11 marzo, 2026

Ciudad del Vaticano – Cientos de peregrinos se congregaron en la emblemática Plaza de San Pedro para la Audiencia General de este miércoles, donde el Pontífice ofreció una profunda reflexión sobre la esencia y la misión de la Iglesia. En su catequesis semanal, el Santo Padre enfatizó que la comunidad eclesial está llamada a ser universal, no encerrada en sí misma, sino “abierta a todos”, un verdadero reflejo de la diversidad humana unida por la fe.

El mensaje central del Pontífice resonó con una claridad contundente: “En la Iglesia hay y debe haber espacio para cada individuo”. Subrayó que cada creyente tiene la vocación de difundir el Evangelio y de ser un testimonio vivo de la fe en cada entorno de su vida y trabajo. Esta afirmación se enmarca en la visión del Concilio Vaticano II, que recuerda que la llamada a formar parte del “nuevo Pueblo de Dios” se extiende a toda la humanidad, mucho más allá de quienes ya profesan la fe cristiana.

**El “Pueblo de Dios”: Eje de la Reflexión Papal**

La catequesis papal continuó su ciclo de análisis dedicado a la Constitución dogmática *Lumen Gentium*, uno de los documentos fundamentales del Concilio Vaticano II. El foco de esta sesión se centró en el segundo capítulo de dicho texto, que profundiza en la noción del “Pueblo de Dios”, concepto angular de la eclesiología moderna. Desde el corazón de la cristiandad, el Papa articuló: “La Iglesia es una, pero su alcance abarca a todos”.

Para ilustrar esta universalidad inherente, el Vicario de Cristo citó al Cardenal Henri de Lubac, figura intelectual clave en el siglo XX y uno de los teólogos más influyentes del Concilio Vaticano II. De Lubac describió a la Iglesia como la “arca única de la Salvación”, una metáfora poderosa que el Pontífice utilizó para recalcar que esta “gran nave debe acoger en su amplitud todas las diversidades humanas”. Esta imagen evoca la capacidad intrínseca de la Iglesia para abrazar y celebrar la pluralidad de culturas y experiencias.

**Catolicidad y Unidad en la Diversidad Cultural**

El Santo Padre explicó que la Iglesia manifiesta su “catolicidad” al integrar y enriquecerse con la riqueza de las distintas culturas. Al mismo tiempo, ofrece a estas culturas la “novedad perenne del Evangelio”, con el fin de purificarlas y elevarlas a una dimensión trascendente. De esta manera, la fe cristiana se convierte en un puente que conecta lo humano con lo divino, sin anular la identidad cultural, sino dignificándola y transformándola.

En este contexto, el Pontífice describió a la Iglesia como un pueblo donde “mujeres y hombres de diferentes nacionalidades, lenguas y culturas conviven” impulsados por la fuerza de la fe. Esta convivencia armónica, afirmó, la convierte en “un signo profético ubicado en el corazón mismo de la humanidad”, una señal visible de la unidad y la paz a la que Dios Padre convoca a todos sus hijos. El llamado a la misión evangelizadora se extiende, por tanto, a cada cristiano, instándolos a llevar la buena nueva y el testimonio a todos los ámbitos de su existencia cotidiana. Incluso aquellos que aún no han recibido el mensaje del Evangelio, aseguró el Papa, están de algún modo “orientados hacia el Pueblo de Dios”, lo que subraya la amplitud de la divina invitación.

**Cristo: El Fundamento del Nuevo Pueblo**

Durante su catequesis, el Pontífice también hizo un recorrido histórico-salvífico, destacando cómo la historia del antiguo pueblo de Israel constituyó una preparación divina para la nueva alianza, plenamente realizada en Jesucristo. Retomando el texto conciliar de *Lumen Gentium*, el Papa recordó que “todo esto aconteció como preparación y figura de la alianza nueva y perfecta que habría de sellarse en Cristo”.

Es en la persona de Cristo donde este nuevo pueblo encuentra su unidad definitiva. Mediante el don de su Cuerpo y de su Sangre en la Eucaristía, Jesús congrega a esta comunidad diversa, compuesta por hombres y mujeres de todas las naciones. “Este pueblo está unificado por la fe en Él, por la adhesión a su persona y por vivir su misma vida, animados por el Espíritu del Resucitado”, afirmó el Santo Padre. De esta manera, surge la Iglesia, entendida no solo como el Pueblo de Dios que recibe su existencia en el cuerpo de Cristo, sino que es, a la vez, el mismo Cuerpo de Cristo en la Tierra.

**Un Pueblo Mesiánico Bajo la Ley del Amor**

El Pontífice enfatizó que la Iglesia “no es un pueblo como los demás”. Su singularidad radica en ser una comunidad convocada por Dios, trascendiendo fronteras geográficas, lingüísticas o étnicas. Su unidad fundamental, añadió, “no se basa en una lengua, una cultura o una etnia particular, sino en la fe viva en Cristo”. En palabras del Concilio, la Iglesia es “una congregación de quienes, creyendo, ven en Jesús al autor de la salvación y el principio de la unidad y de la paz”.

Finalmente, el Papa explicó que la Iglesia es un “pueblo mesiánico” porque tiene a Cristo, el Mesías, como su cabeza. Antes de cualquier rol o función eclesial, lo verdaderamente esencial en la Iglesia es “estar injertados en Cristo”. Este es, según el Pontífice, el único y verdadero “título honorífico” que los cristianos deben buscar: vivir como hijos amados del Padre y como hermanos entre sí.

En consecuencia, la ley fundamental que debe regir las relaciones dentro de esta comunidad es el “amor”, tal como fue recibido y experimentado en Cristo. La Iglesia, concluyó el Santo Padre, es “un gran signo de esperanza – sobre todo en nuestros días, marcados por tantos conflictos y guerras”. El saber que es un pueblo donde, por la fuerza de la fe, conviven en armonía personas de distintas nacionalidades, lenguas o culturas, se erige como un poderoso testimonio profético para el mundo contemporáneo, un faro de unidad en la diversidad que tanto anhela la humanidad.

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