3 agosto, 2026

La narrativa predominante sobre la evangelización del Imperio inca a menudo sugiere una imposición forzada de la fe católica. Sin embargo, el investigador, escritor y divulgador peruano Rafael Aíta propone una visión radicalmente diferente, argumentando que la conversión fue un proceso complejo de diálogo y encuentro cultural. En su reciente obra, “Los Incas Católicos”, Aíta desafía la idea de que un pequeño contingente español pudo subyugar espiritualmente a una vasta civilización, destacando en su lugar la capacidad de los incas para hallar resonancias entre sus propias creencias y el mensaje cristiano.

Aíta, conocido también en redes sociales como “Capitán Perú”, subraya que la imposición por la fuerza no se alinea con la escala demográfica de la época. “Los números no cuadran”, explica, enfatizando que “un pequeño puñado de españoles no puede convencer a miles o cientos de miles de personas”. Este proceso, lejos de ser una simple coerción, fue una serie de convergencias y negociaciones que revelan una faceta menos explorada de la historia peruana. La fascinación por el cristianismo surgió incluso entre las panacas, los clanes familiares de la nobleza incaica, que identificaron similitudes entre su cosmovisión y los principios cristianos.

El autor de “Los Incas Católicos” presenta ejemplos contundentes de esta adopción voluntaria. Contrario a la creencia popular de que las conversiones iniciales, como la de Atahualpa, fueron motivadas únicamente por la supervivencia, Aíta sostiene que muchos incas de alto rango pidieron el bautismo de forma autónoma. Un hecho revelador que desentierra el investigador es la fundación de la primera parroquia de Cusco, San Cristóbal. “No la fundó un español ni siquiera un sacerdote. Un inca, hijo de Huayna Cápac, fundó la primera ermita que luego se convirtió en la primera parroquia de Cusco”, detalla Aíta, ilustrando la activa participación indígena en la construcción de la nueva fe.

El interés de Aíta por revisar esta etapa crucial de la historia de Perú germinó durante su primera visita a Machu Picchu. Al regresar a Cusco, se sumergió en las obras de destacados historiadores como María Rostworowski, José Antonio del Busto y Donato Amado. Esta exploración le reveló una historia rica y compleja, lamentablemente ausente en la enseñanza escolar convencional. Según Aíta, si estos descubrimientos llegaran a las aulas, “no solamente cambiaría nuestra historia del Perú; cambiaría la visión que tenemos de nuestro país”, ofreciendo una comprensión más profunda de la identidad peruana.

Uno de los ejemplos más gráficos que Rafael Aíta explora en su libro es la reinterpretación incaica de la solemnidad del Corpus Christi. Los lienzos tradicionales de Corpus Christi, conservados en el Palacio Arzobispal de Cusco, muestran la profunda integración de ambas culturas. En una de estas pinturas, el alférez real del Inca aparece siguiendo la custodia que porta la Eucaristía, pero con un gesto simbólico de profunda relevancia: un sirviente lleva la borla imperial, símbolo de la corona inca, sobre una almohadilla delante del alférez, no sobre su cabeza. Aíta lo interpreta como “poniendo la corona del Inca a los pies de Jesucristo, que es el Sol eucarístico”.

Para los incas, la adoración al Sol era central en su cosmovisión. Al conocer el Evangelio, muchos encontraron en Jesucristo al “verdadero Sol”. De esta manera, la celebración del Corpus Christi no fue una sustitución, sino la culminación de su antigua fiesta del Sol, una manifestación donde el “Sol estaba presente entre ellos” de una forma renovada. Esta profunda conexión explica por qué el Corpus Christi se transformó en una de las festividades religiosas más significativas de Cusco, manteniendo hasta hoy una masiva participación popular que fusiona elementos andinos y católicos.

“Los Incas Católicos” reúne una valiosa colección de documentos, pinturas y otros testimonios históricos que ilustran la adhesión de la nobleza inca a la fe católica. Entre ellos, destaca el retrato de Marcos Inca, un miembro de la panaca de Lloque Yupanqui, que se muestra ataviado con los símbolos de la nobleza inca, pero con la inscripción elocuente: “Inca caballero católico por la gracia de Dios”. Estos hallazgos son fundamentales para comprender por qué el catolicismo posee un arraigo tan profundo y duradero en el Perú.

Rafael Aíta concluye que la pervivencia de la fe católica en el Perú no se explica por una imposición, sino por una auténtica apropiación cultural. “Si hubiera sido por imposición, se iban los españoles y cambiábamos. Pero se fueron los españoles y continuamos, de repente, más católicos que ellos”, reflexiona el historiador, invitando a una relectura de las raíces de la fe en el país y a reconocer el legado de los incas católicos como parte integral de la identidad peruana contemporánea.

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