26 febrero, 2026

Managua, Nicaragua – La comunidad católica de la Arquidiócesis de Managua ha demostrado una vez más su profunda solidaridad y resiliencia al impulsar un vital fondo de retiro para sus sacerdotes, especialmente aquellos de edad avanzada. La reciente colecta del Miércoles de Ceniza en la Catedral Metropolitana de Managua, que alcanzó los 3.680 dólares (equivalentes a 135.208 córdobas nicaragüenses), se ha convertido en una fuente de sustento indispensable para los presbíteros jubilados. Esta iniciativa cobra una relevancia aún mayor en el contexto de la creciente y sistemática represión del régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo contra la Iglesia Católica en Nicaragua.

El Cardenal Leopoldo Brenes, Arzobispo de Managua, fue el encargado de comunicar los resultados de esta importante recaudación al finalizar la Misa del primer Domingo de Cuaresma, celebrada el 22 de febrero. El purpurado subrayó que, aunque esta colecta es una tradición anual arraigada en la práctica cuaresmal, su propósito actual se ha vuelto críticamente vital. “En nuestra arquidiócesis tenemos un buen número de sacerdotes que pasan los 65 años,” explicó el Cardenal Brenes, detallando el sistema de apoyo implementado: “cuando un sacerdote llega a los 65 años con esa colecta, que hacemos los Miércoles de Ceniza, se le da 150 dólares para que se ayude en sus gastos. Cuando ese sacerdote llega a los 70 años se le dan 200 dólares mensuales.”

La urgente necesidad de esta autosuficiencia eclesiástica se hizo dramáticamente patente a finales de 2023, cuando el gobierno de Daniel Ortega y su esposa, la copresidenta Rosario Murillo, procedió a la eliminación de un fondo de retiro que había sido históricamente destinado a los sacerdotes católicos jubilados. Este fondo, concebido para brindar seguridad económica a los clérigos en su etapa de retiro, había sido previamente congelado ese mismo año. Su origen se remontaba al año 2005, cuando la Conferencia Episcopal de Nicaragua (CEN) lo estableció con la aprobación de la Asamblea Nacional, designando las colectas del Miércoles de Ceniza como su principal fuente de financiación. La supresión arbitraria de este mecanismo oficial dejó a un considerable número de sacerdotes ancianos en una situación de vulnerabilidad económica, forzando a la Iglesia a buscar soluciones alternativas y a depender de manera más directa del apoyo generoso de sus fieles.

El Cardenal Brenes, consciente de las limitaciones impuestas, reconoció el valor tanto simbólico como práctico de estas aportaciones. “Muchas veces dice alguien que 200 dólares es poco porque las medicinas son bien caras, sobre todo las de la presión… pero es un aporte que hacemos todos en la arquidiócesis,” afirmó, destacando el espíritu de comunidad y mutuo apoyo que caracteriza a la feligresía nicaragüense. Para poner esta cifra en perspectiva, el salario mínimo promedio en Nicaragua, que varía según el sector productivo, ronda los 8.882 córdobas, lo que equivale aproximadamente a 242 dólares. Este dato subraya la precariedad de los estipendios sacerdotales, que apenas alcanzan para cubrir las necesidades básicas, y menos aún para costear gastos médicos significativos, especialmente relevantes para la población de la tercera edad.

Con los fondos recaudados únicamente en la Catedral de Managua, el Cardenal Brenes estimó que se podrá brindar asistencia a cerca de veinte sacerdotes. Aunque los montos recolectados en las otras aproximadamente 115 parroquias de la arquidiócesis no se han hecho públicos, se anticipa que el esfuerzo conjunto de los fieles a nivel diocesano permitirá extender esta ayuda a un número significativamente mayor de clérigos en necesidad. Este acto de caridad y compromiso financiero por parte de los católicos nicaragüenses no solo alivia la carga económica inmediata de sus pastores, sino que también envía un mensaje contundente de unidad, fe y resistencia en tiempos de adversidad.

La difícil situación económica de los sacerdotes y la creciente dependencia de las colectas voluntarias son un reflejo directo de la implacable campaña de persecución que el régimen de Ortega y Murillo ha desatado contra la Iglesia Católica en Nicaragua. Durante años, la dictadura ha intensificado sus ataques contra la institución religiosa, percibiéndola como una de las pocas voces críticas independientes y un bastión de resistencia civil y moral en el país.

Las pruebas de esta persecución son numerosas, sistemáticas y alarmantes:
* **Prohibición de Procesiones y Actividades Religiosas:** El régimen ha vetado miles de procesiones, peregrinaciones y otras actividades religiosas al aire libre en los últimos años, coartando de manera flagrante la libertad de culto y la expresión pública de fe de millones de nicaragüenses.
* **Confiscación de Propiedades Eclesiásticas:** Diversas propiedades de la Iglesia, incluyendo conventos, colegios, universidades y obras de caridad, han sido incautadas por el Estado, debilitando drásticamente la infraestructura y la capacidad de servicio social de la institución.
* **Expulsión y Encarcelamiento de Clérigos:** Numerosos sacerdotes y religiosas han sido expulsados del país, y otros han sido encarcelados bajo acusaciones infundadas, en un intento de silenciar voces disidentes y desmantelar la estructura eclesiástica. La detención y posterior destierro del Obispo Rolando Álvarez es un ejemplo paradigmático de esta escalada represiva.
* **Asedio y Control de Templos:** Las iglesias y sus alrededores son objeto de constante vigilancia y asedio por parte de la policía y fuerzas paramilitares, incluso durante la celebración de Misas y otros oficios religiosos, generando un clima de intimidación y temor entre los fieles.

En este complejo y hostil panorama de asfixia a la libertad religiosa y civil, la Iglesia Católica de Nicaragua, con el apoyo incondicional de sus fieles, demuestra una notable capacidad de adaptación, resiliencia y solidaridad. La colecta del Miércoles de Ceniza, más allá de su valor económico, se erige como un poderoso símbolo de la fe inquebrantable de un pueblo que se niega a abandonar a sus pastores y que, a través de acciones comunitarias y solidarias, busca mitigar los embates de una dictadura que no cesa en su afán de control total. Este esfuerzo colectivo es un testimonio vivo de que la Iglesia, incluso bajo las circunstancias más adversas, continúa siendo un refugio y un faro de esperanza para muchos nicaragüenses, defendiendo la dignidad humana y los principios de la libertad.

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