1 marzo, 2026

Este 1 de marzo de 2026, la Iglesia Católica universal marca la celebración del II Domingo de Cuaresma, un período litúrgico que invita a la reflexión, la penitencia y la conversión. En el corazón de la liturgia de este día resuena el poderoso relato evangélico de la Transfiguración del Señor, un evento narrado en el capítulo 17 del Evangelio de Mateo, versículos del 1 al 9 (Mt 17, 1-9). Esta impactante revelación divina no solo ofrece un atisbo de la gloria de Jesús, sino que también establece un profundo llamado a la escucha atenta, un tema central en los mensajes cuaresmales contemporáneos.

El pasaje bíblico nos transporta a un monte elevado, cuya identidad no se especifica, pero cuya cumbre se convierte en el escenario de un momento trascendental. Jesús, en un gesto de especial cercanía, elige a tres de sus discípulos más íntimos: Pedro, Santiago y Juan. Ellos serán los únicos testigos de una manifestación sobrenatural que reafirmará la identidad divina del Maestro y prefigurará su futura resurrección. Al llegar a la cima, la apariencia de Jesús experimenta una transformación radical: su rostro adquiere un brillo radiante, similar al sol, y sus vestiduras se tornan de una blancura deslumbrante, como la nieve más pura. Es una epifanía de su divinidad, una luz que disipa las sombras de la existencia terrenal.

En este instante de revelación, la escena se enriquece con la aparición de dos figuras prominentes de la historia de Israel: Moisés y Elías. Moisés, el legislador que recibió las Tablas de la Ley en el Sinaí, y Elías, el profeta ardiente que representó la voz de Dios en tiempos de apostasía, dialogan con Jesús. Su presencia no es casual; simboliza la plena realización de la Ley y los Profetas en la persona de Cristo, quien no viene a abolirlos, sino a darles cumplimiento. Este encuentro celestial confirma la continuidad de la Alianza y la autoridad de Jesús como el Mesías esperado.

Invadido por la magnitud del momento, y quizás buscando prolongar esa experiencia sublime, Pedro, con un arrebato de fervor, sugiere erigir tres tiendas: una para Jesús, otra para Moisés y otra para Elías. Su reacción, si bien humana y comprensible ante lo extraordinario, revela una dificultad para asimilar la totalidad del misterio y la urgencia de la misión de Jesús, que implica el camino hacia la cruz antes de la gloria. Sin embargo, su propuesta es interrumpida por una manifestación aún más poderosa.

Una nube luminosa desciende y los envuelve, evocando la presencia de Dios que guiaba al pueblo de Israel en el desierto. De esta nube emerge una voz poderosa y sobrecogedora, que declara con autoridad: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo puestas mis complacencias; escúchenlo”. Esta es la misma voz que se escuchó en el bautismo de Jesús en el Jordán, pero ahora acompañada de una exhortación explícita: “escúchenlo”. Los discípulos, llenos de un temor reverencial ante la presencia divina, caen postrados rostro en tierra. Jesús se acerca a ellos, los toca y, con palabras de consuelo y autoridad, les dice: “Levántense y no teman”. Al alzar la vista, la visión ha desaparecido; solo Jesús permanece con ellos, reafirmando su centralidad y unicidad.

Mientras descienden del monte, Jesús les imparte una instrucción crucial: “No le cuenten a nadie lo que han visto, hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos”. Esta orden de silencio no es para ocultar la verdad, sino para que la revelación de su gloria sea comprendida en su totalidad a la luz de su Pasión y Resurrección. Solo después de vencer a la muerte, el significado completo de su Transfiguración sería accesible para todos.

El mensaje cuaresmal emitido por el Santo Padre para este tiempo de gracia subraya precisamente la trascendental relevancia de la “escucha”. Esta disposición a escuchar no es un acto pasivo, sino la primera manifestación de un deseo genuino de establecer una relación profunda y significativa con el otro, y fundamentalmente, con Dios. En el contexto de la Cuaresma, esta exhortación papal resuena con particular fuerza. La invitación es a “dar espacio a la Palabra a través de la escucha”, no solo la lectura superficial, sino una inmersión contemplativa en el mensaje divino.

Escuchar a Jesús implica abrir el corazón a sus enseñanzas, a su ejemplo de vida, a su sacrificio redentor. Es un proceso de discernimiento que nos permite establecer una relación personal, íntima y transformadora con Él. Esta relación se cultiva en la oración, en la meditación del Evangelio, en la participación en los sacramentos y en la caridad hacia el prójimo. Al estar atentos a la voz de Cristo, nos capacitamos para estar igualmente atentos a la realidad que nos rodea, a las necesidades del mundo y a los signos de los tiempos.

“Entrar en esta disposición interior de receptividad significa dejarnos instruir hoy por Dios para escuchar como Él”, se destaca en el mensaje papal. Esta frase es un recordatorio poderoso: Dios mismo es un Dios que escucha. Escucha el clamor de sus hijos, sus súplicas, sus anhelos más profundos. Al imitar esta cualidad divina, los creyentes están llamados a desarrollar una empatía profunda, una capacidad de atención no solo hacia la Palabra revelada, sino también hacia la “voz” de los hermanos y hermanas, especialmente los más vulnerables.

La Cuaresma, por tanto, se presenta como un tiempo propicio para afinar nuestros oídos espirituales. La Transfiguración, con su deslumbrante muestra de gloria, nos ofrece la esperanza de la resurrección, un faro de luz en nuestro camino de penitencia. Al escuchar a Jesús, tal como la voz del Padre nos exhorta, nos preparamos para vivir la Pascua no solo como un recuerdo histórico, sino como una experiencia personal de muerte y resurrección, de transformación y renovación de la fe. Es un llamado a la acción espiritual: silenciar el ruido del mundo para sintonizar con la melodía divina, permitiendo que la Palabra de Dios moldee nuestra mente y corazón, conduciéndonos a una vida más plena y auténtica en Cristo.

Así, este II Domingo de Cuaresma de 2026, la Iglesia nos invita a ascender espiritualmente con Jesús, a ser testigos de su gloria, y, sobre todo, a escuchar su voz con humildad y fe, dejando que su palabra nos guíe en nuestro camino hacia la celebración de la Pascua.

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