En un contexto donde la participación de las nuevas generaciones en la vida eclesial es un tema recurrente, Mons. Sergio Buenanueva, Obispo de San Francisco, Argentina, ha lanzado un mensaje que resuena con particular fuerza entre los padres de familia. El prelado ha extendido una cálida invitación a llevar a los niños pequeños a la Santa Misa, reconociendo los desafíos que esto pueda implicar, pero subrayando el profundo valor espiritual que esta práctica encierra para el futuro de la fe y la vida de los infantes.
La iniciativa del obispo surge de su propia experiencia pastoral. Durante un reciente período de vacaciones, Mons. Buenanueva observó en diversos templos una nutrida presencia de familias jóvenes con sus hijos pequeños en las celebraciones eucarísticas. Esta escena, que describió como “realmente hermosa”, le inspiró a reflexionar sobre el significado trascendente de estas vivencias, a pesar de las inevitables interrupciones que pueden generar los más chicos con sus llantos, movimientos o curiosas incursiones hacia el altar.
Su reflexión se ancló en la primera oración colecta del Quinto Domingo del Tiempo Ordinario, que invoca a Dios para que “cuide a su familia con incansable bondad” y la “defienda siempre con su protección”, pues “solo en Él ha puesto su esperanza”. Este pasaje litúrgico llevó al Obispo de San Francisco a una profunda conclusión: los padres que con esfuerzo y dedicación llevan a sus hijos a la Misa están, en esencia, sembrando la esperanza en el corazón de sus pequeños, y con ello, haciendo de sus vidas un camino “sabroso” o pleno de significado y alegría.
La referencia a la vida “sabrosa” evoca la lectura del Evangelio de San Mateo (5, 13-16) de ese mismo domingo, donde Jesús exhorta a sus discípulos: “Ustedes son la sal de la tierra”. Mons. Buenanueva conectó esta enseñanza con la fe viva, explicando que la existencia adquiere su verdadero sabor y plenitud cuando se fundamenta en la creencia en Dios, la esperanza en su providencia y el amor al prójimo, tal como Cristo enseñó. Llevar a los hijos a la Misa, por tanto, se convierte en un acto concreto de transmitir estos pilares de la fe católica, construyendo desde la infancia una base espiritual sólida.
El mensaje del obispo argentino no solo es un estímulo, sino también una oportuna clarificación ante una de las preguntas más comunes y angustiantes para muchos padres católicos: ¿La Misa cuenta si debo ausentarme constantemente para atender a mi hijo? La preocupación por no “distraer” a los demás fieles o por no poder concentrarse plenamente en la liturgia es una realidad palpable.
Para abordar esta inquietud, es fundamental remitirse a los principios del Código de Derecho Canónico, la legislación de la Iglesia Católica. Este cuerpo normativo establece la obligación para los fieles de participar en la Eucaristía los domingos y días de precepto. Sin embargo, también reconoce y contempla excepciones por razones serias y justificadas. Entre estas razones, se menciona explícitamente la enfermedad o, pertinentemente para este caso, el cuidado de niños pequeños.
El P. Vicente Eliamar Vega, párroco de Nuestra Señora del Tepeyac en la Diócesis de Saltillo, México, ha ofrecido una perspectiva pastoral valiosa sobre este punto. En declaraciones previas, el sacerdote confirmó que la participación en la Misa sigue siendo válida y “cuenta” plenamente, incluso si un padre o una madre deben entrar y salir del templo varias veces para calmar o atender a un hijo inquieto. La clave, según el P. Vega, reside en la intención del corazón: el padre o la madre deben permanecer con el espíritu unido al culto divino que se está ofreciendo en el altar, buscando participar en la medida de sus posibilidades.
No obstante, el P. Vega también enfatizó la importancia de un esfuerzo gradual y paciente para que los niños aprendan a estar en Misa. No se trata de una expectativa irreal de silencio absoluto, sino de un proceso educativo en la fe, donde los pequeños se familiarizan con el ambiente, los ritos y el significado de la celebración. Este aprendizaje progresivo forma parte de la educación católica integral que los padres están llamados a ofrecer.
La invitación de Mons. Buenanueva y las clarificaciones pastorales refuerzan la idea de que la Iglesia es un hogar para todos, incluyendo a las familias jóvenes con sus miembros más pequeños. La presencia de niños en la Misa, con su espontaneidad y a veces su bullicio, es un signo de vida, de continuidad de la fe y de la vitalidad de la comunidad. Lejos de ser una molestia, la interacción de los niños en el espacio sagrado puede recordar a todos los fieles la inocencia, la alegría y la sencillez con la que se debe acercar uno a Dios.
Integrar a los hijos en la participación eucarística desde una edad temprana no solo cumple con un precepto, sino que siembra las semillas de una relación personal con Dios, fomenta el sentido de pertenencia a una comunidad de fe y les ofrece un marco de valores que serán fundamentales para su desarrollo. En un mundo cada vez más secularizado, la presencia de la familia en la Misa es un testimonio poderoso y un acto de esperanza que, como bien señala el obispo, “hace sabrosa” la vida, tanto para los niños como para la Iglesia en su conjunto. Es un recordatorio de que la fe se vive, se aprende y se celebra en comunidad, desde la cuna hasta el último aliento.






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