Cada 2 de febrero, el calendario litúrgico de la Iglesia Católica conmemora una de las festividades más arraigadas y significativas: la Presentación de Jesús en el Templo y la Purificación de la Santísima Virgen María. Conocida popularmente como “La Candelaria” o “Fiesta de la Luz”, esta fecha encierra un profundo simbolismo teológico y una lección perenne de humildad y obediencia que resuenan a través de los siglos.
La conmemoración une dos eventos bíblicos narrados en el Evangelio de Lucas (Lc 2,22-38), ambos anclados en las estrictas prescripciones de la ley mosaica. Para comprender la magnitud de lo ocurrido, es esencial remontarse a las antiguas tradiciones judías que regían la vida religiosa y social del pueblo de Israel.
**Las Prescripciones de la Ley de Moisés**
La legislación judía, conocida como Torá o ley mosaica, establecía una serie de preceptos para las madres y sus hijos primogénitos. En esencia, tras el nacimiento de un varón, la madre era considerada ritualmente impura durante un periodo de cuarenta días. Al finalizar este tiempo, debía presentarse en el Templo de Jerusalén para un rito de purificación, que incluía la ofrenda de un sacrificio. El Libro del Levítico (capítulo 12) detalla estas normas: una mujer que daba a luz a un varón debía permanecer “en la sangre de su purificación” durante siete días, y luego treinta y tres días más sin tocar cosa santa ni entrar en el santuario. Al cabo de los cuarenta días, debía llevar al sacerdote un cordero de un año para el holocausto y un pichón o tórtola como ofrenda por el pecado. Para las familias de escasos recursos, se permitía reemplazar el cordero por dos tórtolas o dos pichones.
Paralelamente, la ley divina exigía la consagración de todo primogénito varón a Dios. Desde la liberación de Israel de la esclavitud en Egipto, donde los primogénitos egipcios perecieron mientras los israelitas fueron salvados, Dios reclamó para sí a todos los primogénitos de Israel (Éxodo 13:2, Números 3:13). Este “rescate” implicaba que el primer hijo varón pertenecía a Dios y, a menudo, estaba destinado al servicio en el Templo. Sin embargo, se estableció un rito de “redención” mediante el cual los padres podían “comprar” de vuelta a su hijo pagando un precio fijo de cinco siclos de plata al sacerdote (Números 18:15-16). Este ritual simbolizaba la dedicación del hijo a Dios y su posterior liberación para vivir una vida normal fuera del servicio sacerdotal directo.
**María: La Pureza Inmaculada y la Obediencia Ejemplar**
En este contexto legal y religioso, la figura de la Virgen María cobra una dimensión aún más profunda. La doctrina de la Iglesia Católica, plasmada en el Catecismo, afirma que la Santísima Virgen María fue preservada de toda mancha de pecado original desde el primer instante de su concepción por una gracia especial de Dios (CIC 491). Los Padres de la tradición oriental la llaman “la Toda Santa” (Panaghia), reconociéndola como inmune a todo pecado personal a lo largo de su vida (CIC 493).
Dada su impecabilidad y su maternidad divina, María no tenía ninguna necesidad intrínseca de purificación ritual. Su concepción virginal y la santidad de su Hijo la eximían, en un sentido espiritual, de las impurezas asociadas al parto según la antigua ley. Sin embargo, María, en un acto de profunda humildad y respeto por la tradición de su pueblo, se sometió voluntariamente a todos los ritos establecidos. Tras cuarenta días del nacimiento de Jesús, ella y José llevaron al niño a Jerusalén para cumplir tanto con la purificación de la madre como con la presentación y redención del primogénito.
Este acto de obediencia de María es un testimonio elocuente. Al igual que Jesús, quien se sometió a la circuncisión y más tarde al bautismo de Juan el Bautista —ritos que no necesitaba— María eligió someterse a la ley, no por necesidad personal, sino como un modelo de cumplimiento y una demostración de que Cristo vino no a abolir la ley, sino a darle plenitud.
**El Encuentro Profético en el Templo**
El relato evangélico de la Presentación se enriquece con el conmovedor encuentro de la Sagrada Familia con dos figuras ancianas y piadosas en el Templo: Simeón y Ana. Simeón, un hombre justo y devoto que esperaba la consolación de Israel, había recibido la promesa de no morir antes de ver al Mesías del Señor. Al tomar al niño Jesús en sus brazos, pronunció el cántico conocido como “Nunc Dimittis” (Ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz), reconociendo en Jesús la “luz para iluminar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel” (Lc 2,29-32). También profetizó a María que una espada de dolor atravesaría su alma, prefigurando el sufrimiento que acompañaría la misión redentora de su Hijo.
Ana, una profetisa de avanzada edad que servía a Dios día y noche con ayunos y oraciones en el Templo, también reconoció al niño como el Salvador. Ella comenzó a dar gracias a Dios y a hablar de él a todos los que esperaban la redención de Jerusalén (Lc 2,36-38). Estos encuentros no solo validaron la divinidad de Jesús, sino que también revelaron proféticamente su misión universal.
**La Fiesta de la Luz y su Legado**
La celebración del 2 de febrero, conocida como La Candelaria, debe su nombre a la costumbre de bendecir y encender velas en las iglesias. Estas velas simbolizan a Cristo como la “Luz del Mundo” que fue revelada a las naciones, tal como profetizó Simeón. La fiesta nos invita a reflexionar sobre la luz de la fe que disipa la oscuridad y a reconocer a Jesús como la esperanza que ilumina nuestros caminos.
La Candelaria, por tanto, no es solo una rememoración histórica, sino una oportunidad para la meditación espiritual. Nos recuerda la importancia de la obediencia a los mandatos divinos, la humildad en el servicio a Dios y al prójimo, y la fe inquebrantable en el plan divino. La Virgen María, en su pureza y su acto de sumisión a la ley, se erige como un modelo de virtudes cristianas, mientras que la Presentación de Jesús en el Templo prefigura su entrega total por la salvación de la humanidad. Es una festividad que, con sus ritos y símbolos, sigue iluminando el camino de millones de fieles en todo el mundo.






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