En un contexto de profunda zozobra y temor que paralizó a diversas regiones de México, un gesto de fe emergió desde El Salto, Jalisco, desafiando la violencia desatada. Mientras las calles se vaciaban y las noticias de bloqueos y agresiones dominaban los titulares, un sacerdote católico elevó el Santísimo Sacramento como un faro de esperanza, recordando a su comunidad que la fe puede trascender el miedo más profundo y que “el Señor está por encima de todos los males”.
El protagonista de esta iniciativa es el Padre Ricardo López Díaz, párroco de la iglesia de la Santa Cruz, ubicada en el municipio de El Salto, parte de la Zona Metropolitana de Guadalajara y a unos 33 kilómetros al sureste de la capital jalisciense. El Padre López Díaz tomó la decisión de subir con el Santísimo a lo alto de la parroquia, convirtiendo un momento de pánico colectivo en un acto de devoción y resistencia espiritual.
La inusual acción se produjo en un escenario de escalada violenta sin precedentes, desencadenada por un operativo de seguridad que, según reportes iniciales, tuvo como objetivo a Nemesio Oseguera Cervantes, alias “El Mencho”, presunto líder del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG). Aunque la información sobre su captura y posterior deceso fue confusa y no plenamente confirmada por fuentes oficiales en su momento, la reacción del grupo criminal fue inmediata y brutal. Múltiples municipios, incluyendo Tapalpa y zonas de la Zona Metropolitana de Guadalajara, fueron testigos de bloqueos de avenidas, incendios de vehículos, ataques a establecimientos comerciales y agresiones directas contra fuerzas armadas y civiles.
Esta ola de terror forzó el cierre de negocios, la suspensión de clases y, de manera notable, el cese de actividades en numerosas parroquias y templos católicos en el país, dejando a los fieles sin acceso a sus lugares de culto. Ante la imposibilidad de celebrar oficios presenciales, algunos sacerdotes optaron por transmitir las homilías a través de las redes sociales, buscando mantener la conexión espiritual con sus comunidades.
El Padre Ricardo López Díaz relató los eventos de aquel día de tensión en una entrevista. Con el avance de la mañana, la preocupación creció ante la propagación de reportes de violencia, incluyendo bloqueos y quema de vehículos en Guadalajara y El Salto. Su llamado inicial a la comunidad fue claro: permanecer en casa y recurrir a la oración. Las misas se celebraron a puertas cerradas, con la del mediodía contando con la presencia de solo seis fieles, aunque su transmisión en redes sociales congregó a cerca de dos mil espectadores. “Experimentamos un profundo dolor y preocupación, pero al mismo tiempo una inquebrantable certeza en la victoria de Cristo sobre el mal”, compartió el Padre López Díaz, evocando un momento de catarsis y fe compartida frente a la adversidad.
La tarde se sumergió en un “silencio tenso”, una espera cargada de incertidumbre y de la pregunta generalizada: “¿Qué estará pasando?”. Fue en ese clima de aprehensión que el Padre López Díaz, junto a su vicario parroquial, tomó una decisión trascendental: ascender a una de las torres en construcción de la parroquia de la Santa Cruz. Desde esa altura, impartiría la bendición con el Santísimo Sacramento en dirección a los cuatro puntos cardinales de El Salto y sus alrededores. Este acto simbólico, según explicó, era una invitación a la humildad y la esperanza: “doblar nuestra rodilla y alzar nuestra mirada al Cielo”.
Previamente, había convocado a sus feligreses a través de mensajes a grupos parroquiales: al sonar las campanas, debían pausar sus actividades, encender el Cirio Pascual, santiguarse y rogar por el don de la paz. Desde la elevación, la cruda realidad se hizo visible: “se alcanzaban a ver las columnas de humo de los camiones que estaban quemando”, una imagen desoladora de la crisis que impulsó una sentida plegaria: “Señor, aplaca tu ira, aplaca la maldad de estos criminales, defiende y protege a estas familias inocentes; escucha Señor el clamor de tu pueblo”.
Lo que comenzó como un acto de fe local, rápidamente trascendió fronteras. La transmisión en vivo de la bendición atrajo a más de siete mil espectadores y fue replicada por innumerables páginas católicas y medios de comunicación, tanto nacionales como internacionales. Sin embargo, para el Padre López Díaz, la magnitud del alcance no fue lo más significativo. “Lo que verdaderamente me conmovió fue saber que, para muchos, este gesto se convirtió en un símbolo de inspiración, de esperanza, un recordatorio palpable de que el Señor nos acompaña y no nos abandona”, afirmó. Su mensaje es claro y contundente: “Dios prevalece sobre todo mal, sobre todo peligro. Él nunca nos pierde de vista”.
El sacerdote aprovechó la oportunidad para lanzar una profunda reflexión a los fieles. “Quien no se inclina ante Jesús Eucaristía, reconociéndolo como Dios, inevitablemente terminará postrándose ante otras realidades, sean estas el crimen, el dinero o el poder efímero”, advirtió. Enfatizó la trascendencia de la oración en la vida de los católicos, señalando que “no debemos subestimar su poder; los resultados de su ausencia son palpables en nuestra sociedad y en el incremento de la violencia en México”.
Finalmente, hizo un llamado a extender la oración incluso a aquellos que perpetran la violencia. Aunque reconoció que la sociedad los percibe como “delincuentes, lacras o escoria humana”, el Padre López Díaz recordó que, desde la perspectiva de la fe, “son también hijos de Dios, a quienes Él anhela salvar y ver en el cielo”. Un mensaje que busca sembrar compasión y la posibilidad de redención incluso en los contextos más oscuros de la inseguridad y el temor que vive Jalisco y el país.




