1 abril, 2026

La Semana Santa, conocida en las Iglesias de Oriente como la “Gran Semana”, representa un período de profunda intensidad espiritual y significado teológico. En el corazón de esta tradición, el rito bizantino invita a los fieles a una inmersión contemplativa en los misterios de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. Mons. Manuel Nin Güell, Exarca Apostólico del Monasterio de Santa María de Grottaferrata, una venerable abadía griega de rito bizantino situada a las afueras de Roma, ha ofrecido una esclarecedora explicación sobre cómo se vive este tiempo sagrado, destacando la riqueza de su poesía litúrgica, simbolismo y profunda espiritualidad.

Para el obispo Nin Güell, esta “Gran Semana” no es solo una rememoración de eventos pasados, sino una experiencia viva que une a los cristianos orientales en torno a la Cruz. “Las Iglesias Cristianas de Oriente se reúnen en torno a la Cruz de Cristo, de donde manan la redención y la salvación para toda la humanidad”, afirmó el prelado, subrayando la unidad fundamental de la fe pascual que trasciende las diferencias rituales. La experiencia bizantina, según el exarca, se nutre de una profunda teología expresada a través de los *troparios*, composiciones poéticas que se cantan durante la liturgia y que encapsulan la esencia de la creencia eclesial. Estos textos son el fruto de una oración meditativa, creados por himnógrafos y teólogos que, con un lenguaje rico en imágenes y paradojas, logran comunicar de forma simbólica la profesión de fe.

Uno de los *troparios* más evocadores que marcan los primeros días de la Semana Santa bizantina es una invitación a la vigilancia espiritual. “He aquí que el Esposo viene a medianoche… bendito el siervo que encuentra vigilante”, reza este canto. Mons. Nin Güell desglosa este texto en tres ejes temáticos fundamentales: la expectación vigilante del Esposo celestial, la necesidad de permanecer despierto frente al “sueño” que simboliza la muerte espiritual o la indiferencia, y una humilde conciencia de la propia indignidad ante la inminente llegada de Dios. Este reconocimiento de la fragilidad humana se contrapone, paradójicamente, con la certeza del amor divino. “El cristiano descubre su condición pecadora, pero también la infinita misericordia y el amor salvífico de un Dios que se humilla”, explicó el obispo, destacando esta tensión entre la miseria humana y la gracia divina como una piedra angular de la espiritualidad bizantina.

El Viernes Santo, punto culminante del drama pascual en la tradición bizantina, se caracteriza por un *tropario* de singular dramatismo, entonado durante la veneración de la cruz. “Quien cuelga de la cruz es el mismo que cuelga la tierra sobre las aguas”, expuso el exarca, enfatizando el profundo contraste inherente a esta plegaria. La liturgia resalta la paradójica inversión de roles: “El Señor de los ángeles recibe una corona de espinas; el Señor del cielo es envuelto en una túnica mendaz”. Estos versos, según Mons. Nin Güell, “subrayan con una fuerza inigualable el misterio de la encarnación”, revelando cómo el Dios omnipotente abraza la humillación y el sufrimiento extremo por amor a la humanidad. El espíritu de este día, que entrelaza el dolor con una fe inquebrantable, se resume en la súplica: “Adoramos tu pasión, oh Cristo, y te pedimos que nos muestres también tu resurrección”.

El Sábado Santo, un día de silencio y expectación en el calendario litúrgico oriental, introduce una nota de recogimiento esperanzador. Un *tropario* de este día pone en boca de José de Arimatea la conmovedora súplica por el cuerpo de Cristo: “Dame a este extranjero…”. Esta imagen de Jesús como el forastero, el que no tiene dónde reclinar la cabeza, el rechazado por los suyos, es, para Mons. Nin Güell, una revelación profunda del misterio cristiano. “Cristo es presentado como el extranjero en todas las etapas de su vida: desde su infancia, en su ministerio itinerante, hasta su muerte y sepultura”, explicó el exarca. Precisamente a través de esta condición de “extranjero” y marginado, Cristo abre el camino del Reino a todos, sin distinción.

En este momento de duelo sagrado, la figura de la Virgen María adquiere una relevancia particular. Su súplica maternal —“Hijo y Dios mío… confío en tu resurrección”— se convierte en la voz de toda la Iglesia, que, a pesar del dolor más profundo ante la muerte del Salvador, jamás abandona la esperanza pascual. La liturgia bizantina, incluso en su expresión más sombría, siempre mira hacia la luz de la resurrección.

Mons. Nin Güell concluyó resaltando la singularidad de la tradición bizantina, que pervive en regiones como Calabria y Sicilia, y tiene su epicentro en el Monasterio de Grottaferrata. Estos textos poéticos, dotados de una fuerza y un realismo extraordinarios, facilitan una inmersión profundamente contemplativa en el misterio de Cristo. La liturgia bizantina no se limita a recordar los eventos salvíficos de la historia cristiana, sino que los actualiza, haciéndolos presentes para cada creyente en el aquí y ahora. Al hacerlo, invita a una participación personal y transformadora en la pasión, muerte y gloriosa resurrección del Señor, ofreciendo un camino espiritual de profunda trascendencia.

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