9 febrero, 2026

En el entramado social del Glasgow victoriano de finales del siglo XIX, un escenario marcado por la profunda pobreza y la segregación social, emergió la visión de un hombre. Andrew Kerins, más conocido como el Hermano Walfrid, concibió el Celtic Football Club no solo como una entidad deportiva, sino como un motor de asistencia humanitaria. Su iniciativa, nacida de una profunda convicción solidaria, trascendería las fronteras locales para convertirse en uno de los equipos de fútbol más emblemáticos y reconocidos a nivel mundial, cuyo espíritu caritativo persiste hasta nuestros días.

Nacido el 18 de mayo de 1840 en Ballymote, una localidad costera en el oeste de Irlanda, Andrew Kerins fue uno de los cientos de miles de irlandeses cuyas vidas fueron alteradas irrevocablemente por la Gran Hambruna. A mediados del siglo XIX, su familia, como tantas otras, emprendió la dura travesía hacia Escocia, buscando una oportunidad en medio de la desolación. Este éxodo masivo, que vio a más de 100.000 irlandeses asentarse en el oeste escocés, moldeó la perspectiva del joven Kerins y lo preparó para su futura misión.

El conocimiento más profundo sobre la trayectoria y el impacto del Hermano Walfrid proviene de la exhaustiva investigación de Michael Connolly, un distinguido académico escocés especializado en estudios y gestión deportiva. La tesis doctoral de Connolly, dedicada íntegramente a la figura de este Hermano Marista, culminó en la publicación del libro “Walfrid: una vida de fe, comunidad y fútbol”, una obra que ilumina aspectos clave de su existencia y la fundación del Celtic.

En una conversación reciente, Connolly relató cómo Walfrid, aún siendo muy joven, con apenas 15 años, dejó Irlanda. En Glasgow, encontró empleo en el sector ferroviario mientras complementaba su formación asistiendo a clases nocturnas impartidas por los Hermanos Maristas. Fueron estos religiosos quienes, perspicaces, identificaron su potencial y vocación. Tras completar su formación como maestro, Kerins decidió integrarse en la Congregación Marista, adoptando el nombre de Walfrid al tomar el hábito en el norte de Francia. Aunque su labor docente lo llevó temporalmente a Londres, la mayor parte de su vida activa transcurrió en Glasgow, donde se le encomendó una misión de vital importancia: atender a la creciente comunidad de inmigrantes irlandeses que llegaban huyendo de la miseria de su tierra natal, una situación que él mismo había experimentado años atrás.

El Hermano Marista Colin Chalmers, al reflexionar sobre los inicios de la congregación fundada por San Marcelino Champagnat en Escocia, destacó en otra ocasión la cruda realidad que encontraron en Glasgow en 1858. La pobreza era abrumadora, especialmente entre la población católica. La respuesta de los Hermanos fue inmediata y directa: la creación de escuelas primarias y secundarias. En este desolador panorama, y en consonancia con el carisma de San Marcelino, “la vida y obra de Walfrid estuvieron intrínsecamente ligadas a la atención de la pobreza, con un énfasis particular en la niñez desfavorecida”, según subraya Chalmers. Walfrid no se limitó a proporcionar alimento y refugio; su compromiso abarcaba la integración plena de los inmigrantes en la sociedad escocesa, la promoción de oportunidades laborales y el cuidado de sus necesidades espirituales. Connolly enfatiza la “constante preocupación de Walfrid por los niños pobres y los inmigrantes” como un eje central de su vida, un leitmotiv recurrente en todos los documentos estudiados para su investigación. Su dedicación a la mejora espiritual y educativa de la juventud en las zonas más vulnerables de Glasgow y Londres fue inquebrantable.

La visión del Hermano Walfrid también abarcó el potencial transformador del deporte. En una urbe donde la miseria era palpable, comprendió que el fútbol podía ser una herramienta poderosa. Connolly explica que los Hermanos Maristas introdujeron el fútbol en sus escuelas como un incentivo, una estrategia para fomentar la asistencia, ya que muchas familias carecían de los recursos para costear la educación de sus hijos.

Así, el 6 de noviembre de 1887, en el salón de la iglesia de Santa María en Abercromby Street, el Hermano Walfrid oficializó la fundación del Celtic Football Club. El propósito era doble: integrar a los niños a través del deporte y, crucialmente, organizar partidos benéficos para recaudar los fondos necesarios para alimentar a los niños necesitados de la comunidad. La elección del nombre “Celtic” no fue azarosa; Walfrid deseaba un término que resonara con el patrimonio cultural compartido por escoceses e irlandeses, visualizándolo como un símbolo de unión y un puente entre ambas naciones separadas por el Mar de Irlanda.

El legado del Hermano Walfrid es un testimonio vivo de cómo los valores evangélicos pueden traducirse en acciones tangibles. Connolly lo presenta como la figura esencial para comprender el carisma marista en Escocia. La expresión más palpable de este legado hoy es la Celtic Foundation, el brazo caritativo del club, cuya misión es perpetuar el espíritu fundacional de Walfrid. A través de iniciativas como la campaña “Walfrid’s Wish”, la fundación recauda fondos destinados a impulsar proyectos sociales y educativos en Glasgow, Londres, Irlanda e incluso Norteamérica. Esta expansión geográfica refleja la amplitud del impacto de Walfrid en vida, manteniendo viva su aspiración caritativa a escala internacional.

Aunque muchos jóvenes aficionados conocen el renombre del Celtic, Connolly observa que un número considerable desconoce sus orígenes caritativos. Sin embargo, afirma con convicción que “su legado sigue profundamente presente” en la estructura y misión del club. Para Connolly, la figura de Walfrid le brindó una comprensión más profunda de su propia fe, demostrando cómo los principios cristianos pueden manifestarse en actos concretos de servicio. En un país como Escocia, donde los católicos son una minoría frente a la mayoría anglicana, el ejemplo del Hermano Walfrid “sigue siendo particularmente inspirador, especialmente para las nuevas generaciones”, ofreciendo un modelo perdurable de compromiso social y espiritualidad aplicada.

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