La Conferencia Episcopal de las Antillas (AEC) ha emitido una contundente declaración, expresando su profunda preocupación pastoral por la compleja situación que atraviesa el pueblo de Cuba. La isla se enfrenta a graves dificultades humanitarias, agudizadas por la reciente decisión del gobierno de Estados Unidos de restringir significativamente el suministro de petróleo extranjero. Esta medida ha desencadenado una crisis energética y de abastecimiento que amenaza con deteriorar aún más la calidad de vida de los cubanos, generando un llamado urgente de la Iglesia Católica regional a la comunidad internacional.
Las repercusiones de estas sanciones económicas se han manifestado rápidamente en el día a día de la nación caribeña. El corte del flujo petrolero ha provocado una escasez aguda de combustible y, por extensión, de otros suministros esenciales. Esta carencia se traduce en apagones generalizados, que afectan a dos tercios del país, como el registrado el pasado 4 de marzo. Las autoridades cubanas han señalado la debilidad del sistema eléctrico, exacerbada por la falta de crudo para alimentar los generadores de apoyo, como la causa fundamental de estas interrupciones. Además, los cortes eléctricos han paralizado parcialmente hospitales, interrumpido los sistemas de agua potable y planteado serias amenazas a la seguridad alimentaria y la prestación de servicios públicos básicos, intensificando la angustia de una población que ya soporta largas décadas de privaciones.
En su comunicado, publicado el 2 de marzo, los obispos caribeños subrayaron que estas condiciones pueden “profundizar la angustia y el sufrimiento entre los ciudadanos comunes que ya han soportado mucho”. La AEC afirmó categóricamente que “la Iglesia no puede permanecer en silencio cuando la dignidad está amenazada y el acceso a los alimentos, la atención sanitaria y las necesidades básicas se vuelve cada vez más incierto”. La Conferencia prioriza “las familias, los ancianos, los niños y los más vulnerables”, quienes, según su perspectiva, son los que “cargan con las mayores dificultades de circunstancias que están fuera de su control”. Su mensaje enfatiza que, si bien “Cuba necesita renovación y cambios positivos, no necesita más dolor”, y sus habitantes no deberían sentirse aislados en su padecimiento.
La escalada de la presión estadounidense sobre Cuba fue confirmada por el propio presidente Donald Trump. En declaraciones a Politico el 5 de marzo, Trump afirmó que “Cuba también va a caer”, en un contexto de discusiones sobre acciones militares de Estados Unidos e Israel en Oriente Medio. El mandatario estadounidense detalló la estrategia: “Cortamos todo el petróleo, todo el dinero, o cortamos todo lo que viene de Venezuela, que era la única fuente. Y quieren llegar a un acuerdo”. Estas declaraciones reafirman la intención de Washington de ejercer la máxima presión económica para forzar un cambio político en la isla, aunque las consecuencias humanitarias de tales medidas sean el centro de la preocupación de los obispos caribeños.
Ante este panorama, la Conferencia Episcopal de las Antillas reafirmó los “principios fundamentales de humanidad, imparcialidad, neutralidad e independencia” como guía para responder a las necesidades humanas. Insistieron en que la ayuda debe llegar a los más desprotegidos “sin manipulaciones políticas ni retrasos”, haciendo un llamado vehemente a que los desacuerdos entre naciones “deben resolverse mediante el diálogo y la diplomacia, y no por medio de la coerción o el conflicto”. Los obispos son enfáticos al declarar que “las consideraciones humanitarias nunca deben quedar eclipsadas por intereses políticos o estratégicos”, pidiendo que la atención se centre en aliviar el sufrimiento de la población antes que en agendas geopolíticas.
Finalmente, la voz de la Iglesia caribeña se elevó en un llamado a la unidad espiritual. Los obispos invitaron a todos los fieles de la región a unirse en oración, solicitando el alivio del sufrimiento del pueblo cubano, la sabiduría necesaria para los líderes políticos y el hallazgo de “caminos hacia la paz, la justicia y la reconciliación”. Su mensaje concluye con una poderosa exhortación: “Que la solidaridad reemplace la indiferencia y que la caridad supere la división”, un eco de esperanza y hermandad en medio de la adversidad, reafirmando su cercanía a la comunidad eclesial y a cada ciudadano cubano afectado por la crisis.




