Ciudad del Vaticano – En una emotiva y profunda homilía pronunciada durante la Vigilia Pascual de este Sábado Santo, el Papa León XIV hizo un llamado universal a la esperanza, la concordia y la superación de las divisiones que afligen a la humanidad. Desde la majestuosa Basílica de San Pedro, el Pontífice enfatizó la trascendencia de la luz de Cristo Resucitado como fuerza capaz de disipar el odio y doblegar a los poderosos, reiterando el mensaje central del Pregón Pascual.
La celebración, una de las más antiguas y solemnes de la tradición cristiana, conocida como la “madre de todas las vigilias”, comenzó en una atmósfera de penumbra que fue progresivamente iluminada por el Cirio Pascual. De esta única fuente de luz, los fieles, llevando pequeñas llamas, encendieron el interior de la Basílica, un gesto que el Papa León describió como un símbolo de la unidad de la Iglesia y su misión de ser “lámparas para el mundo”. Al “amén” respondido al anuncio del diácono, el Santo Padre añadió la inminente renovación de las promesas bautismales, reforzando el compromiso de los creyentes con esta misión luminosa.
León XIV invitó a los presentes a reflexionar sobre el profundo significado de esta noche santa, que revive la victoria del Señor de la vida sobre la muerte y el infierno. Subrayó que esta culminación se produce tras días de profunda meditación sobre los misterios de la Pasión, en los que Dios se manifestó como “varón de dolores”, despreciado, torturado y crucificado, demostrando una caridad sin límites y una gratuidad total. El Pontífice destacó que el Resucitado es el mismo Creador del universo, quien, así como concedió la existencia de la nada, en la cruz entregó su vida para mostrar su amor infinito.
La homilía del Papa León conectó la narrativa de la Resurrección con el relato de los orígenes, recordando cómo Dios creó el cielo y la tierra, transformando el caos en cosmos y el desorden en armonía. Explicó que, a pesar del pecado original y el fracaso de la humanidad, el Señor nunca abandonó a sus criaturas, sino que reveló su rostro misericordioso a través del perdón. Esta “noche santa”, por tanto, no solo celebra la Resurrección, sino que hunde sus raíces en el primer fracaso de la humanidad y se extiende a lo largo de los siglos como un camino de reconciliación y gracia.
El recorrido litúrgico a través de los textos sagrados sirvió como un recordatorio de la constante intervención divina en la historia de la salvación. El Papa León XIV evocó la historia de Abraham, cuya mano fue detenida por Dios, para ilustrar que el Creador no busca la muerte, sino la consagración de la humanidad como parte de una descendencia de salvados. Asimismo, hizo referencia a la liberación de los israelitas de la esclavitud en Egipto, donde el mar, un obstáculo mortal, se transformó en la puerta de entrada a una vida nueva y libre. Los mensajes de los profetas, en los que el Señor se presenta como esposo que reúne, fuente de vida, luz en el camino de la paz y Espíritu que renueva el corazón, resonaron como un eco de este amor redentor.
En todos estos episodios, el Santo Padre León XIV enfatizó cómo Dios, ante la dureza del pecado que divide y aniquila, responde con el poder del amor que une y devuelve la vida. Recordó a los fieles que, por la Pascua de Cristo, al ser “sepultados con él en la muerte”, también nosotros podemos “llevar una Vida nueva”, muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús, consagrados por el Bautismo, unidos en la comunión de los santos y transformados en piedras vivas para la edificación de su Reino.
A la luz de estas reflexiones, el Papa León interpretó el relato evangélico de la Resurrección según San Mateo. Describió a las mujeres que, en la mañana de Pascua, superando el dolor y el miedo, se dirigieron al sepulcro. Esperaban encontrarlo sellado, custodiado por soldados y una gran piedra. Para el Pontífice, esta imagen simboliza el pecado: una barrera pesada que nos encierra, nos separa de Dios y busca apagar la esperanza. Sin embargo, María Magdalena y la otra María, impulsadas por su fe y amor, se convirtieron en las primeras testigos de la Resurrección. En el terremoto y en la figura del ángel sentado sobre la roca removida, vieron el poder inquebrantable del amor de Dios, superior a cualquier mal, capaz de “expulsar el odio” y “doblegar a los poderosos”. La vida del Dios del amor, eterna y más allá de la muerte, no puede ser aprisionada por ningún sepulcro, y el crucificado reinó desde la cruz, presentando a Jesús vivo ante ellas con la exclamación: “Alégrense”.
Este mensaje de alegría y resurrección es, según el Papa León, la buena nueva que los cristianos deben proclamar al mundo, no solo con palabras de fe, sino con obras de caridad, cantando un “aleluya” que resuene en la vida misma. Así como las mujeres corrieron a anunciar la noticia a los hermanos, el Pontífice invitó a los fieles a partir desde la Basílica para llevar a todos el anuncio de que Jesús ha resucitado y que, con su fuerza, resucitados con Él, pueden dar vida a un mundo nuevo de paz y unidad, en el que, como decía San Agustín, haya “muchos hombres y un hombre solo; muchos cristianos y un solo Cristo”.
La misión del Evangelio fue subrayada también por la presencia de los catecúmenos, procedentes de diversas partes del mundo, quienes en esa misma noche santa recibirían el Bautismo, renaciendo en Cristo como nuevas criaturas y testigos de la buena nueva. Para ellos y para toda la Iglesia, el Pontífice León XIV hizo suyo el exhorto de San Agustín a los cristianos de su tiempo: “Anuncia a Cristo; siembra […]. Esparce el Evangelio; lo que has concebido en tu corazón”.
Finalmente, el Papa León XIV reconoció la persistencia de “sepulcros” en la actualidad, con piedras que a menudo parecen inamovibles. Describió algunas de estas como opresiones internas del corazón humano, como la desconfianza, el miedo, el egoísmo y el rencor, mientras que otras, consecuencia de las primeras, fracturan los lazos comunitarios: la guerra, la injusticia y el aislamiento entre pueblos y naciones. El Pontífice instó a no dejarse paralizar por estos desafíos. Recordó que a lo largo de los siglos, innumerables hombres y mujeres, con la ayuda divina, han logrado remover estas pesadas losas, a menudo con gran esfuerzo y sacrificio personal, generando frutos de bien de los que hoy seguimos beneficiándonos. Estas personas no son figuras inalcanzables, sino individuos comunes que, fortalecidos por la gracia del Resucitado, tuvieron el valor de hablar y actuar “con palabras de Dios”, para que “Dios sea glorificado en todas las cosas”. El Papa concluyó su homilía pidiendo a los fieles que, inspirados por este ejemplo, asuman el compromiso de la Noche Santa para que los dones pascuales de la concordia y la paz florezcan en todo el mundo.








