11 marzo, 2026

En medio de la escalada de conflictos que azota Oriente Medio, la presencia inquebrantable de la Iglesia en las zonas más peligrosas del sur de Líbano emerge como un testimonio de fe y servicio. A pesar del acuciante peligro y los constantes llamados a la evacuación, comunidades cristianas y sus pastores han reafirmado su compromiso de permanecer junto a su pueblo, una decisión que, lamentablemente, a veces cobra el precio más alto, como lo demostró el reciente fallecimiento de un sacerdote maronita en un ataque israelí.

La situación en el sur libanés adquirió una dolorosa visibilidad tras el trágico suceso del 9 de marzo, cuando el Padre Pierre El-Rahi, párroco maronita de Qlaya’a, perdió la vida. El sacerdote fue alcanzado por un bombardeo israelí mientras acudía en auxilio de un feligrés herido por un ataque previo, según reportes de la Custodia de Tierra Santa. Su sacrificio, ocurrido en una región fronteriza con Israel y con significativa presencia del grupo Hezbolá, subraya la extrema vulnerabilidad de las comunidades cristianas en este epicentro de tensiones geopolíticas. Su muerte no solo es una pérdida para su parroquia, sino un crudo recordatorio de los riesgos que enfrentan quienes eligen quedarse.

María Lozano, directora del Departamento de Prensa y Medios de la fundación pontificia Ayuda a la Iglesia Necesitada (ACN), ha enfatizado en una reciente entrevista la firme resolución de la Iglesia. “La Iglesia decide quedarse a estar con su pueblo”, afirmó Lozano, quien destacó cómo el Padre Pierre se convirtió en un mártir de esta convicción. La resiliencia no es exclusiva de este caso; otros sacerdotes en la región también han rechazado las órdenes de evacuación de las autoridades civiles. Recordando las palabras de uno de estos párrocos, Lozano citó: “Si mi pueblo se queda, yo me quedo”. Este compromiso va más allá de abrir las puertas de iglesias y conventos para acoger a refugiados; es una postura activa de acompañamiento en los momentos de mayor peligro y desesperación.

La Santa Sede ha sido interpelada directamente por las autoridades libanesas, quienes han solicitado su intervención y mediación para proteger y preservar la presencia cristiana en estas aldeas, inmersas en una región mayoritariamente chiíta. La voz del Vaticano ha resonado con fuerza. Durante una audiencia general, el Papa Francisco rindió homenaje al Padre Pierre, describiéndolo como “un verdadero pastor” que permaneció incondicionalmente junto a su rebaño en tiempos de guerra. Este reconocimiento papal refuerza la importancia global de la presencia cristiana en Oriente Medio y la preocupación del pontífice por su destino.

Lozano, quien visitó la zona el año pasado, brindó un panorama detallado de la realidad sobre el terreno. Las aldeas del sur de Líbano, próximas a la frontera con Israel, han sido evacuadas en conflictos anteriores. Sin embargo, la destrucción de viviendas y, crucialmente, la devastación de los campos de olivo —fuente vital de sustento— en esos episodios previos, han impulsado a las comunidades cristianas a tomar una decisión diferente esta vez. “Los cristianos del sur del Líbano han sufrido mucho porque están en el frente directo de la guerra”, explicó. Esta vez, la determinación de quedarse también obedece a la urgente necesidad de proteger sus medios de vida y preservar su patrimonio agrícola frente a una aniquilación total.

La crisis en Líbano es un reflejo de una situación más amplia que afecta a los cristianos en toda la región de Oriente Medio. Lozano también mencionó el caso del Cardenal Dominique Mathieu, Arzobispo de Teherán-Isfahán, quien fue evacuado de la capital iraní tras presenciar los primeros días de los enfrentamientos militares en su país. Asimismo, los ataques en Irak han impactado gravemente a la comunidad cristiana, como el bombardeo con dron del 4 de marzo que alcanzó un complejo de apartamentos construido por los Caballeros de Colón. Si bien la guerra afecta a todos, la situación en Líbano se destaca por la intensidad y el impacto directo en las comunidades cristianas, convirtiéndolo en un punto focal de preocupación.

En este contexto de adversidad generalizada, la Iglesia libanesa se erige como un baluarte de ayuda humanitaria. “La Iglesia está abriendo sus puertas, sus conventos y sus iglesias” para ofrecer refugio y asistencia a los desplazados, incluyendo a aquellos que no profesan la fe cristiana. “Casas y conventos han vuelto a recoger a cientos de refugiados”, señaló Lozano. Esta labor de acogida universal subraya el papel fundamental de la Iglesia no solo como entidad espiritual, sino como pilar de cohesión social y asistencia humanitaria indispensable en una de las regiones más volátiles del mundo. La decisión de la Iglesia de quedarse, a pesar de los riesgos, es un faro de esperanza y un testimonio de solidaridad inquebrantable para todos los que sufren en Líbano y más allá.

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