2 abril, 2026

Cada año, la comunidad católica mundial se adentra en el corazón de la Semana Santa con la conmemoración del Jueves Santo, una fecha de profunda resonancia espiritual y litúrgica. Este día marca la “puerta de entrada” al Triduo Pascual, el período más sagrado del calendario cristiano, que abarca la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús de Nazaret. Es un momento para revivir los acontecimientos que cimentaron la fe cristiana y que, en 2025, la Iglesia vuelve a celebrar con devoción.

El Jueves Santo rememora, ante todo, la Última Cena de Jesús con sus apóstoles, un evento trascendental en el que se instituyeron dos sacramentos fundamentales para la salvación de la humanidad: la Eucaristía y el Orden Sacerdotal. Estos pilares de la vida eclesiástica se renuevan y se celebran con especial énfasis en esta jornada.

Sobre la significación de esta jornada, el Pontífice Francisco, en su audiencia general del 31 de marzo de 2021, destacó la importancia de la Misa *in Coena Domini* (en la Cena del Señor). En aquella ocasión, el entonces Pontífice subrayó que no se trata de un simple recuerdo, sino de un “memorial”, una “presencia perenne” de Cristo. “Cada vez que se celebra la Eucaristía —explicó Francisco— se renueva este misterio de la redención”. Sus palabras resaltan la creencia católica de que la Eucaristía es la presencia real de Cristo, un testamento de su amor entregado a sus discípulos.

Las celebraciones litúrgicas del Jueves Santo se estructuran en torno a dos misas principales, cada una con un significado particular que enriquece la comprensión de este día tan especial.

**La Misa Crismal: Un Vínculo con el Sacerdocio**

En la mañana del Jueves Santo, las catedrales de todo el mundo acogen la solemne Misa Crismal. Esta celebración, presidida por el obispo local y concelebrada por todos los sacerdotes de la diócesis, tiene una doble función esencial. En primer lugar, se consagra el Santo Crisma, un aceite perfumado que se utilizará en los sacramentos del Bautismo, la Confirmación y el Orden Sacerdotal, simbolizando la unción del Espíritu Santo. Además, se bendicen los óleos para los enfermos y los catecúmenos, que se emplearán en el sacramento de la Unción de los Enfermos y en la preparación de los que se inician en la fe.

La Misa Crismal también es un momento de profunda renovación para el clero. Durante esta liturgia, los presbíteros y sacerdotes incardinados en la diócesis renuevan sus promesas sacerdotales ante su obispo, reafirmando su compromiso de fidelidad a Cristo y a la Iglesia. Este gesto colectivo subraya la unidad del presbiterio y el ministerio sacerdotal como un servicio incondicional al pueblo de Dios.

**La Misa de la Cena del Señor: El Mandamiento Nuevo de la Caridad**

Al caer la tarde, la Iglesia celebra la Misa de la Cena del Señor, el acto litúrgico central del Jueves Santo. Esta conmemoración revive la última Pascua que Jesús compartió con sus apóstoles, una Pascua que sería “redefinida” y trascendida por el sacrificio redentor de Cristo en la Cruz.

Uno de los momentos más conmovedores de esta Misa es el lavatorio de pies. Imitando el gesto de Jesús, el sacerdote lava los pies a doce personas de la asamblea, representando a los apóstoles. Este acto de humildad y servicio, narrado en el Evangelio de Juan (Jn 13, 14-15), es un “paradigma” de amor, una lección práctica sobre cómo el Maestro se puso al servicio de sus discípulos. “Si, pues, Yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis unos a otros lavaros los pies, porque os he dado el ejemplo, para que hagáis como Yo os he hecho”, enseñó Jesús.

Tras este gesto simbólico, los fieles escuchan el “mandamiento nuevo” de Jesús: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros: para que, así como Yo os he amado, vosotros también os améis unos a otros” (Jn 13, 34). Esta es la propuesta más grande y desafiante del Señor, una invitación a la caridad que los cristianos están llamados a vivir y que se puede alcanzar cooperando con la gracia divina.

**La Vida Sacramental: Eucaristía y Sacerdocio**

No se puede subestimar la íntima relación entre la institución de la Eucaristía y la del Orden Sacerdotal en el Jueves Santo. Al partir el pan y decir a sus apóstoles “Hagan esto en memoria mía”, Jesús no solo les entregó su Cuerpo y Sangre, sino que también les confirió la autoridad para perpetuar este misterio. Así, estableció un antes y un después para la vida de la gracia en la Iglesia.

El sacerdote y profesor de teología P. Donato Jiménez, OAR, ha recordado que el Jueves Santo es el día en que Jesús deja su “testamento”: “la Eucaristía, el sacerdocio y el mandato de amarnos los unos a los otros”. Para Jiménez, es una oportunidad invaluable para la reconciliación y la interiorización de la enseñanza de Jesús sobre la caridad. Insistió en que, si bien la asistencia a la Misa de la Cena del Señor es un acto de fe, debe ir acompañada de “un corazón dispuesto a encontrar el sentido del amor al prójimo”.

El Jueves Santo, por tanto, no es solo una jornada de recuerdo, sino una profunda invitación a la acción y a la vivencia del amor cristiano. Es un llamado a la comunidad a redescubrir la grandeza de la Eucaristía, a valorar el ministerio sacerdotal y, sobre todo, a encarnar el mandamiento de la caridad en la vida cotidiana. En este inicio del Triduo Pascual, la Iglesia renueva su compromiso con los sacramentos y el mensaje de amor que Cristo legó.

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