerza, sino un canto discreto y persistente que convoca al amor y a no devolver el mal recibido. Estas personas, destacó, no realizan gestos extraordinarios, pero cada día se esfuerzan por hacer de sus vidas una contribución que va más allá de sí mismos, buscando el bien sin hacer ruido y manteniendo viva la esperanza de un mundo distinto. Gracias a ellos, el mal no prevalece.
El fraile capuchino, mirando hacia la Adoración de la Cruz, la describió como una “ocasión especial para reconocer el misterio de Dios y reconciliarnos con la cualidad débil y fuerte de su amor por nosotros y por todos”. Instó a los fieles a no reducir la liturgia a una mera formalidad, sugiriendo la necesidad de “deponer esas armas que aún sostenemos en las manos”. Aunque estas armas cotidianas puedan no parecer tan peligrosas como las de los poderosos, el predicador advirtió que son “instrumentos de muerte” capaces de debilitar, herir y vaciar de sentido y amor las relaciones diarias.
El padre Pasolini concluyó su homilía afirmando que, tanto en el pasado como en el presente, el mundo anhela ser salvado de la violencia del mal, de la injusticia y de las divisiones. Sin embargo, esta salvación, aseguró, no descenderá desde lo alto ni será garantizada por decisiones políticas, económicas o militares. En cambio, el mundo es salvado continuamente por aquellos que están dispuestos a acoger los cantos del siervo del Señor como la forma misma de su vida.
Hacia el final de la celebración, el Papa León XIV se acercó solemnemente a la Cruz y la besó en un acto de adoración silenciosa, un rito ancestral en el que el Sucesor de Pedro venera el instrumento de la Pasión. Este gesto final de devoción del Pontífice encapsuló el mensaje de Pasolini: “También a nosotros esta noche se nos entrega la partitura de la cruz. Podemos acogerla libremente si aceptamos que no hay ninguna circunstancia difícil que no pueda ser afrontada. No hay ningún culpable al que debamos señalar con el dedo. No hay ningún enemigo que pueda impedirnos amar y servir”. La liturgia de la Pasión del Señor, en la que el Papa León estuvo visiblemente inmerso, culminó con la Santa Comunión, y el Viernes Santo se cerraría más tarde con el tradicional Vía Crucis que el Santo Padre presidirá en el histórico Coliseo Romano.








