Ciudad del Vaticano – En un gesto que entrelaza la devoción popular, la tradición taurina y un profundo vínculo nacional, el renombrado torero peruano Andrés Roca Rey sostuvo un significativo encuentro con el Papa León XIV en la Plaza de San Pedro. Tras la habitual audiencia general de la semana pasada, el diestro limeño tuvo la oportunidad de saludar al Sumo Pontífice, a quien obsequió una pieza de gran valor simbólico: un capote de paseo bordado con la venerada imagen del Señor de los Milagros.
El encuentro, cargado de emotividad y resonancia cultural, se produjo en el corazón del Vaticano, donde Roca Rey estuvo acompañado por su madre, María Mercedes Valdez. Durante el breve pero intenso intercambio, el matador hizo entrega del capote, una prenda ornamental ricamente elaborada y adornada con detalles en oro, utilizada por los toreros en el desfile inicial previo a cada corrida. Sin embargo, el verdadero tesoro de esta ofrenda residía en la figura central bordada: la del Cristo Morado, símbolo supremo de la fe peruana y una de las devociones más arraigadas en la nación andina.
Para Roca Rey, esta elección no fue casual. El Señor de los Milagros ostenta un significado personal profundo, que se magnifica al considerar la estrecha relación que el Papa León XIV mantiene con Perú. El Pontífice residió en el país sudamericano durante más de dos décadas, forjando lazos inquebrantables con su gente y su cultura, donde esta iconografía religiosa es central. El torero, quien ha expresado públicamente su fe cristiana en diversas ocasiones, buscaba que el Santo Padre conservara un recuerdo tangible del mundo del toro, un ámbito donde la vida y la muerte se encuentran en cada faena, y donde, según sus propias palabras, es fundamental tener “el alma preparada para vivir la vida eterna”.
Más allá del recuerdo material, el matador aprovechó la cercanía con su compatriota para solicitar una oración y bendición especial para todos los profesionales del mundo taurino, con una particular mención a aquellos que, como él, arriesgan su integridad y existencia en el ruedo. Subrayó que el acto de entrega de esta pieza no solo representaba un “honor y un orgullo” al compartir la misma nacionalidad, sino que también era un “símbolo de fe, tradición y unión entre culturas”. Este capote, más que una simple indumentaria taurina, se convierte en un puente que une la pasión del ruedo con la espiritualidad y la identidad cultural peruana.
La conexión del Papa León XIV con Perú es un capítulo fundamental en su biografía. Su llegada al país en 1985 marcó el inicio de una profunda huella pastoral que cimentó su identidad eclesial y misionera. Durante sus años de servicio, especialmente en la diócesis de Chiclayo, el entonces sacerdote y obispo dedicó una intensa labor evangelizadora que dejó una marca indeleble en la comunidad. Es por ello que, en múltiples ocasiones, el Sumo Pontífice ha manifestado que Perú ocupa “un lugar especial” y perenne en su corazón, un sentimiento que resuena con la profunda estima que la población peruana le profesa.
La devoción al Señor de los Milagros, que ahora adorna el capote obsequiado al Papa, tiene sus raíces en el siglo XVII. La historia cuenta que un esclavo angoleño pintó una imagen de Cristo crucificado en una pared de adobe en Lima. Milagrosamente, esta humilde representación resistió los devastadores terremotos que asolaron la ciudad en 1655 y 1687, mientras que las estructuras a su alrededor colapsaron. Este evento fue interpretado como una señal divina, dando origen a la veneración del “Cristo de Pachacamilla” o “Cristo Morado”. Desde entonces, cada mes de octubre, miles de fieles se congregan en Perú para acompañar en procesión la imagen, ataviados con el tradicional hábito morado, en un testimonio multitudinario de fe, esperanza y unidad popular que atraviesa generaciones y estratos sociales.
La trascendencia de esta devoción ha alcanzado incluso las calles de Roma. De hecho, el pasado 19 de octubre, en una multitudinaria procesión que llevó la imagen del Señor de los Milagros por la capital italiana, el Papa León XIV saludó con particular afecto a los devotos congregados, evidenciando una vez más su estrecho lazo con esta manifestación de fe peruana.
El encuentro entre Roca Rey y el Papa León XIV, por tanto, trasciende la anécdota. Se erige como un poderoso símbolo de cómo la fe y las tradiciones culturales pueden unirse en un mensaje de devoción y pertenencia. El capote con el Señor de los Milagros no es solo un regalo, sino una expresión viva de la identidad peruana que resuena con las experiencias vitales de dos de sus hijos más universales.





