14 marzo, 2026

La Ciudad Santa de Jerusalén, cuyo nombre evoca la paz en la tradición judía, se enfrenta una vez más a la cruda paradoja de su historia milenaria. Asediada, saqueada y reconstruida innumerables veces, este cruce de caminos de civilizaciones y religiones es hoy el epicentro de una escalada de violencia que amenaza con desestabilizar aún más el frágil equilibrio de Oriente Medio. Especialmente vulnerable resulta la comunidad cristiana, que, acostumbrada a convivir con la tensión, observa cómo los recientes eventos bélicos han deteriorado gravemente la situación, poniendo en vilo el corazón de las tres grandes fes abrahámicas.

El resurgimiento del conflicto, marcado por recientes intercambios de fuego entre Irán, Estados Unidos e Israel desde finales de febrero, ha llevado la amenaza directamente a los hogares y centros de fe. El 13 de marzo, fragmentos de un misil iraní, interceptado por las defensas aéreas israelíes, impactaron en las proximidades de una escuela primaria de la Custodia de Tierra Santa, cercana a la histórica Puerta de Jaffa, en la Ciudad Vieja. Aunque afortunadamente no se registraron víctimas debido a la suspensión de clases, el incidente subraya la imprevisibilidad y el peligro latente. El padre Ibrahim Faltas, de la Custodia de Tierra Santa (CTS), describe la escena como “muy, muy difícil”, destacando el miedo palpable que ha vaciado las calles de la urbe.

Otro fragmento de misil, de considerable tamaño, cayó sobre el Campo de los Pastores en Beit Sahour, cerca de Belén, sin causar daños mayores, pero evidenciando el potencial destructivo de estos artefactos. El padre Faltas enfatiza la preocupación por la seguridad en la Ciudad Vieja, hogar de la mayoría de los Lugares Santos cristianos, donde “no hay refugios” adecuados para proteger a la población. Las sirenas, una constante en el día a día, son seguidas por un silencio inquietante: tiendas, escuelas y lugares de culto permanecen cerrados. La vida cotidiana se detiene, y un sentimiento de desesperanza empieza a calar hondo entre la población cristiana, muchos de cuyos miembros consideran abandonar la región, convencidos de que “no hay futuro” para ellos ni para sus hijos en estas tierras históricas. Ante esta coyuntura crítica, el sacerdote franciscano reitera un llamado universal a la oración: “Solo Dios puede salvarnos de esta situación, y por eso necesitamos la oración de todo el mundo, y que no nos dejen solos”.

En medio de esta atmósfera de ansiedad e incertidumbre, la fe se convierte en un ancla. El padre Luis Eduardo Rodríguez, legionario de Cristo, quien ha completado su primer año de sacerdocio inmerso en la realidad de Jerusalén, ofrece una perspectiva conmovedora. Desde su labor en el Centro Notre Dame y la parroquia de San Simón y Santa Ana, así como sus estudios en la Universidad Hebrea, el sacerdote salvadoreño vive de cerca la crudeza del conflicto. Relata la experiencia de escuchar “los cohetes que salen para interceptar, las alarmas y después las explosiones a lo lejos”, percibiendo el temblor de la tierra. Este contexto le ha ofrecido una visión renovada de su vocación y de la vida misma, llevándole a una profunda reflexión sobre la trascendencia. “Cada vez que suenan las alarmas uno intenta seguir el protocolo… pero es en esos momentos en que uno piensa: ‘Podría ser hoy mi último día’”, confiesa el padre Rodríguez.

Sin embargo, esta confrontación con la mortalidad, paradójicamente, fortalece la vivencia del Evangelio. Para el padre Rodríguez, la fe en la protección divina y la aceptación de la voluntad de Dios permiten afrontar la adversidad con serenidad, manteniendo una rutina lo más normal posible. Destaca la notable calma que exhiben los cristianos locales, una serenidad que solo puede provenir de una profunda confianza en el Señor, a pesar de la “ansiedad e incertidumbre” que permea el ambiente sobre la duración y las consecuencias del conflicto. La comunidad cristiana de Jerusalén se mantiene firme en su postura de neutralidad ante el conflicto, afirmando no estar “de parte de nadie”, sino “del lado de la paz y del lado de querer resolver el conflicto para construir algo mejor”. La mayoría de los peregrinos y muchos católicos que trabajaban en la ciudad han partido, alterando drásticamente la vida parroquial, pero los religiosos se han volcado en apoyar a sus comunidades y a los más vulnerables.

En este crisol de sufrimiento y violencia, la fe se forja y la esperanza se acrisola, según las palabras del sacerdote. El padre Rodríguez subraya la belleza de ver a tantos cristianos esforzándose por vivir su fe y cumplir con su labor en medio de un peligro constante, considerándolo “el mayor signo” de esperanza que pueden ofrecer al resto del mundo. A pesar de la muerte y la guerra que acechan a sus puertas, el mensaje es claro: “Ningún problema es demasiado grande para la fe. Uno puede y tiene que seguir esperando y confiando en el Señor, creyendo en que su poder es lo único que de verdad puede cambiar corazones y transformar sociedades”. La comunidad cristiana de Jerusalén, custodiando los lugares más sagrados, permanece como un testimonio viviente de fe inquebrantable en un lugar que anhela su promesa de paz.

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