En una visita trascendental que marcó su primer discurso oficial en el Principado, Su Santidad el Papa León XIV hizo un llamado contundente a Mónaco para que se convierta en un “laboratorio” global de la Doctrina Social de la Iglesia (DSI). Ante la atenta mirada de la familia real monegasca y una multitud de fieles, el Pontífice delineó una visión audaz para el microestado, enfatizando la necesidad de una redistribución equitativa de la riqueza, la promoción de la ecología integral y la defensa inquebrantable de la vida humana en todas sus etapas.
La llegada del Santo Padre al Principado de Mónaco fue recibida con gran expectación. Tras un recorrido por las engalanadas calles de la ciudad en un vehículo blindado, donde cientos de personas agitaban banderas de Mónaco y el Vaticano, el Papa fue acogido en el majestuoso Palacio del Príncipe. Allí, el Príncipe Alberto II, la Princesa Charlène y sus dos hijos gemelos lo esperaban, mientras una orquesta interpretaba los himnos nacionales, creando un ambiente de solemnidad y celebración.
Durante su alocución, pronunciada íntegramente en francés, idioma que el Papa León XIV, conocido por su poliglotismo, ha elegido para todos sus discursos oficiales en esta gira, el líder de la Iglesia Católica subrayó la importancia de la fe para afrontar los desafíos del presente. Instó a los monegascos a valerse de su “antigua fe” para transformarse en “expertos en las cosas nuevas”, preparados para los retos sin precedentes que solo pueden ser abordados con un corazón libre y una inteligencia lúcida, lejos de la búsqueda efímera de novedades pasajeras.
El Pontífice profundizó en la herencia del pensamiento social católico, evocando las palabras de San Pablo VI, quien en el 75º aniversario de la encíclica *Rerum Novarum* de León XIII, remarcó que “se necesita la luz para caminar” y “una doctrina para promover el progreso social”, destacando que es “el pensamiento lo que guía la vida”. Esta referencia subrayó la continuidad de la enseñanza de la Iglesia en materia social, adaptada a los contextos contemporáneos.
León XIV también hizo eco de la singularidad geográfica de Mónaco, el segundo país más pequeño del mundo, después del Vaticano. En un gesto cargado de simbolismo, recordó que, en la narrativa bíblica, “los pequeños marcan la historia”, y enfatizó cómo las “auténticas espiritualidades” mantienen viva esta conciencia. Animó a confiar en la providencia divina, incluso ante la sensación de impotencia, comparando el Reino de Dios con una “semilla minúscula que se convierte en árbol”, una poderosa metáfora de esperanza y crecimiento.
Un aspecto crucial de su mensaje fue la afirmación de la pertinencia del Magisterio social de la Iglesia, incluso en sociedades con menor fervor religioso o fuertemente secularizadas. El Papa aseguró que la metodología de la Iglesia para abordar los complejos problemas sociales contemporáneos puede “revelar la gran luz que proviene del Evangelio” a un tiempo en el que la esperanza a menudo flaquea.
Mónaco, uno de los escasos países donde el catolicismo es reconocido como religión de Estado por su Constitución, fue el escenario perfecto para que el Papa León XIV abordara la soberanía de Jesús como un compromiso para los cristianos. Instó a ser “un reino de hermanos y hermanas” en el mundo, una presencia que “libera, no aplasta; une, no separa”, dispuesta a “proteger siempre con amor toda vida humana, en cualquier momento y condición”. Esta declaración cobró especial relevancia al recordar un reciente “choque institucional” en el principado. En mayo, el Príncipe Alberto II, invocando su profunda fe católica y el estatus constitucional de la religión, rechazó firmar una ley aprobada por el Consejo Nacional que pretendía despenalizar el aborto bajo ciertas condiciones, haciendo valer sus prerrogativas constitucionales frente a la norma.
El Santo Padre no dejó de lado la particularidad económica de Mónaco, un país con uno de los PIB per cápita más altos del mundo y conocido por sus ventajas fiscales, incluyendo la exención de impuestos sobre la renta para sus residentes. Consciente de que “no pocos” habitantes del Principado ocupan posiciones de “considerable influencia en el ámbito económico y financiero”, el Papa León XIV hizo un llamado directo a la “justa redistribución de la riqueza”. Recordó que “cada talento, cada oportunidad, cada bien depositado en nuestras manos tiene un destino universal, una exigencia intrínseca de no ser retenido”.
Desde el balcón del Palacio, flanqueado por el Príncipe Alberto II y la Princesa Charlène, el Pontífice evocó la parábola de los talentos para insistir en que lo que se ha confiado no debe ser “enterrado”, sino “puesto en circulación y multiplicado en el horizonte del Reino de Dios”. Clarificó que este horizonte es “más amplio que el privado” y no se refiere a un mundo utópico, sino que “está cerca”, presente entre nosotros, y tiene el poder de “sacudir las configuraciones injustas del poder, las estructuras de pecado que excavan abismos entre pobres y ricos, entre privilegiados y descartados”.
Finalmente, el Papa León XIV constató que la independencia y la “vocación al encuentro y al cuidado de la amistad social” de Mónaco son cualidades vitales en un mundo amenazado por la “cerrazón y la autosuficiencia”. En un momento histórico marcado por “la ostentación de la fuerza y la lógica de la prevaricación”, el Pontífice concluyó su discurso destacando que la “riqueza” y la “herencia espiritual viva” del Principado lo comprometen a “servir al derecho y a la justicia”, erigiéndose así como un faro de paz y solidaridad en el corazón de Europa.




