En medio de una profunda reconfiguración política que sigue a la extradición de Nicolás Maduro a Estados Unidos, Venezuela observa con atención a sus nuevas figuras de liderazgo interino. Entre ellas, los hermanos Jorge y Delcy Rodríguez, pilares de la transición, han captado la atención no solo por sus roles estratégicos sino también por las complejas y, a veces, contradictorias expresiones de sus creencias personales. Su influencia es innegable, particularmente en el contexto del recién aprobado proyecto de ley de amnistía para la convivencia democrática, un instrumento clave en el nuevo panorama venezolano.
El proyecto de ley, que ya obtuvo la aprobación unánime en su primera discusión el 5 de febrero y avanzó en un segundo debate el 12 de febrero, busca “ofrecer una oportunidad para vivir en paz y tranquilidad en Venezuela”. Contempla una amnistía general y plena para quienes hayan sido procesados o condenados por “delitos políticos o conexos” desde 1999 hasta 2026, un período que abarca desde la asunción de Hugo Chávez al poder. Este marco legal emerge tras la liberación de más de 300 presos políticos del chavismo en las semanas posteriores a la captura de Maduro, aunque organizaciones independientes aún registran al menos 644 detenciones consideradas injustas.
**Las Contradicciones de Jorge Rodríguez**
Durante el segundo debate sobre la ley de amnistía, Jorge Rodríguez, actual presidente de la Asamblea Nacional, generó una notable controversia. Al discutir el artículo 5, que contenía el aforismo jurídico “In dubio pro reo” (en caso de duda, a favor del acusado), Rodríguez manifestó su aversión al latín, argumentando que le “recuerda a los curas” y calificando la frase como “pedantería jurera”, solicitando su traducción al castellano.
Esta declaración contrasta drásticamente con sus propias acciones y discursos públicos de apenas una semana antes. En la primera discusión de la misma ley, el 5 de febrero, Rodríguez apeló a la moral cristiana y al perdón. En un gesto cargado de simbolismo, levantó en el hemiciclo una fotografía de Hugo Chávez sosteniendo un crucifijo, instando a los diputados oficialistas a seguir el supuesto ejemplo de perdón del “padre de la revolución bolivariana” y a ser “cristianos de verdad”, exclamando: “Seamos cristianos de verdad, aunque no profesemos una religión, tomemos la Palabra de Cristo para abrazarnos en el perdón.”
La trayectoria pública de Rodríguez, psiquiatra de profesión y figura central en los gobiernos de Chávez y Maduro, ha estado marcada por una relación ambivalente con la Iglesia Católica. En 2017, durante uno de los fallidos procesos de diálogo entre el chavismo y la oposición, Rodríguez acusó al episcopado venezolano de intentar “sabotear” las negociaciones para obtener poder político, describiéndolos como un “partido político de extrema derecha” que “quiere guerra, que los venezolanos nos matemos los unos a los otros”.
Sin embargo, esta histórica animosidad pareció atenuarse significativamente con el anuncio de la próxima canonización de los primeros santos venezolanos, San José Gregorio Hernández y Santa Carmen Rendiles, prevista para octubre de 2025. En sus redes sociales, Rodríguez celebró ampliamente este evento, señalando que abría un “tiempo donde todos debemos comprometernos a defender la paz y su legado”. Describió el acontecimiento como una oportunidad para unirse “como nación” y enviar un “poderoso mensaje al mundo de perseverancia, armonía y concordia”, en un tono de reconciliación que se diferenciaba notablemente de su retórica previa, en la que solía atacar a líderes de la oposición.
**La Devoción de Delcy Rodríguez a Sai Baba**
Por otro lado, Delcy Rodríguez, presidenta encargada y hermana de Jorge, presenta un perfil espiritual más definido y, a la vez, no exento de polémica. Aunque criada bajo la fe católica como su hermano, ha declarado abiertamente su devoción a Sathya Sai Baba, un líder espiritual hindú fallecido en 2011, una fe que también compartía el depuesto Nicolás Maduro.
Rodríguez ha visitado en diversas ocasiones el ashram de Prashanti Nilayam en la India, donde, según informes del propio ashram de octubre de 2024, expresó su “profunda alegría por regresar”, encontrando en la “divina presencia de Bhagavan” una “profunda sensación de calma y tranquilidad”. En estas visitas, ha compartido su convicción de que las enseñanzas de Sai Baba son fundamentales para enfrentar los desafíos globales y mejorar las relaciones internacionales, afirmando: “Creo que el mundo está enfrentando varios retos. Si tenemos las enseñanzas de Sai Baba, creo que el mundo podría ser mejor y también podría ayudar en las relaciones con nuestros dos países [India y Venezuela]”. También ha expresado sentirse protegida por su guía espiritual: “En muchas ocasiones en las que me he sentido en peligro, sentí a Baba, con nosotros y conmigo. Con mi familia y también con mi país. Cada vez que pensé que algo iba a pasar, o que algo pasó, Baba estaba ahí. Siempre está con nosotros, enseñándonos”.
No obstante, la figura de Sai Baba ha sido objeto de severas críticas y acusaciones a nivel global. Cientos de ex-seguidores han denunciado públicamente a Sai Baba por presuntas violaciones de menores, enriquecimiento ilícito y abuso sexual. Además, el reconocido exorcista italiano Gabriele Amorth, en su libro “El último exorcista: Mi batalla contra Satanás” (2012), lanzó una fuerte condena, calificando a Sathya Sai Baba como “el hijo predilecto de Satanás en la tierra”, acusándolo de realizar “magia” y “fingir milagros que no llevan a nada” con el objetivo de “llevar a la perdición” a miles de personas.
Pese a estas controversias, Delcy Rodríguez mantiene firme su fe. Menos de una semana después del 3 de enero, y ante las afirmaciones del entonces presidente de Estados Unidos, Donald Trump, quien sugirió que las autoridades interinas venezolanas podrían enfrentar un destino similar o peor al de Nicolás Maduro si no cooperaban, Rodríguez respondió con una declaración de fe: “Mi destino no lo decide sino Dios, esa es mi respuesta”.
**Creencias Personales y Liderazgo Político**
La amalgama de estas expresiones espirituales y políticas en figuras tan influyentes plantea interrogantes sobre el papel de la fe en la Venezuela post-Maduro. Mientras Jorge Rodríguez oscila entre la crítica abierta a la institucionalidad eclesiástica y la apropiación de símbolos religiosos para promover la unidad y el perdón, Delcy Rodríguez exhibe una adhesión a una figura espiritual global cuya reputación está marcada por el fervor de sus seguidores y la severidad de sus detractores.
En este complejo panorama, las creencias personales de los líderes no son meras anotaciones biográficas. Se entretejen con el discurso público, la búsqueda de legitimidad y las estrategias de reconciliación nacional. La dicotomía entre la crítica al latín “jurero” y el llamado a ser “cristianos de verdad”, o entre la devoción a un líder espiritual y las graves acusaciones que lo rodean, refleja las múltiples capas de una política venezolana en constante reinvención, donde la espiritualidad y el poder se entrelazan de formas inesperadas y profundamente significativas para el futuro de la nación.





