4 marzo, 2026

Roma ha sido escenario de un crucial encuentro internacional, donde la Pontificia Academia para la Vida del Vaticano ha convocado a expertos globales para abordar los desafíos más apremiantes de la atención sanitaria. La conferencia “Healthcare for All. Sustainability and Equity”, celebrada el 16 y 17 de febrero, puso en el centro del debate el impacto devastador de los conflictos armados en los sistemas de salud y en las poblaciones más vulnerables, una preocupación creciente en la agenda global.

Monseñor Renzo Pegoraro, presidente de la Pontificia Academia para la Vida, enfatizó durante la presentación del evento en el Vaticano, que la guerra representa uno de los mayores menoscabos al derecho fundamental a la atención sanitaria. “No se trata solo de la pulverización de infraestructuras médicas cruciales”, explicó, “sino también del éxodo masivo de comunidades y la paralización de servicios básicos indispensables para la vida y la dignidad humana”.

Esta cruda realidad se corrobora con datos alarmantes. Un informe reciente de la organización no gubernamental Médicos Sin Fronteras (MSF), titulado “La atención médica en el punto de mira” y publicado a finales de enero, reveló que los ataques contra la asistencia sanitaria en zonas de conflicto escalaron a cifras récord en el último año. El estudio documentó 1.348 incidentes que cobraron la vida de 1.981 personas, entre civiles y personal médico, subrayando la vulnerabilidad extrema del sector salud en contextos bélicos. Estos ataques, que incluyen bombardeos a hospitales, agresiones a personal sanitario y bloqueos de acceso a medicamentos, no solo violan el derecho internacional humanitario, sino que dejan a millones de personas sin atención médica vital.

La dimensión humana de esta devastación fue palpada en una de las mesas redondas de la conferencia, que contó con el testimonio directo del Dr. Rok Čivljak, un médico croata que experimentó el brutal asedio de Vukovar en 1991. Durante 87 días, entre agosto y noviembre, su hospital fue blanco de bombardeos incesantes. Monseñor Pegoraro, quien visitó la ciudad croata hace dos años, relató la espeluznante realidad: “No solo los pacientes ingresados fueron asesinados, sino también los médicos que, valientemente, intentaban cumplir con su juramento en medio del horror”. Este relato sirvió como un sombrío recordatorio de las consecuencias extremas y directas de la guerra en la vida de los trabajadores de la salud y de los más indefensos.

El carácter global del encuentro se manifestó en la participación de expertos de naciones directamente azotadas por conflictos contemporáneos. “Contamos con la presencia de profesionales de Ucrania”, señaló Monseñor Pegoraro, “lo que nos permitió abordar con una atención especial las dramáticas circunstancias que se viven en ese país, desde la destrucción de instalaciones hasta la crisis de salud mental generalizada”. Su presencia aportó una perspectiva invaluable sobre los desafíos prácticos y éticos que enfrentan los sistemas de salud bajo el constante asedio de la guerra.

Más allá de las heridas físicas y la pérdida de vidas, la guerra, según Monseñor Pegoraro, “provoca una auténtica destrucción de la humanidad”. La destrucción deliberada de centros de salud, añadió, “es un claro indicio de la aniquilación de cualquier principio de solidaridad y humanidad, erosionando los cimientos mismos de la convivencia pacífica y el respeto mutuo”. Este pronunciamiento resuena con la preocupación del Vaticano por el deterioro de la moral y la ética en los conflictos modernos.

Esta lamentable realidad contrasta con la persistente y creciente carrera armamentística, un desequilibrio que el Papa Francisco ya había deplorado al recibir a los participantes de la conferencia. El Sumo Pontífice criticó en su discurso la desviación de “recursos vitales destinados a la sanidad, la educación y políticas de bienestar social hacia la producción de armas y la expansión militar, en un momento de crecientes tensiones globales”. Los datos del Stockholm International Peace Research Institute (SIPRI) corroboran esta preocupación, revelando que el gasto militar global alcanzó en 2023 un récord histórico de 2.718 billones de dólares. Esta cifra exorbitante contrasta brutalmente con la precaria situación de los sistemas de salud en diversas regiones, particularmente en aquellas asoladas por la guerra, donde la inversión en prevención y atención básica es desesperadamente insuficiente.

Frente a este panorama, el Vaticano reafirmó su compromiso activo con la búsqueda de la paz. El presidente de la Pontificia Academia para la Vida destacó un proyecto conjunto con el Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral: el manifiesto “Scientists for Peace”. Este llamado, que se difundirá globalmente en los próximos días, busca movilizar a la comunidad científica internacional. “La idea es que este mensaje circule por todo el mundo, invitando a la comunidad científica a redoblar sus esfuerzos en la búsqueda de soluciones pacíficas”, explicó el prelado. Subrayó que la ciencia no debe subordinarse al desarrollo de armamento o tecnologías bélicas, sino orientarse hacia la invención de vías alternativas para la resolución de conflictos, sin la necesidad de recurrir al uso de la fuerza. “La ciencia puede y debe contribuir a resolver disputas y problemas por medios distintos, promoviendo soluciones duraderas y pacíficas”, concluyó, abogando por una ciencia al servicio de la vida y el bienestar humano.

La conferencia “Healthcare for All. Sustainability and Equity” no solo miró la urgencia de los conflictos, sino que también ahondó en los dos pilares fundamentales de las políticas de salud actuales: la sostenibilidad de los sistemas sanitarios y la equidad en el acceso a la atención médica. Monseñor Pegoraro enfatizó la imperiosa necesidad de reorientar las prioridades: “Es fundamental invertir significativamente más en la prevención de enfermedades, en lugar de destinar ingentes recursos únicamente a los hospitales para tratar dolencias que podrían haberse evitado”. Este enfoque preventivo, según el prelado, emerge como uno de los desafíos más críticos y complejos que enfrenta la salud pública global en la actualidad, demandando una visión a largo plazo y una asignación de recursos más inteligente y ética.

En definitiva, el encuentro en Roma sirvió como una potente plataforma para denunciar las atrocidades de la guerra en el ámbito de la salud y para instar a la comunidad internacional a reevaluar sus prioridades. El llamado del Vaticano es claro y urgente: priorizar la salud y la paz sobre la escalada armamentística, y movilizar la ciencia y la solidaridad global para construir un futuro donde el derecho a la atención médica sea una realidad accesible y equitativa para todos, sin importar las circunstancias geopolíticas ni las amenazas de conflicto.

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