8 abril, 2026

La República de Haití se encuentra sumida en una profunda crisis, marcada por una violencia implacable que ha azotado a su población durante un periodo prolongado. A pesar del incesante dolor y la adversidad, la comunidad de fieles haitianos demuestra una resiliencia notable, aferrándose a su fe y celebrando la Pascua como un símbolo de esperanza, incluso en las circunstancias más precarias. Así lo ha puesto de manifiesto el misionero camiliano Massimo Miraglio en recientes declaraciones a Vatican News.

Miraglio ha ofrecido un crudo panorama de la nación caribeña, particularmente durante la Semana Santa, un periodo de profunda significación religiosa. Las bandas criminales han consolidado su control sobre extensas áreas de Puerto Príncipe, la capital, y sus operaciones se extienden a menudo contra miembros del clero católico y los feligreses. Un ejemplo reciente de esta brutalidad fue el secuestro de un sacerdote, quien afortunadamente fue liberado la semana pasada tras permanecer cautivo. La escalada de violencia ha provocado el cierre indefinido de numerosas parroquias, algunas de las cuales han quedado prácticamente inoperativas.

Sin embargo, el misionero enfatiza que la fe popular haitiana no se doblega. “Los fieles no se dejan intimidar”, afirma Miraglio, señalando que, aunque la participación en las actividades eclesiásticas no alcanza los niveles de antaño debido a la inseguridad, los creyentes continúan buscando consuelo y comunidad en su fe cuando las condiciones lo permiten.

La situación del país, explica Miraglio, presenta una clara dicotomía geográfica. El “Gran Sur”, que abarca los departamentos de Jérémie, Les Cayes, Jacmel y Miragoâne, experimenta una relativa calma. En estas regiones, las actividades eclesiásticas y la vida cotidiana mantienen un grado de normalidad. En contraste, el norte y el centro del país son epicentros de la actividad de las bandas, donde la violencia es “cotidiana” y la seguridad es prácticamente inexistente, incluso para la Iglesia. La semana pasada, la ferocidad de los grupos armados quedó patente con el asesinato de al menos setenta personas a manos de dos de las bandas más poderosas en la zona centro-norte.

En medio de este caos, la fe se convierte en un pilar fundamental para el pueblo haitiano, que deposita “toda su esperanza en Dios”. El Viernes Santo, en particular, adquiere una relevancia trascendental en la religiosidad popular. El momento de la crucifixión y muerte de Jesús resuena profundamente con la experiencia diaria de sufrimiento que vive la población. “Con sus preocupaciones y sus lágrimas, los haitianos acompañan al Señor a lo largo del Calvario”, describe Miraglio. Para muchos, este dolor compartido se transforma en un paso necesario hacia la esperanza de una resurrección, tanto espiritual como para el futuro de su nación.

La sensación de abandono y desilusión es palpable entre los ciudadanos, quienes se sienten defraudados por aquellos que no demuestran una “intención real de sacar a Haití de la pesadilla” en la que se ha hundido. La “soledad es la peor sensación” para la gran mayoría, lo que convierte a la celebración de la Pascua en una oportunidad crucial para recordar que, a pesar de todo, “Dios no se olvida de ellos”. Miraglio subraya que, aunque la comunidad internacional y Estados Unidos “pueden hacerlo”, es Dios quien permanece como la última esperanza.

El contexto político añade otra capa de complejidad a la crisis. Se prevé que a finales de este año se celebren elecciones generales, un evento de gran importancia dado que los últimos comicios tuvieron lugar en 2016 y estuvieron rodeados de controversia. Aquel proceso llevó a la presidencia a Jovenel Moïse, cuyo asesinato en 2021 sumió al país en una espiral de caos político y violencia sin precedentes. Desde entonces, Puerto Príncipe ha sido el escenario principal de la anarquía, con bandas armadas operando con impunidad y controlando vastas extensiones de la capital.

Las próximas elecciones representan un desafío monumental. No solo se renovará la presidencia, sino también todos los escaños del Senado y la Cámara de Diputados, además de todos los cargos locales y municipales. La viabilidad de celebrar unos comicios legítimos bajo el control de las bandas es una preocupación central. “Celebrar unas elecciones mientras las bandas controlan casi todo creo que provoca una falta de democracia y pone en crisis la legitimidad, ya que mucha gente no podría ir a votar”, advierte Miraglio. A pesar de estos obstáculos, el misionero enfatiza la imperiosa necesidad de que Haití celebre elecciones y “recupere su dimensión democrática” para poder iniciar un camino hacia la estabilidad y el desarrollo.

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