12 abril, 2026

En un gesto cargado de profundo significado espiritual y humano, el Papa León XIV realizará este lunes una visita privada a la comunidad de Agustinas Misioneras, ubicada en el barrio de Bab el Oued en Argel, la capital argelina. Este encuentro estará especialmente marcado por el recuerdo de las dos religiosas españolas, Esther Paniagua Alonso y Caridad Álvarez Martín, quienes fueron brutalmente asesinadas en este mismo lugar hace 32 años, en 1994. El Santo Padre, cuya cercanía con esta comunidad se remonta a años atrás, busca con esta visita ofrecer consuelo, reafirmar el legado de fe de las mártires y reiterar el compromiso de la Iglesia con la paz y el diálogo en una región que ha experimentado dolorosos conflictos.

La mañana del 23 de octubre de 1994, una jornada dominical que debería haber sido de recogimiento, se tiñó de tragedia. Las hermanas Esther Paniagua Alonso, de 45 años, y Caridad Álvarez Martín, de 61, se dirigían a la capilla de San José para asistir a la Eucaristía cuando fueron atacadas. Esther Paniagua fue la primera en caer, recibiendo tres disparos en la cabeza justo al intentar ingresar al templo, quedando su cuerpo inerte en la entrada. Su compañera, sor Caridad Álvarez, originaria de Burgos, resultó gravemente herida. Trasladada de urgencia al hospital militar de Ain Naya, los médicos lucharon durante horas por salvar su vida. A pesar de los esfuerzos, sucumbió a sus heridas esa misma tarde, con balas en el cerebro y el cuello, después de sufrir múltiples hemorragias y paros cardíacos.

Este crimen no fue un hecho aislado, sino parte de una escalada de violencia que sacudió Argelia durante la década de los noventa. La guerra civil argelina, un conflicto brutal que dejó entre 100.000 y 200.000 muertos, también tuvo como objetivo a extranjeros y miembros de comunidades religiosas. Meses antes del martirio de las agustinas, en mayo de 1994, otros dos misioneros ya habían sido asesinados. Ante esta atmósfera de creciente hostilidad, el Grupo Islámico Armado (GIA) había declarado abiertamente su intención de atacar a todos los extranjeros presentes en el país.

En este contexto de extrema peligrosidad, los obispos de Argelia hicieron un llamamiento a las comunidades religiosas para que solo permanecieran en el país quienes estuvieran en plena libertad de conciencia y asumieran personalmente los riesgos inherentes. Mª Jesús Rodríguez, entonces superiora provincial de las Agustinas Misioneras, relató a Obras Misionales Pontificias (OMP) cómo, a principios de octubre de 1994, viajó a Argel para reunirse con las doce religiosas que servían en el país. Durante varios días, y con el acompañamiento del entonces arzobispo de Argel, Monseñor Henri Teissier, llevaron a cabo un profundo proceso de discernimiento comunitario y personal.

La pregunta era existencial: quedarse o marcharse. Ambas opciones eran consideradas legítimas, pero la decisión de permanecer implicaba aceptar un peligro evidente. Como explicó Rodríguez, la amenaza era triple: “por ser extranjeras, por ser cristianas y por estar ahí”. Finalmente, el 7 de octubre, cada hermana expresó libremente su elección. Con una fe inquebrantable y un compromiso evangélico que superaba el miedo, todas optaron por quedarse. Aquella decisión colectiva fue sellada con una emotiva Eucaristía, donde, según relató la religiosa, “nos sentíamos más libres después de haber tomado esa decisión”. Las hermanas solían responder a la preocupación sobre su seguridad con una convicción profunda: “Si nos pasa algo, nadie nos quita la vida porque ya la hemos entregado”, una profética declaración de entrega total que resonó en el trágico suceso.

El sacrificio de Esther y Caridad no fue en vano. Su martirio fue reconocido y, en 2018, fueron beatificadas junto a otros 17 mártires de Argelia por el Papa Francisco. Este acto de la Iglesia universal no solo honró su memoria, sino que también abrió el camino para que, ese mismo año, las familias de las mártires y las hermanas agustinas pudieran regresar a la casa de Bab el Oued. Ana María Guantay, actual superiora general de las Agustinas Misioneras, compartió con OMP la profunda emoción de ese regreso: “Después de muchísimo tiempo, pudimos volver a la casa, y celebramos en la capilla la primera Eucaristía tras el martirio… era un lugar sagrado por la vida de las hermanas, uno puede decir que hasta la piel de ellas estaba en las paredes, porque allí rezaban, discernían, lloraban por los dolores de la gente, por la impotencia”.

Hoy, la antigua residencia de las religiosas en Bab el Oued ha sido reconvertida en un vibrante centro de acogida y amistad, dedicado a niños y mujeres argelinos. Este espacio es un testimonio vivo del mensaje de las mártires y de la resiliencia de la comunidad. Allí se promueve la paz, la convivencia y el apoyo mutuo, trascendiendo las diferencias culturales y religiosas. El Pontífice, León XIV, conoce bien esta comunidad, a la que ya visitó en 2009 cuando aún era prior de los agustinos. Su retorno como Papa es un poderoso símbolo de esperanza y un bálsamo para la comunidad local, reafirmando que el amor y la entrega pueden transformar el dolor en un camino de fraternidad y servicio.

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