25 febrero, 2026

PUERTO PRÍNCIPE, HAITÍ – Las perspectivas de celebrar elecciones generales transparentes, honestas, democráticas e inclusivas en Haití a finales de año se ven seriamente comprometidas, según Mons. Pierre-André Dumas, Obispo de Anse-à-Veau-Miragoâne y vicepresidente de la Conferencia Episcopal de Haití. En declaraciones a medios vaticanos, el prelado pintó un sombrío panorama de una nación sumida en el caos y la violencia, donde el Estado de derecho ha cedido terreno al control de las bandas armadas, haciendo prácticamente imposible un proceso electoral legítimo.

Desde el asesinato del presidente Jovenel Moïse en julio de 2021, Haití ha estado atrapado en una espiral de inestabilidad política, crisis humanitaria y una escalada de violencia perpetrada por grupos criminales. La capital, Puerto Príncipe, se ha convertido en un epicentro de esta anarquía, con bandas que operan con impunidad, controlando vastas extensiones de territorio y sembrando terror entre la población. Esta situación contrasta drásticamente con las últimas elecciones celebradas en el país en 2016, que ya fueron objeto de una intensa controversia, aunque culminaron con la presidencia de Moïse.

El reciente cese de funciones del Consejo Presidencial de Transición el 7 de febrero de este año, que había sido establecido para conducir al país hacia una normalización democrática, ha profundizado la incertidumbre. Este consejo había delineado un calendario electoral ambicioso para renovar la totalidad de los escaños presidenciales, senatoriales, de diputados y cargos locales y municipales, con una primera vuelta programada para el 30 de agosto de 2025 y una posible segunda vuelta el 6 de diciembre del mismo año. Sin embargo, la realidad sobre el terreno, tal como la describe Mons. Dumas, parece incompatible con estas aspiraciones.

“La violencia y el desorden generalizado que imperan en Haití no crean las condiciones necesarias para organizar unos comicios que puedan ser catalogados como transparentes, honestos, verdaderamente democráticos e inclusivos”, enfatizó Mons. Dumas el 25 de febrero. El obispo comparó la situación del país con una “tierra de nadie”, donde la autoridad estatal es apenas una sombra y la vida cotidiana está dictada por el miedo y la opresión.

La preocupación central del vicepresidente de la Conferencia Episcopal radica en la capacidad de los ciudadanos para ejercer su derecho al voto en un ambiente de libertad y seguridad. “¿Cómo podrán participar los habitantes de estas áreas abandonadas, donde la presencia gubernamental es inexistente? ¿Cómo podrán emitir su sufragio con la máxima libertad y plena conciencia, si los grupos criminales persisten en su ciclo de asesinatos, secuestros e imposición de sus reglas de opresión y dominio?”, cuestionó el prelado, destacando la inviabilidad práctica de unas elecciones bajo las actuales circunstancias.

La situación actual es descrita por el obispo como “extremadamente dolorosa”, superando incluso los tiempos difíciles y complicados del pasado. Este sufrimiento se refleja en los ojos de una población agotada, que a menudo se ve obligada a huir de sus hogares, abandonando sus bienes arduamente conseguidos, en busca de refugio. “Esta violencia se ha enquistado, volviéndose sistémica, y amenaza con aniquilar la esperanza de mi pueblo, un pueblo que, como dicen nuestros poetas haitianos, por naturaleza danza, se regocija, canta y cree”, lamentó Mons. Dumas. Sin embargo, advirtió que “esta alegría inherente corre el riesgo de ser completamente borrada por el miedo que ha calado hasta lo más profundo de la sociedad”.

La incertidumbre institucional se acentuó tras la disolución del consejo de transición, que, según el obispo, dejó a Haití en una especie de limbo político. Mons. Dumas señaló que existe una “suspensión política” donde no hay un camino claro y compartido hacia el reequilibrio de poderes, que parecen estar concentrados en una sola figura institucional, lo que genera una “legitimidad que, sin embargo, no es democrática”. Esta falta de una hoja de ruta consensuada agrava la desconfianza pública y fortalece las estructuras criminales.

Una de las mayores preocupaciones del obispo de Anse-à-Veau-Miragoâne es la juventud haitiana, que vive “inmersa en un clima donde no encuentran ni consuelo ni oportunidades laborales”, lo que tristemente los empuja “a los brazos de las pandillas”. Hizo un llamado urgente a quienes detentan el poder para que intenten “restablecer una confianza plena y colectiva” en las instituciones del Estado.

Además de la inseguridad generalizada, Mons. Dumas identificó obstáculos logísticos significativos que dificultan la realización de elecciones. La pérdida de documentos de identidad por parte de miles de haitianos desplazados internamente o refugiados representa un desafío enorme. “Es necesario reconstruir todos sus datos, lo que implica una labor gigantesca”, explicó. La erosión de la legitimidad de las instituciones, argumentó, “corre el riesgo de aumentar la desconfianza y robustecer las estructuras criminales”. La postura de la Iglesia es clara: “Elecciones sí, pero con seguridad y libertad”.

Para concluir, Mons. Dumas subrayó el papel crucial de la Iglesia Católica en Haití. Afirmó que la Iglesia “no se considera un actor político, sino más bien un sujeto que vive cerca del pueblo y, sobre todo, una conciencia moral y ética”. La Conferencia Episcopal, insistió, “no pide más que la garantía de que las elecciones se desarrollen mediante un proceso democrático correcto, que refleje la verdadera voluntad del pueblo haitiano en un ambiente de paz y justicia”.

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