Ciudad del Vaticano – Las tradicionales predicaciones de Cuaresma dieron inicio este 6 de marzo en el Aula Pablo VI del Vaticano, marcando el comienzo de un ciclo de reflexiones espirituales destinadas a la Curia Romana y al personal de la Santa Sede. El encargado de guiar estas meditaciones es el fraile capuchino Padre Roberto Pasolini, Predicador de la Casa Pontificia, quien en su primera intervención abordó la trascendencia de la conversión, inspirándose en la vida y el legado de San Francisco de Asís.
Ante la atenta escucha del Santo Padre, entonces el Papa León XIV, y de numerosos miembros de la Curia y empleados vaticanos, el Padre Pasolini centró su alocución en el tema “La conversión: Seguir al Señor Jesús por el camino de la humildad”. Su mensaje resonó con particular fuerza en un momento global caracterizado por la creciente tensión en Oriente Medio y la escalada de la violencia, haciendo que sus palabras adquirieran una relevancia urgente y contemporánea.
El predicador capuchino reconoció la aparente paradoja de discutir la “pequeñez” o la humildad en un contexto de tanto dolor y conflicto. “Hablar de pequeñez podría parecer abstracto, casi un lujo espiritual”, señaló Pasolini, consciente de la magnitud de las crisis que afectan al mundo. No obstante, lejos de ser un concepto marginal, subrayó que es precisamente en estos momentos críticos cuando la humildad se revela como una fuerza transformadora y un pilar fundamental para la edificación de la paz.
El Padre Pasolini articuló con claridad que la paz genuina trasciende los pactos políticos o las estrategias militares y diplomáticas. Su génesis, argumentó, se encuentra en el interior de “hombres y mujeres que encuentran el coraje de hacerse pequeños”. Esta “pequeñez”, explicó, no implica debilidad, sino una fortaleza moral profunda: la capacidad de “dar un paso atrás, de renunciar a la violencia en todas sus formas, de no ceder a la tentación de la venganza y opresión, de optar por el diálogo incluso cuando las circunstancias parecen negárselo”. Es en esta disposición de humildad donde reside la verdadera semilla para la resolución de conflictos y la construcción de un mundo más justo y pacífico.
Para ilustrar su enseñanza, el Padre Pasolini presentó la figura de San Francisco de Asís como un modelo insigne. Describió al Santo como “un hombre traspasado por el fuego del Evangelio, capaz de reavivar en cada persona el anhelo de una nueva vida en el Espíritu”. La radicalidad evangélica de San Francisco, su despojo de lo mundano y su profunda conexión con lo divino y lo humano, lo convierten en un referente atemporal para quienes buscan una auténtica conversión.
Partiendo de este ejemplo inspirador, el predicador abordó la cuestión fundamental: “¿Qué se entiende por conversión?”. Su respuesta fue categórica: “Es ante todo iniciativa de Dios, en la que el hombre está llamado a participar con toda su libertad”. La conversión, por tanto, no es un mero esfuerzo humano de auto-superación, sino una respuesta a una gracia divina que irrumpe en lo más íntimo de nuestra existencia. Ocurre “en lo más íntimo de nuestra naturaleza, donde la imagen de Dios impresa en nosotros espera ser despertada. Es cuando algo, durante mucho tiempo en silencio, comienza a vibrar de nuevo en el hombre”, detalló el capuchino, evocando la resonancia de un llamado interior.
Profundizando en este concepto, el Padre Pasolini explicó que la conversión va más allá de un intento de “enderezar la vida con las propias fuerzas”. Es, en esencia, “la respuesta a una gracia que ha redefinido los parámetros de nuestra forma de percibir, juzgar y desear”. Esta redefinición implica un cambio radical en la perspectiva, un giro del egoísmo a la apertura a Dios y al prójimo.
Para que una conversión sea verdaderamente evangélica y profunda, el fraile subrayó la necesidad ineludible de identificar la raíz del mal, el pecado. Advirtió contra la peligrosa tendencia a minimizarlo, a reducirlo a “un pequeño error o debilidad”. Para Pasolini, esta negación del pecado no solo trivializa la condición humana, sino que también anula la posibilidad de reconocer la santidad. Propuso una “sanación profunda”, argumentando que “si ya no existe la posibilidad del verdadero mal, ni siquiera podemos creer en la posibilidad del verdadero bien. Si el pecado desaparece, incluso la santidad se convierte en un destino abstracto e incomprensible”. La honestidad ante el propio pecado, por dolorosa que sea, es el primer paso hacia la gracia transformadora.
Reiterando la centralidad de la humildad, el Predicador de la Casa Pontificia enfatizó que esta virtud “es un camino que todo bautizado está llamado a seguir si desea acoger plenamente la gracia de la vida en Cristo”. Lejos de empobrecer al ser humano, la humildad lo “restituye a sí mismo y a su verdadera grandeza”. Explicó que el pecado original, en su esencia, es un rechazo a la humildad, una negativa a aceptar la propia finitud y dependencia de Dios. Por consiguiente, “la conversión, entonces, sólo puede entenderse como un retorno a la humildad”, un redescubrimiento de nuestra verdadera identidad en relación con el Creador.
Las meditaciones de Cuaresma, que se llevarán a cabo cada viernes hasta el 27 de marzo, son una invitación a la reflexión continua y a la acción. Al concluir su primera prédica, el Padre Pasolini exhortó a una conversión constante y reiteró la apremiante necesidad de la “pequeñez evangélica” en los conflictos y las dificultades que marcan nuestra época. Su mensaje resuena como un recordatorio de que la auténtica transformación personal y social comienza con un corazón humilde y abierto a la gracia divina.




