Cada 10 de febrero, la Iglesia Católica conmemora la festividad de San José Sánchez del Río, un nombre que evoca una historia de fe inquebrantable y sacrificio supremo en el convulso México de principios del siglo XX. Conocido cariñosamente como “Joselito”, este adolescente de apenas 14 años se convirtió en un símbolo perdurable de la resistencia religiosa durante la Guerra Cristera, un conflicto armado que asoló el país entre 1926 y 1929. Su martirio, marcado por la tortura y el asesinato a manos de las fuerzas gubernamentales en 1928, fue el precio de su negativa rotunda a renunciar a sus convicciones, elevándolo a los altares como santo y fuente de inspiración para millones.
**Un Llamado Temprano al Sacrificio**
Desde su infancia, Joselito manifestó un profundo fervor religioso. Nacido en Sahuayo, Michoacán, su devoción no era una práctica superficial, sino una convicción arraigada. Cuando su familia se trasladó a Guadalajara, su joven espíritu lo llevó a peregrinar a la tumba del beato Anacleto González Flores, un abogado católico martirizado por el régimen de Plutarco Elías Calles. Fue en este lugar sagrado donde el joven José expresó a Dios su ferviente deseo de morir por la fe, emulando a aquellos que daban su vida por la causa religiosa.
La determinación de Joselito no se quedó en una aspiración. Ante el inminente estallido de la Guerra Cristera, que enfrentaba a la Iglesia y a miles de católicos con un gobierno decidido a implementar estrictas leyes anticlericales, el adolescente rogó a sus padres que le permitieran unirse a las filas cristeras. A pesar de su corta edad, su resolución era inquebrantable, y finalmente obtuvo el permiso para sumarse a los defensores de la libertad de culto.
**En el Corazón de la Persecución**
La política del entonces presidente Plutarco Elías Calles había instaurado un conjunto de leyes que restringían drásticamente las prácticas religiosas. La llamada “Ley Calles” prohibió el culto público, cerró templos y puso en peligro a quienes osaran desobedecer. En este escenario de persecución, Joselito demostró una valentía excepcional. Siempre asistió al catecismo y participó activamente en su parroquia. Cuando la prohibición del culto público se hizo efectiva, ingeniosamente encontró maneras de recibir los sacramentos en secreto y mantuvo la tradición familiar de rezar el Rosario diariamente. Su postura era clara: la fe no se negocia ni se oculta por miedo.
**El Acto Heroico que Marcó su Destino**
Inicialmente, debido a su juventud, Joselito fue aceptado en las filas cristeras no para combatir directamente, sino como portaestandarte de la venerada imagen de la Virgen de Guadalupe, un símbolo de profunda significación para el pueblo mexicano y los Cristeros. Sin embargo, su destino tomaría un giro decisivo el 6 de febrero de 1928, durante un enfrentamiento armado entre las fuerzas cristeras y las tropas federales.
En medio de la refriega, el caballo del general cristero Luis Guízar Morfín fue alcanzado por un disparo, dejándolo vulnerable ante el enemigo. Sin dudarlo, Joselito descendió de su propia montura y, en un acto de altruismo conmovedor, se la ofreció al general con estas palabras: “Mi general, tome usted mi caballo y sálvese; usted es más necesario y hace más falta a la causa que yo”. Gracias a esta acción, Guízar Morfín logró escapar, pero Joselito fue capturado junto a un amigo, Lázaro. Su heroísmo selló su destino.
**Prisión en la Casa de Dios**
Tras su captura el 7 de febrero de 1928, Joselito fue encarcelado en un lugar con un profundo significado personal: el baptisterio de la iglesia de Santiago Apóstol en Sahuayo. Lo que una vez fue el sitio de su iniciación cristiana, se había transformado en una improvisada prisión y establo para las tropas gubernamentales. La profanación del espacio sagrado no tardó en indignar al joven.
El postulador de su causa de canonización, el P. Fidel González Fernández, relató un episodio que ilustra la férrea convicción de Joselito. Observando cómo el tabernáculo y el presbiterio de la iglesia eran usados como gallinero para los gallos de pelea del gobernador local, el muchacho reaccionó con furia. En un acto de rebeldía sagrada, mató a los gallos y confrontó a su carcelero sin temor a las represalias. “La casa de Dios es para rezar, no para usarla como un establo de animales”, declaró. “Estoy dispuesto a todo. Puede fusilarme. Así me encontraré enseguida en la presencia de Dios y podré pedirle que le confunda”.
**Traición y Calvario**
La historia de Joselito se torna aún más desgarradora al conocer la participación de Rafael Picazo Sánchez, su propio padrino de Primera Comunión. A pesar de los lazos familiares, Picazo, influenciado por la ideología anticlerical, fue el responsable de su detención y quien orquestaría su martirio. Inicialmente, intentó doblegar la voluntad del joven con ofertas tentadoras: ingresarlo en una prestigiosa escuela militar o enviarlo a Estados Unidos. Sin embargo, Joselito rechazó cada propuesta, reafirmando su inquebrantable adhesión a la fe católica.
Ante la firmeza del muchacho, Picazo exigió un rescate de cinco mil pesos de oro a la familia por su liberación. El padre de Joselito logró reunir la suma, pero el propio joven, fiel a su promesa a Dios, le imploró que no pagara, declarando que su fe no estaba a la venta. Entonces comenzó el calvario.
Dos testigos del martirio narraron los horrores que Joselito padeció. En un mesón, los soldados le arrancaron la piel de las plantas de los pies con una navaja, y luego lo obligaron a caminar descalzo hasta el cementerio, golpeándolo cruelmente. Querían quebrarlo, hacer que renegara de su fe en un momento de debilidad. Pero Joselito, a cada paso y a cada golpe, respondía con valentía.
**El Grito Final de Fe**
Una vez en el cementerio, el lugar elegido para su ejecución, el jefe de los soldados ordenó que lo apuñalaran para evitar el ruido de los disparos. Sin embargo, a cada puñalada, el joven mártir elevaba un grito que resonaría en la historia: “¡Viva Cristo Rey!”, “¡Viva Santa María de Guadalupe!”. Ante tal muestra de coraje, el oficial cambió de parecer y le disparó dos veces en la cabeza. Eran las 11:30 de la noche del 10 de febrero de 1928.
El sacrificio de José Sánchez del Río no fue en vano. Su vida y su martirio se convirtieron en un faro de la libertad religiosa y la fidelidad cristiana. En 2016, el Papa Francisco lo canonizó, reconociendo su heroica virtud y transformándolo en un ejemplo eterno de cómo la fe puede sostener el espíritu humano incluso ante la más brutal adversidad. San José Sánchez del Río sigue siendo hoy un testimonio vibrante de que el amor a Dios puede superar cualquier desafío, resonando en el corazón de los fieles a nivel global.




