9 marzo, 2026

La figura de Etty Hillesum, la joven escritora judía neerlandesa que encontró su trágico final en el campo de exterminio de Auschwitz a los 29 años, volvió a captar la atención mundial este domingo, al ser recordada por el Papa Leo XIV durante la tradicional oración del Ángelus. Su obra espiritual, plasmada en diarios íntimos escritos durante la Segunda Guerra Mundial, continúa siendo un faro de inspiración para creyentes y pensadores de diversas tradiciones, ofreciendo una perspectiva única sobre la búsqueda de Dios y el sentido de la existencia en medio del sufrimiento más extremo.

Durante su alocución dominical, el Sumo Pontífice se refirió a un conmovedor pasaje del diario de Hillesum, redactado en Ámsterdam en el apogeo de la persecución nazi. En sus cuadernos espirituales, la escritora reflexionó sobre la naturaleza de la fe y la dificultad de mantener la conexión divina: “A veces estoy allí también”, escribió Hillesum, “pero con más frecuencia piedras y grava bloquean el pozo y Dios queda enterrado debajo. Entonces hay que volver a desenterrarlo”. El Santo Padre interpretó esta poderosa metáfora para ilustrar cómo el encuentro con Cristo renueva en cada persona una “fuente de agua que brota para la vida eterna”, situando la experiencia espiritual de esta joven judía dentro de la reflexión cristiana sobre la constante búsqueda de Dios en tiempos de adversidad.

Nacida el 15 de enero de 1914 en Middelburg, Etty Hillesum provenía de una familia judía de profunda cultura en los Países Bajos. Su padre, un profesor de lenguas clásicas, y su madre, de origen ruso, cultivaron un ambiente intelectual que la llevó a estudiar Derecho y lenguas eslavas en la universidad. Sin embargo, su verdadero legado no se manifestaría hasta después de su muerte, a través de los escritos que inició en 1941, siguiendo el consejo de su terapeuta, el psicólogo Julius Spier.

Entre 1941 y 1943, los cuadernos de Hillesum se convirtieron en un testimonio extraordinario. Con una lucidez impresionante, documentó el progresivo deterioro de la vida judía bajo la ocupación nazi, al mismo tiempo que trazaba su propia transformación espiritual. Lejos de sucumbir a la desesperación que la rodeaba, su escritura revela una incansable búsqueda de significado y una conexión cada vez más profunda con lo divino. “Hay un pozo muy profundo dentro de mí. Y en él habita Dios”, anotó en uno de sus pasajes más citados, una frase que encapsula su introspección. Su diario, a menudo comparado con el de Ana Frank, se distingue por su tono más filosófico y contemplativo, emparentándola con otras grandes pensadoras judías del siglo XX como Edith Stein, Hannah Arendt, Simone Weil o María Zambrano.

A medida que la opresión contra la población judía se intensificaba en los Países Bajos, Hillesum tomó una decisión radical: rechazó la oportunidad de esconderse o huir del país. Decidió permanecer junto a su comunidad y ofrecer su ayuda a aquellos que estaban siendo deportados. En 1942, comenzó a trabajar como mecanógrafa en el Consejo Judío y, poco después, se ofreció como voluntaria en el Campo de Westerbork, el campo de tránsito desde donde miles de judíos neerlandeses eran enviados a los campos de exterminio en Europa del Este.

En Westerbork, Hillesum desempeñó un papel crucial, actuando como enfermera y como enlace entre los prisioneros y el mundo exterior. Gracias a un permiso especial, pudo viajar varias veces a Ámsterdam, llevando consigo cartas y noticias de los deportados, un acto de humanidad y resistencia en un entorno de deshumanización. En sus escritos de este período, su visión de la oración era abierta y abarcadora: “Hay quienes para rezar cierran los ojos y se vuelven hacia su interior. Pero hay otro modo de rezar: abrir los ojos y mirar la vida en todo su asombro, en su dolor y en su belleza”. Esta perspectiva subraya su capacidad de encontrar lo sagrado en la totalidad de la experiencia humana, incluso en la tragedia.

En junio de 1942, cuando las noticias sobre el exterminio sistemático de los judíos ya circulaban, Hillesum dejó una de sus reflexiones más impactantes: “Dios no es responsable del daño absurdo que nos causamos unos a otros. ¡Somos nosotros los responsables ante Él!”. Esta afirmación refleja una profunda conciencia moral y una negación de la pasividad frente a la maldad humana.

Finalmente, en septiembre de 1943, Etty Hillesum fue deportada junto a su familia a Auschwitz. Tenía solo 29 años. Su vida terminó abruptamente el 30 de noviembre de ese mismo año. Sin embargo, su espíritu indomable dejó una última huella. Antes de llegar al campo, arrojó desde el tren una postal que fue encontrada por campesinos. En ella, con una esperanza inexplicable en medio de la desolación, escribía: “Hemos dejado el campo cantando”.

Después de la guerra, sus diarios fueron publicados, capturando rápidamente el interés de filósofos, teólogos y estudiosos de la espiritualidad. Hoy, su figura es cada vez más reconocida y estudiada en universidades y centros culturales de todo el mundo, un testimonio de la fuerza de la fe y la dignidad humana en las circunstancias más inhumanas.

El Papa Leo XIV no es el primer pontífice en reconocer la trascendencia de Hillesum. En 2013, pocos días después de anunciar su histórica renuncia, Benedicto XVI también habló de ella durante una Audiencia General. El pontífice alemán la presentó como un ejemplo inspirador de cómo, incluso en el epicentro de la tragedia del Holocausto, una persona puede descubrir una profunda conexión con Dios. “En su vida agitada y atormentada encontró a Dios en medio de la gran tragedia del siglo XX”, afirmó entonces Benedicto XVI.

Más de ochenta años después de su muerte, la figura de Etty Hillesum sigue creciendo en relevancia, consolidándose como un referente espiritual para muchos, incluyendo a los católicos, que encuentran en su historia un puente hacia la comprensión de la fe, la humanidad y la resistencia del espíritu en los momentos más oscuros. Su legado es un recordatorio perdurable de la capacidad del alma humana para buscar y encontrar a Dios, incluso cuando parece estar enterrado bajo las “piedras y grava” del mundo.

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