La Iglesia Católica se sumerge hoy, 30 de marzo de 2025, en el Lunes Santo, el segundo día de la solemne Semana Mayor. Esta jornada litúrgica, tradicionalmente conocida como el “Lunes de Autoridad”, invita a los fieles a una profunda reflexión sobre la esencia del poder de Jesucristo, revelado no a través de la coacción, sino del amor incondicional y la justicia verdadera. Es un día clave en el camino hacia la Pascua, donde cada pasaje bíblico y cada meditación resalta la singularidad del Mesías.
La denominación “Lunes de Autoridad” se arraiga en la tradición eclesiástica, que busca destacar cómo Jesús, en los umbrales de su sacrificio definitivo, manifiesta la naturaleza de su dominio sobre la humanidad y toda la creación. Una autoridad que, lejos de infundir temor, se fundamenta en la misericordia y la entrega. Esta verdad resuena con la profecía de Isaías (42, 1-7), que anticipa la llegada de un siervo escogido, lleno del espíritu divino para establecer la justicia entre las naciones, una clara alusión al poder redentor de Cristo.
La liturgia de la Semana Santa propone un itinerario espiritual para que los creyentes profundicen en la figura de Jesús, el cumplimiento de todas las profecías mesiánicas. Desde el Domingo de Ramos hasta el inicio del Triduo Pascual, cada día ofrece una ventana única a los últimos momentos de la vida terrenal del Señor. Es una oportunidad para acompañar a Cristo en sus pensamientos, acciones y emociones, a medida que su hora se acercaba. Más allá del Lunes de Autoridad, el Martes Santo es el “Martes de la Controversia”, y el Miércoles Santo, el “Miércoles de la Traición”, nombres que encapsulan los temas centrales de sus respectivas lecturas evangélicas.
Las lecturas del Evangelio que la Iglesia propone para estos días previos al Triduo Pascual –Lunes, Martes y Miércoles Santos– están cargadas de la intensidad de los acontecimientos finales. Narran las últimas enseñanzas, parábolas y gestos de Jesús, el Verbo Encarnado, delineando su testamento de amor de manera inmejorable. Al integrar estos días en la Semana Mayor, la comunidad cristiana se prepara para ser testigo del clímax de la obra de la Salvación.
**El Evangelio de Juan: La unción en Betania**
El Evangelio del Lunes Santo, según San Juan (12, 1-11), relata un episodio conmovedor y revelador: la unción de Jesús en Betania, en casa de Lázaro, a quien el Señor había resucitado. En medio de una cena, en compañía de Lázaro y sus hermanas, Marta y María, ocurre un acto que provoca asombro y controversia. María, con un gesto de profunda devoción, toma una libra de perfume de nardo puro, de gran valor, y unge los pies de Jesús, secándolos con sus cabellos. La fragancia del perfume llena toda la casa, creando un ambiente de solemnidad y reverencia.
Sin embargo, este acto de amor desinteresado es interrumpido por Judas Iscariote, quien cuestiona la acción de María: “¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios y se les ha dado a los pobres?”. El Evangelio, con agudeza, revela que la preocupación de Judas no era genuina compasión por los necesitados, sino su propia codicia, ya que, siendo el encargado de la bolsa del grupo, solía tomar lo que se depositaba en ella. Su pregunta era una distracción, una manifestación de su apego al dinero.
La respuesta de Jesús a Judas, en un primer momento, puede parecer desconcertante: “Déjala, que lo guarde para el día de mi sepultura. Porque pobres siempre tendréis con vosotros; pero a mí no siempre tendréis”. Lejos de significar un desprecio por la pobreza o una indiferencia ante el sufrimiento humano, esta afirmación apunta a una verdad más profunda. Jesús no minimiza la importancia de la caridad, sino que eleva la centralidad de su persona en la obra de la redención. Su autoridad radica en ser el fundamento mismo del valor y la rectitud. Cuando Cristo ocupa el centro, es posible conectar la verdadera autoridad con la pureza de intención y la misericordia.
La autoridad de Jesús no es una fuerza coercitiva, sino un amor y un perdón que irradian cuando Él es reconocido como el centro de todo. Él tiene la potestad de someter el pecado y redimir al pecador, como lo demostró al perdonar a la mujer pecadora o al expulsar a los mercaderes del Templo con una autoridad moral innegable: “Está escrito: Mi casa será llamada Casa de Oración. Pero ustedes la han convertido en una cueva de ladrones” (Mt 21, 13). Mientras Jesús actúa desde una autoridad moral irrefutable, la hipocresía de Judas lo descalifica, dejándolo “fuera de juego” frente a la verdad.
**El simbolismo del color litúrgico**
En las celebraciones eucarísticas del Lunes, Martes y Miércoles Santos, la Iglesia retoma el color morado en los ornamentos, el mismo color utilizado durante la Cuaresma. Este color simboliza la penitencia, la contrición y la preparación. Su uso fue brevemente interrumpido el Domingo de Ramos, cuando el rojo, color del martirio y la realeza de Cristo, fue empleado para conmemorar su entrada triunfal en Jerusalén y anticipar su pasión. La reintroducción del morado en estos días subraya el camino de reflexión y arrepentimiento que precede a la conmemoración del Triduo Pascual, el culmen de la fe cristiana.
El Lunes Santo, en definitiva, es una invitación a reconocer y celebrar la autoridad de Jesús, una autoridad que se manifiesta en la misericordia, la verdad y el amor sacrificial, guiando a la humanidad hacia la salvación.




