El Vaticano ha dado un paso significativo en la promoción de la sostenibilidad y la justicia social al respaldar una nueva campaña global que insta a diversas instituciones católicas, desde conferencias episcopales hasta comunidades religiosas, a retirar sus inversiones del sector minero. Esta iniciativa, presentada en Roma, subraya la profunda preocupación por el impacto ecológico y humano de la minería, y se enmarca en la conmemoración del décimo aniversario de la encíclica *Laudato si’* del Papa Francisco, un documento fundamental que aboga por un renovado cuidado de la creación y una “ecología integral”.
La campaña, denominada “Plataforma para la Desinversión en Minería”, busca catalizar un cambio en las prácticas financieras dentro de la Iglesia, orientándolas hacia la ética y la responsabilidad social. Sor Nina Krapić, MVZ, quien realizó su primera aparición pública como subdirectora de la Oficina de Prensa de la Santa Sede tras su nombramiento por el Papa León XIV, enfatizó la respuesta de la Iglesia ante las crecientes crisis ambientales. “En respuesta a la realidad de las crisis ambientales, aproximadamente 40 organizaciones de inspiración religiosa se han unido para lanzar esta plataforma”, explicó Krapić. “Esta iniciativa promueve un modelo de finanzas éticas, firmemente enraizado en el marco de la ecología integral y los principios de la Iglesia sobre la tecnología y la inversión responsable”. Su declaración resalta el compromiso del Vaticano en traducir los preceptos morales en acciones concretas que impacten el ámbito económico global.
La visión de la Iglesia no es unidimensional, y el Cardenal Fabio Baggio, subsecretario del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral, aportó una perspectiva matizada sobre la industria minera. Reconoció la importancia de los minerales para la sociedad contemporánea, esenciales para un vasto espectro de tecnologías y bienes de consumo. Sin embargo, el Cardenal Baggio también criticó el modo en que a menudo se lleva a cabo esta extracción, señalando los perjuicios significativos para las comunidades locales. “Sabemos que los minerales son necesarios para muchos aspectos de la vida contemporánea. Sin embargo, también sabemos que con demasiada frecuencia su extracción se ha realizado sin escuchar a las comunidades locales”, afirmó. Su llamado a la acción es claro: “Es fundamental escuchar las voces de quienes experimentan directamente los desafíos y los conflictos generados por la minería, tanto la que opera dentro de la ley como la ilegal”. Esta perspectiva pone de manifiesto la necesidad de un diálogo genuino y el respeto por los derechos de las poblaciones afectadas, que a menudo son las más vulnerables.
Los testimonios directos de quienes han vivido las consecuencias de la minería ilegal y legal aportaron una poderosa dimensión humana a la campaña. El Cardenal guatemalteco Álvaro Leonel Ramazzini Imeri compartió una experiencia personal impactante de su diócesis de Huehuetenango. Relató cómo una empresa minera canadiense llegó a la región con promesas de empleo y desarrollo tras descubrir yacimientos de oro y plata. Sin embargo, las expectativas de progreso pronto se vieron empañadas por una dura realidad. “La empresa prometió empleos a nuestra gente, pero pronto comenzaron los daños ambientales. Destrucción de la naturaleza, uso indiscriminado del agua y empleo de cianuro”, denunció el Cardenal. Reflexionando sobre la legalidad de estas operaciones frente a su impacto ético y social, Ramazzini Imeri sentenció: “¿Era legal? Sí. ¿Promovió el desarrollo de estas poblaciones? No”. Su testimonio ilustra una crítica recurrente a la minería: el conflicto entre la legalidad de las operaciones y la ética de sus consecuencias sobre el medio ambiente y el bienestar humano.
Desde Perú, la líder indígena Yolanda Flores ofreció un emotivo llamado a la acción, instando al clero, religiosos y fieles laicos a unirse y acompañar a los pueblos originarios en su lucha contra los estragos de la minería. Con voz quebrada, Flores describió cómo la extracción de minerales afecta directamente la vida de su comunidad. “Nuestra agricultura y, especialmente, nuestras aguas, nuestros ríos, nuestros arroyos y nuestros humedales de gran altitud son quemados y destruidos por la minería”, lamentó. Su súplica a la jerarquía eclesiástica fue un ruego por una presencia activa más allá de los ritos sacramentales: “¿Por qué suceden estas cosas? Queremos que nuestros obispos, nuestros párrocos, no sólo se dediquen a los sacramentos, sino que estén allí con nosotros, guiándonos, caminando juntos para construir nuevas rutas, nuevos caminos”. Este clamor subraya la necesidad de una Iglesia que no solo predique, sino que también actúe como un baluarte de defensa para los más desfavorecidos y para la casa común.
La “Plataforma para la Desinversión en Minería” representa un hito importante en la aplicación práctica de la enseñanza social de la Iglesia. Al alentar el abandono de inversiones en una industria que con frecuencia genera graves problemas ambientales y sociales, el Vaticano busca fomentar un modelo de desarrollo verdaderamente integral, que valore la vida humana y la salud del planeta por encima de la ganancia económica a cualquier costo. Esta campaña no solo busca sensibilizar, sino también provocar una transformación en la forma en que las instituciones católicas gestionan sus activos, estableciendo un ejemplo de finanzas éticas que podría resonar mucho más allá de las fronteras de la Iglesia, impulsando un debate global sobre la responsabilidad corporativa y el futuro de nuestro planeta.




