La llegada del verano en el hemisferio norte marca el cierre del ciclo escolar en diversos niveles educativos, planteando una interrogante recurrente para millones de hogares: cómo gestionar el tiempo de ocio de los hijos durante los meses de vacaciones. A esta inquietud tradicional se suma, con creciente urgencia, el omnipresente desafío de la tecnología digital, encarnado en tabletas y teléfonos inteligentes.
Ante este panorama, un sacerdote y dos expertos laicos católicos, consultados por este medio, convergen en una misma conclusión: la solución no reside en una prohibición tajante de los dispositivos, sino en la revitalización del rol parental, la definición de límites claros y la provisión de alternativas enriquecedoras capaces de reconectar a los hijos con su entorno familiar, con los demás y, fundamentalmente, con su dimensión espiritual.
**El vacío de la rutina escolar**
José Manuel De Urquidi, padre de familia y fundador de las iniciativas de evangelización digital Juan Diego Network y Evangelization Lab, conoce de cerca esta presión, incluso en un hogar donde sus hijos no poseen teléfonos inteligentes, tabletas ni acceso a redes sociales. “Al disolverse la estructura académica, emerge un vacío que, si los padres no abordamos con proactividad e intencionalidad –a través de un plan, una salida o un juego de mesa–, será rápidamente ocupado por el dispositivo más accesible, sea una tableta o el televisor de casa”, explica.
Sin embargo, De Urquidi aclara que esta proactividad no implica programar cada minuto del descanso estival. Es crucial, a su juicio, permitir que los hijos “aprendan a aburrirse solos, para que esa creatividad innata que las pantallas a menudo apagan tenga espacio para crecer y manifestarse”.
**La desconexión en la conexión digital**
El padre Mario Arroyo, impulsor del proyecto Teología para Millennials, advierte que la pantalla puede erigirse en “un ámbito propio en el cual recluirse y aislarse de los demás”, dando lugar a lo que denomina el fenómeno de “estar, sin estar”. El doctor en Filosofía por la Pontificia Universidad de la Santa Cruz, en Roma, detalla esta paradoja: “Estoy físicamente aquí, a tu lado, pero con mi pantalla en realidad estoy muy lejos. Mi interés ya no es interactuar contigo, sino con el dispositivo”. La consecuencia directa, lamenta, es que “la convivencia familiar se vuelve algo secundario o, incluso, insustancial”.
**La fuerza del ejemplo parental**
De Urquidi subraya que cualquier normativa familiar pierde su eficacia si los adultos no están dispuestos a cumplirla. “Los hijos nos copian a nosotros mucho más que cualquier regla que les impongamos. Si nos ven, a papá y mamá, absortos en el celular durante los momentos compartidos, siempre pendientes de cada notificación, les estamos transmitiendo un mensaje muy claro: que el aparato es más importante que vivir el momento presente”, puntualiza.
Desde su experiencia en la evangelización digital, De Urquidi considera hipócrita “demonizar” las redes sociales o centrarse únicamente en sus peligros. La pregunta fundamental, propone, no es si la tecnología es intrínsecamente buena o mala, sino “para qué la estoy usando en este momento concreto” y si su uso me está aislando “de quienes tengo enfrente, de mi primera responsabilidad”. Por ello, insiste: “Ningún acuerdo sobre pantallas perdurará si los propios padres son los primeros en quebrantarlo”. En su hogar, las reglas tecnológicas se aplican a todos, incluyendo a los adultos.
El padre Arroyo complementa esta visión, destacando que el objetivo último no es mantener a los hijos bajo vigilancia indefinida, sino formarlos para que puedan desenvolverse de manera autónoma. Para ello, argumenta, necesitan desarrollar “criterio para discernir qué es lo bueno y qué es lo malo”, así como el “carácter necesario para no dejarse llevar por los engaños o las seducciones de la red”.
**Señales de alerta en el uso de pantallas**
José Manuel Menegazzo, fundador y director del Instituto Internacional Juntos por la Vida (JUVID) –dedicado a la promoción de la dignidad humana, el matrimonio y la familia–, ofrece pautas prácticas para identificar cuándo el uso de pantallas se ha convertido en un problema. Recomienda prestar atención a la manera en que niños y adolescentes reaccionan al tener que dejar el dispositivo. “Cuando quitarles la pantalla genera un problema, un enfado desproporcionado, un berrinche o un arrebato emocional, es una señal clara de que el dispositivo ya está ejerciendo un efecto nocivo”, explica.
Otro indicador importante puede observarse en el descanso. Menegazzo aconseja que los menores dejen de usar pantallas al menos una hora y media antes de dormir. Si empiezan a manifestar dificultades para conciliar el sueño, “esa es ya una alerta”, advierte. También resalta cómo el entorno digital puede resultar más atractivo que la interacción real: “Es más cómodo y entretenido estar frente a una pantalla donde puedo ver lo que quiera y cambiar en cualquier momento”. En contraste, entablar una relación con otros niños o integrarse en un grupo requiere un esfuerzo interpersonal significativamente mayor.
**Más allá de la prohibición: la necesidad de alternativas**
Los tres expertos coinciden en que los límites deben ir indefectiblemente acompañados de alternativas estimulantes. Menegazzo sugiere actividades que fomenten las relaciones humanas y el desarrollo personal, como la práctica deportiva, el cultivo de una expresión artística, montar en bicicleta o compartir un pasatiempo con los padres. Con los adolescentes, agrega, es especialmente importante ayudarles a descubrir intereses y metas: “Hay que buscar despertarles pasión por algo”. El objetivo, explica, es encender esa chispa en el joven para que “se desconecte más del mundo artificial y se conecte más al mundo real”.
El padre Arroyo, por su parte, recomienda a los padres adelantarse y acompañar progresivamente a sus hijos en su inmersión en el mundo digital, de modo que la tecnología sea percibida como “algo familiar, no como una vía de huida o escape del hogar”. También propone retrasar en lo posible el acceso a las redes sociales, establecer horarios definidos y evitar el uso de teléfonos o tabletas durante las comidas. El sacerdote aconseja buscar expresamente contenidos concretos y evitar “navegar a la deriva”, además de dialogar con claridad sobre los riesgos potenciales que puedan encontrar en línea.
**El redescubrimiento de la dimensión espiritual**
Las vacaciones también pueden transformarse en una valiosa oportunidad para fortalecer la fe en familia. El padre Arroyo recomienda mantener prácticas sencillas como bendecir los alimentos, ofrecer el día a Dios, agradecer al finalizar la jornada y asistir juntos a la Misa dominical. Tras la celebración, propone realizar una “recapitulación de la Misa”: conversar sobre las lecturas, recordar el mensaje del Evangelio y reflexionar sobre su aplicación en la vida diaria. “Esa retroalimentación no solo sirve a los niños, sino a todos”, asegura.
De Urquidi comparte que en su familia existe un momento de oración al final de cada día que “nunca compite con nada”. Su estructura actual –que incluye oraciones tradicionales, las lecturas diarias, acciones de gracias e intenciones de cada integrante– se fue construyendo gradualmente. “Para aquellas familias sin el hábito, el verano es un excelente momento para empezar a reunirse antes de dormir para rezar juntos”, sugiere. También aconseja aprovechar las vacaciones para acercarse en familia a la confesión, la adoración eucarística o alguna Misa entre semana, comenzando con una visita sencilla al Santísimo.
De Urquidi resume el desafío con una potente imagen: la tecnología, bien empleada, es un puente que acerca, forma y entretiene sanamente. Sin embargo, “el problema surge cuando deja de ser puente para convertirse en destino”. La decisión de no entregar dispositivos personales a sus hijos, concluye, le ha brindado a su familia “unas vacaciones distintas, más lentas y más nuestras”.








