El cirio pascual, una vela de dimensiones imponentes, se erige como uno de los elementos más reconocibles y cargados de significado dentro de la liturgia católica. Más allá de su presencia durante el tiempo pascual, donde brilla con especial fulgor, su relevancia y simbolismo se extienden a otras celebraciones cruciales para la vida de los fieles, aunque su valor litúrgico y sus usos específicos a menudo pasen desapercibidos para muchos asistentes a los templos.
En esencia, este gran cirio representa a Cristo Resucitado, la luz que disipa las tinieblas del pecado y la muerte. Es un poderoso recordatorio de la victoria sobre la oscuridad, la esperanza que brota de la Resurrección y la promesa de vida eterna para los creyentes. Su confección tradicional, que prioriza la cera de abejas natural, subraya su pureza y su conexión con la creación divina.
El primer encendido del cirio pascual es uno de los momentos cumbres de la Vigilia Pascual, la celebración más importante del año litúrgico, que tiene lugar en la noche del Sábado Santo. Este rito solemne marca el inicio de la cincuentena pascual, un periodo de alegría ininterrumpida que se extiende hasta la solemnidad de Pentecostés. Durante la Vigilia, el cirio no solo se enciende con el “fuego nuevo” bendecido al comienzo de la celebración, sino que es adornado con símbolos profundos. Una cruz, el año en curso, y las letras griegas alfa y omega –que proclaman a Cristo como el principio y el fin de todo– son cuidadosamente insertadas, mientras se recita una oración que afirma su señorío sobre el tiempo y la eternidad: “Cristo, ayer y hoy, principio y fin, alfa y omega. Suyo es el tiempo y la eternidad. A él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén”.
Acto seguido, cinco granos de incienso pueden ser introducidos en forma de cruz, evocando las llagas gloriosas de Jesucristo y pidiendo su protección: “Por sus llagas santas y gloriosas, nos proteja y nos guarde Jesucristo nuestro Señor. Amén”. Una vez encendido, el cirio pascual lidera la procesión del lucernario, introduciendo la luz de Cristo en el templo antes de la proclamación del pregón pascual, un antiguo himno que narra la historia de la salvación.
**El destino del cirio tras Pentecostés: más allá de la Pascua**
La función del cirio pascual no concluye con el fin de los cincuenta días de Pascua. El P. Ramón Navarro, delegado episcopal de Liturgia de la Diócesis de Cartagena (España), ha arrojado luz sobre su rol posterior y su ubicación adecuada dentro del espacio sagrado. Según lo expuesto en un artículo de la revista *Nuestra Iglesia*, durante el tiempo pascual, desde la Vigilia del Sábado Santo, el cirio se enciende como señal de la resurrección del Señor y ocupa un lugar preeminente en el templo, generalmente “junto al ambón o cerca del altar”.
Es imperativo que, durante este tiempo de júbilo, el cirio se mantenga encendido en todas las celebraciones de la Eucaristía y en la Liturgia de las Horas. El P. Navarro enfatiza que “no debe retirarse ni apagarse el cirio pascual antes de concluir el día de Pentecostés”, ya que su presencia constante durante los cincuenta días “expresa la plenitud del tiempo pascual como ‘un gran domingo’ en honor de Cristo resucitado”.
Sin embargo, una vez que se celebra la última Misa del día de Pentecostés, las directrices litúrgicas indican que “el cirio pascual ha cumplido ya su función y debe ser apagado”. Su nuevo lugar de reposo es “cerca de la pila bautismal, apagado pero disponible para ciertos usos rituales”.
Estos usos, lejos de ser meramente decorativos, son profundamente significativos. Fuera del tiempo litúrgico de Pascua, el cirio pascual continúa desempeñando un papel central en la administración del sacramento del Bautismo y en las exequias o funerales. En el Bautismo, la llama del cirio pascual sirve para encender las velas de los recién bautizados, simbolizando que la nueva vida en Cristo brota directamente de su Pascua, de su muerte y resurrección. En las exequias, el cirio se coloca junto al féretro, actuando como un faro de esperanza y “como signo de la luz de Cristo resucitado que acompaña al cristiano en su propia ‘pascua’ (paso de la muerte a la vida eterna)”. El P. Navarro subraya con claridad que “fuera del tiempo de Pascua el cirio pascual no debe colocarse ni encenderse para otras ocasiones” más allá de las ya mencionadas, evitando así desvirtuar su significado.
**Desafíos en la disposición espacial**
La implementación de estas rúbricas puede presentar complicaciones prácticas, especialmente en aquellas iglesias que carecen de una capilla específica para los bautizos y, por limitaciones de espacio, ubican la pila bautismal cerca del altar o el ambón. En tales situaciones, aunque el cirio debe colocarse junto a la pila bautismal, el experto litúrgico advierte que “no es lo ideal”.
El P. Navarro explica que “litúrgicamente no es apropiado que el cirio pascual permanezca junto al altar todo el año como un elemento decorativo más, ni que la pila bautismal esté permanentemente al lado del altar, excepto cuando no haya otra posibilidad física”. Insiste en que “el cirio pascual y la pila bautismal no deben ‘vivir’ en el presbiterio, si se puede evitar”. Esta recomendación, lejos de implicar un “olvido deshonroso” de estos signos sagrados, responde a la necesidad fundamental de “respetar la identidad de cada signo y espacio litúrgico”.
La correcta y consciente utilización del cirio pascual, tanto en el vibrante tiempo de Pascua como en su uso ritual post-Pentecostés, no solo garantiza el cumplimiento de las normas litúrgicas establecidas, sino que, de manera crucial, contribuye a educar al pueblo de Dios en el riquísimo simbolismo inherente a estos signos de fe. De esta forma, el cirio pascual sigue siendo un testimonio elocuente de Cristo, luz del mundo.








