Hace poco más de una década, la épica histórica “For Greater Glory”, conocida en Hispanoamérica como “Cristiada”, llevó a la pantalla grande uno de los episodios más complejos y silenciados de la historia de México: la Guerra Cristera. Este conflicto armado, que entre 1926 y 1929 enfrentó al gobierno federal con una insurgencia católica, vuelve a cobrar relevancia a medida que se acerca el centenario de su estallido. Acompañando la película, se lanzó un libro oficial que profundiza en la narrativa de persecución religiosa y la respuesta espontánea de miles de católicos, una obra clave para entender el contexto y el impacto de esta gesta.
El autor de este volumen, Rubén Quezada, un católico de ascendencia mexicana radicado en California (Estados Unidos), ha dedicado parte de su vida a rescatar del olvido esta historia. Su libro, disponible en español e inglés, cuenta con el respaldo de figuras influyentes como Mons. José Gomez, Arzobispo de Los Ángeles, quien escribió el prólogo; el actor y productor Eduardo Verástegui, con una introducción; y un ensayo de Carl Anderson, quien fuera Caballero Supremo de los Caballeros de Colón en el momento de la publicación. La perspectiva de Quezada no solo ofrece un relato histórico, sino también una crítica profunda a la perdurabilidad de ciertas actitudes y silencios en la sociedad mexicana actual.
En una entrevista, Quezada compartió su visión sobre cómo el sentimiento anticatólico, presente durante la época de la Cristiada, “aún sigue, en cierta forma”, en el México contemporáneo. Su propio camino hacia el conocimiento de este conflicto es revelador de la censura histórica que prevaleció. Quezada, hoy un reconocido conferencista internacional, recordó cómo durante su niñez en México, los planes de estudio de primaria omitían por completo el tema de la Guerra Cristera. Esta ausencia en el currículo oficial, un reflejo de una política de Estado, dejó a generaciones enteras sin acceso a un capítulo fundamental de su pasado.
Fue solo más tarde en su vida cuando Quezada se topó con la monumental obra del historiador francocanadiense Jean Meyer, “La Cristiada”, una investigación en tres volúmenes que se convirtió en una piedra angular para sus propios estudios. El autor explicó que este desconocimiento generalizado no fue casualidad. Tras los “arreglos” de 1929, que formalmente pusieron fin a la Guerra Cristera entre la Iglesia y el gobierno federal, se impuso “una orden del gobierno de que no se podía publicar nada, no se podía propagar nada”. Esta directriz transformó la Cristiada en un tema prácticamente prohibido, y el temor a represalias disuadió a muchos católicos de siquiera mencionarlo.
El resultado fue un “silencio forzado” que se extendió por más de seis décadas, imposibilitando a múltiples generaciones el acceso a la verdad sobre la intensa persecución religiosa de principios del siglo XX. Esta situación no se modificó hasta 1992, cuando se restablecieron oficialmente las relaciones diplomáticas entre la Iglesia Católica y el Estado mexicano. Un lapso de sesenta años durante los cuales la memoria histórica de este crucial periodo permaneció en la sombra.
Sorprendentemente, este “espíritu de silencio” resurgió incluso durante la producción de la película “For Greater Glory”. Quezada rememoró cómo, durante la filmación, “muchos gobernadores o alcaldes no permitían que la película fuera filmada” en sus jurisdicciones. Una vez en cartelera, la cinta enfrentó boicots velados: “Nos llegaban reportes de todas partes de que no querían presentar la película en ciertos cines”. El autor describió cómo se llegaba al extremo de “cerrar el teatro” y declarar las entradas agotadas, incluso “cuando no había mucha gente”, con el claro objetivo de limitar su alcance.
Actualmente, Quezada percibe que, si bien la persecución contra la Iglesia en México no se manifiesta al “mismo nivel” de la Cristiada, ha dejado “raíces que quedan dentro de plataformas del gobierno”. Esto sugiere una continuidad en ciertas actitudes o estructuras que, de forma sutil, pueden afectar la libertad religiosa o la expresión de la fe en el ámbito público. Paralelamente, la sociedad mexicana mantiene un “silencio profundo” frente a la Guerra Cristera. En sus viajes por el país para participar en conferencias, Quezada ha observado que muchas personas “prefieren no hablar de ese tema, o lo desconocen, o no les importa”, lo que indica que el proceso de sanación y reconocimiento histórico aún está incompleto.
Frente a este panorama, Quezada enfatiza la necesidad de una participación activa y consciente de los católicos en la vida pública. “Tenemos la responsabilidad para también votar con una conciencia católica”, argumenta, instando a los fieles a no elegir gobernantes “por simplemente un gusto o una tradición familiar”. Para el autor, la verdadera defensa de la libertad religiosa y la dignidad humana se materializa cuando los laicos ejercen su derecho al voto de manera informada, colocando en puestos de autoridad a quienes realmente respeten estos principios fundamentales.
“Hay que estudiar bien a cada candidato o candidata”, subraya Quezada, “sabiendo que estamos eligiendo lo mejor para el ser humano, para la sociedad, para el mundo”. Esta afirmación resalta la importancia de la reflexión ética y moral en la decisión política, recordándonos que, en última instancia, “somos nosotros quienes ponemos en esa posición” a los líderes. Su mensaje es un llamado a la coherencia cristiana en el ejercicio de la ciudadanía, reconociendo el peso de la responsabilidad individual en la construcción de una sociedad justa.
Finalmente, Quezada lanza un poderoso desafío que traza un puente entre el sacrificio de los cristeros y el compromiso cristiano contemporáneo. Tras años de estudio de figuras como el Beato Miguel Agustín Pro, cuya vida transformó la suya, el autor se pregunta, a cien años de la Guerra Cristera: “¿Estaríamos dispuestos hoy en día para levantarnos con esa fe, ese corazón que ardía por la Pasión de Cristo? ¿Estaríamos dispuestos hoy en día para hacerlo bien si acaso se nos enfrenta con algo?”. Esta interrogante no solo honra la memoria de quienes lucharon por su fe, sino que interpela directamente la fortaleza y convicción de los católicos de hoy frente a los desafíos de la libertad religiosa y la expresión de la fe en el siglo XXI.




