4 febrero, 2026

CIUDAD DEL VATICANO – El líder de la Iglesia Católica, el Papa Francisco, dedicó su Audiencia General semanal a una profunda reflexión sobre la Constitución dogmática *Dei Verbum*, uno de los pilares del Concilio Vaticano II. Ante los fieles congregados en el Aula Pablo VI del Vaticano, el Santo Padre subrayó la trascendencia de la Sagrada Escritura como un “espacio privilegiado de encuentro” donde Dios sigue dialogando con la humanidad en todas las épocas, invitando a la fe y al amor. Esta catequesis se enmarca en una serie de enseñanzas que exploran la riqueza de la Palabra de Dios, destacando su naturaleza dual: divina en su origen e inspiración, y profundamente humana en su expresión.

El Pontífice explicó que la *Dei Verbum* sitúa a la Sagrada Escritura, interpretada a la luz de la Tradición viva de la Iglesia, como el epicentro de la revelación, un punto de comunión esencial para que creyentes de todas las generaciones puedan conocer y amar a Dios. Sin embargo, enfatizó que los textos bíblicos no fueron dictados en un lenguaje celestial o incomprensible. La comunicación efectiva, tal como se observa en la interacción humana diaria, requiere un lenguaje compartido. En este sentido, Dios optó por una revelación que se expresa a través de lenguajes humanos, valiéndose de diversos autores inspirados por el Espíritu Santo.

Esta “condescendencia misericordiosa” de Dios, su deseo de hacerse cercano a la humanidad, se manifiesta no solo en el contenido de su mensaje, sino también en el modo en que este se comunica. El Papa recordó la enseñanza conciliar: “las palabras de Dios, expresadas en lenguas humanas, se han hecho semejantes al habla humana, como en otro tiempo el Verbo del Padre Eterno, asumiendo la carne de la debilidad humana, se hizo semejante a los hombres” (*Dei Verbum*, 13). Este paralelismo entre la encarnación del Verbo y la “encarnación” de la Palabra divina en palabras humanas es fundamental para comprender la riqueza de la Biblia.

A lo largo de la historia de la teología cristiana, la relación entre el Autor divino y los autores humanos de los textos sagrados ha sido objeto de amplio estudio. Durante siglos, gran parte de la preocupación se centró en defender la inspiración divina de la Escritura, llegando a considerar a los autores humanos casi como meros instrumentos pasivos del Espíritu Santo. No obstante, la reflexión teológica más reciente y, en particular, el Concilio Vaticano II, revalorizaron significativamente la contribución de los hagiógrafos. La *Dei Verbum* reconoce a Dios como el “autor” principal de la Sagrada Escritura, pero simultáneamente designa a los hagiógrafos como “verdaderos autores” de los libros sagrados (*Dei Verbum*, 11). Como señaló un exégeta del siglo pasado, “rebajar la operación humana a la de puro amanuense no es glorificar la operación divina,” pues Dios nunca anula la capacidad y las potencialidades del ser humano.

En consecuencia, el Papa Francisco advirtió que cualquier aproximación a la Sagrada Escritura que omita o niegue una de estas dos dimensiones —la divina o la humana— resultará necesariamente parcial y deficiente. Una interpretación adecuada de los textos sagrados, por tanto, no puede prescindir del contexto histórico en que maduraron ni de las formas literarias empleadas por sus autores. Renunciar al estudio de las palabras humanas de las que Dios se sirvió conduce al riesgo de lecturas fundamentalistas o puramente espiritualistas, las cuales, al descontextualizar la Escritura, traicionan su significado profundo y su mensaje auténtico.

Este principio de encarnación y relevancia se extiende también a la proclamación de la Palabra de Dios en la actualidad. Si el anuncio cristiano pierde contacto con la realidad, con las esperanzas y los sufrimientos de las personas, o si utiliza un lenguaje incomprensible, poco comunicativo o anacrónico, pierde su eficacia. La Iglesia, en cada era, está llamada a renovar la propuesta de la Palabra de Dios con un lenguaje capaz de encarnarse en la historia y de resonar en los corazones. En este sentido, el Papa Francisco recordó en otra ocasión que “cada vez que intentamos volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio, brotan nuevos caminos, métodos creativos, otras formas de expresión, signos más elocuentes, palabras cargadas de renovado significado para el mundo actual.”

Por otro lado, el Santo Padre también señaló la lectura igualmente reductiva que descuida el origen divino de la Escritura, entendiéndola como una mera enseñanza humana, un objeto de estudio técnico o simplemente “un texto del pasado.” Muy al contrario, especialmente cuando se proclama en el contexto litúrgico, la Sagrada Escritura aspira a interpelar a los creyentes de hoy, a tocar su vida presente con sus desafíos, a iluminar los pasos a seguir y las decisiones que deben tomar. Esto es únicamente posible cuando el creyente lee e interpreta los textos sagrados bajo la guía del mismo Espíritu que los inspiró (*Dei Verbum*, 12).

En este sentido, la Escritura es el alimento esencial para la vida de fe y la caridad de los creyentes. El Pontífice citó a San Agustín: “El que juzga haber entendido las divinas escrituras […], y con esta inteligencia no edifica este doble amor de Dios y del prójimo, aún no las entendió.” El origen divino de la Escritura recuerda, además, que el Evangelio, aunque abarque todas las dimensiones de la vida y la realidad humana, las trasciende. No puede reducirse a un mero mensaje filantrópico o social, sino que es el alegre anuncio de la vida plena y eterna que Dios ha concedido a la humanidad en Jesucristo.

El Papa concluyó su catequesis agradeciendo a Dios por el don inestimable de su Palabra, el alimento esencial que nunca falta en la vida de los creyentes. Elevó una oración para que las palabras de los fieles, y más aún sus vidas, no oscurezcan el amor divino que la Sagrada Escritura narra y revela.

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