4 marzo, 2026

Ciudad del Vaticano – En su más reciente Audiencia General, el Papa León XIV continuó su ciclo de catequesis dedicado a la Constitución dogmática *Lumen gentium*, uno de los documentos fundamentales que emanaron del Concilio Vaticano II. Ante una nutrida congregación, el Santo Padre profundizó en la compleja naturaleza de la Iglesia, presentándola no como una institución meramente terrenal, sino como una entidad donde lo humano y lo divino coexisten de manera inseparable y armoniosa.

El Pontífice comenzó su disertación explicando que la *Lumen gentium* describe a la Iglesia como una “realidad compleja” (n. 8). Aclaró que esta complejidad no debe interpretarse como “complicación” en el sentido de dificultad para comprender, sino más bien como la unión ordenada de múltiples aspectos y dimensiones dentro de una misma realidad. Según el magisterio conciliar, la Iglesia es un organismo intrincadamente estructurado, en el que la dimensión humana y la divina se entrelazan sin superponerse ni confundirse, conformando un todo orgánico y vibrante.

La dimensión humana de la Iglesia es palpable y se manifiesta en su comunidad de fieles: hombres y mujeres que, con sus virtudes y sus imperfecciones, comparten el gozo y los desafíos de vivir la fe cristiana. Son ellos quienes, a través de sus vidas, anuncian el Evangelio y encarnan la presencia de Cristo en el mundo. Esta faceta visible incluye también la organización institucional, con sus estructuras, ritos y tradiciones que se han desarrollado a lo largo de dos milenios de historia. No obstante, el Papa León XIV subrayó que esta manifestación exterior, por sí sola, es insuficiente para captar la esencia total de la Iglesia.

Paralelamente, la Iglesia posee una dimensión divina, que no reside en una perfección ideal de sus miembros o en una superioridad espiritual inherente a ellos. Más bien, esta dimensión emana del plan de amor de Dios por la humanidad, un plan que se hizo realidad plenamente en Jesucristo. De esta manera, la Iglesia se erige simultáneamente como una comunidad inserta en la historia terrenal y como el Cuerpo Místico de Cristo; una asamblea visible a los ojos humanos y un misterio espiritual que trasciende lo material; una realidad que peregrina en el tiempo y un pueblo cuyo destino último es el cielo, tal como lo expresa la *Lumen gentium* (n. 8) y el *Catecismo de la Iglesia Católica* (n. 771). La integración de estas dos dimensiones, lejos de generar contradicción, constituye la paradoja central de la Iglesia: acoger al ser humano pecador y, a través de él, conducirlo hacia Dios.

Para ilustrar esta intrínseca dualidad, el Santo Padre recurrió a la vida de Jesús de Nazaret. Quienes se encontraron con Cristo en Palestina experimentaron su humanidad tangible: su mirada, sus manos, la resonancia de su voz. Sus discípulos fueron movidos por la experiencia directa de su presencia, por la acogida de su mirada y el poder de sus palabras y gestos de sanación. Sin embargo, al seguir a este Hombre, se abrieron progresivamente al encuentro con Dios mismo. La carne de Cristo, su rostro, sus acciones y sus enseñanzas fueron el medio visible a través del cual el Dios invisible se manifestó a la humanidad.

En analogía con la figura de Cristo, la Iglesia, al ser contemplada de cerca, revela su componente humano: personas concretas que, en ocasiones, irradian la belleza del Evangelio, mientras que en otras muestran cansancio y cometen errores, como cualquier ser humano. Sin embargo, es precisamente a través de estos miembros imperfectos y sus limitadas realidades terrenales que la presencia de Cristo y su acción salvadora se hacen manifiestas. No existe, por tanto, una oposición entre el Evangelio y la institución; más bien, como señaló Benedicto XVI en 2006, las estructuras eclesiales sirven como “realización y concreción del Evangelio en nuestro tiempo”. El Papa León XIV enfatizó que no hay una Iglesia “ideal y pura” divorciada del mundo, sino únicamente la Iglesia de Cristo, encarnada en el devenir histórico.

La santidad de la Iglesia, por ende, radica en el hecho de que Cristo la habita y continúa donándose a través de la fragilidad de sus miembros. Este “método de Dios” —hacerse visible y actuar a través de la debilidad de las criaturas— es un milagro perenne. Inspirado en esta comprensión, el Papa Francisco, en su exhortación apostólica *Evangelii gaudium*, insta a los fieles a “quitarse las sandalias ante la tierra sagrada del otro” (cf. Ex 3,5, n. 169). Esto significa reconocer y respetar la dignidad y la presencia de lo divino en cada persona, permitiendo así la continua edificación de la Iglesia.

El Pontífice concluyó su catequesis resaltando que esta edificación no se limita a organizar las formas visibles, sino que implica construir el edificio espiritual que es el Cuerpo de Cristo, cimentado en la comunión y la caridad entre los hermanos. La caridad, afirmó, es la fuerza generadora que mantiene viva la presencia del Resucitado. Recordando las palabras de San Agustín, el Papa León XIV citó: “Quiera el cielo que todos piensen solo en la caridad: solamente ella vence todo, y sin ella de nada vale todo lo demás; dondequiera que se halle, atrae todo hacia sí”. Un mensaje atemporal que subraya la esencia del camino cristiano y la vitalidad de la Iglesia en el mundo contemporáneo.

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