El Papa León XIV concluyó su primera Semana Santa como cabeza de la Iglesia Católica con la tradicional bendición ‘Urbi et Orbi’ (a la ciudad y al mundo), impartida desde la logia central de la Basílica de San Pedro. En un mensaje cargado de esperanza y un urgente llamado a la paz, el Pontífice enfatizó la victoria de la vida sobre la muerte que representa la Resurrección, al tiempo que lamentó la creciente “globalización de la indiferencia” que azota al mundo.
Este emotivo momento adquirió un significado adicional al recordar que, justo un año antes, en 2025, esa misma bendición constituyó la última aparición pública del Papa Francisco, quien falleció un día después, el 21 de abril. León XIV, asumiendo su pontificado, no solo mantuvo la tradición, sino que la impregnó de su propia visión y de la continuidad de la preocupación por los conflictos globales.
Desde la Plaza de San Pedro, adornada para la ocasión y ante miles de fieles, el Papa León proclamó con júbilo: “¡Cristo ha resucitado! ¡Felices Pascuas!”. Sus palabras resonaron evocando la antigua secuencia pascual que canta la victoria del “Rey vencedor” sobre la muerte. El Santo Padre explicó que la Pascua simboliza una victoria fundamental: la de la vida sobre la muerte, la luz sobre las tinieblas y el amor sobre el odio. Una victoria, sin embargo, que tuvo un “precio altísimo”: el sacrificio de Cristo en la cruz, su condena injusta y el derramamiento de su sangre como “verdadero Cordero inmolado” para liberar a la humanidad del mal.
El Pontífice invitó a reflexionar sobre la naturaleza de la fuerza con la que Jesús venció a la muerte. No fue una fuerza violenta, subrayó, sino el poder del “Amor que crea y engendra, Amor fiel hasta el final, Amor que perdona y redime”. Cristo, el “Rey vencedor”, libró y ganó su batalla a través de la entrega confiada a la voluntad del Padre y a su plan de salvación. Recorrió el camino del diálogo, no solo con palabras, sino con hechos: se hizo carne para encontrarnos, esclavo para liberarnos y se dejó morir para darnos vida.
Esta fuerza, explicó León, es similar a la de un grano de trigo que, al marchitarse en la tierra, brota y se convierte en una espiga dorada. Es, aún más, como la de un corazón humano que, herido por una ofensa, rechaza la venganza y reza por quien le ha ofendido. “Esta es la verdadera fuerza que trae la paz a la humanidad”, afirmó, “porque genera relaciones respetuosas a todos los niveles: entre las personas, las familias, los grupos sociales y las naciones”. Una fuerza que prioriza el bien común sobre el interés particular y busca contribuir a un plan colectivo en lugar de imponer uno propio.
La resurrección de Cristo, según el Papa, marca el inicio de una nueva humanidad, la entrada a una “verdadera tierra prometida” donde reinan la justicia, la libertad y la paz, y donde todos se reconocen como hermanos y hermanas. Sin embargo, el Señor, con su resurrección, también nos confronta con “el drama de nuestra libertad”, la elección entre la esperanza y el asombro de los discípulos frente al sepulcro vacío, o el miedo y el engaño de quienes no reconocen la verdad.
En un llamado apremiante, el Pontífice instó: “¡Que quienes tienen armas en sus manos las abandonen! ¡Que quienes tienen el poder de desatar guerras, elijan la paz!”. Subrayó que esta paz no debe ser “impuesta por la fuerza, sino mediante el diálogo”, buscando el encuentro con el otro, no la dominación.
El Papa León XIV lamentó cómo la sociedad actual se está “acostumbrando a la violencia” y cayendo en la “indiferencia” ante la muerte de miles de personas, las secuelas de odio y división de los conflictos, y las consecuencias económicas y sociales que estos provocan. Recuperó la expresión “globalización de la indiferencia”, tan querida por el Papa Francisco, para recordar que su predecesor, desde esa misma loggia hace un año, advirtió sobre “cuánta voluntad de muerte vemos cada día en los numerosos conflictos que afectan a diferentes partes del mundo” en su mensaje Urbi et Orbi de abril de 2025.
La cruz de Cristo, continuó el Santo Padre, nos recuerda el sufrimiento y el dolor de la muerte, y la angustia que conlleva. Reconoció el miedo generalizado a la muerte, que a menudo nos lleva a “voltear hacia otro lado” y “preferir no mirar”. “¡No podemos seguir siendo indiferentes! ¡No podemos resignarnos al mal!”, clamó el obispo de Roma, citando a San Agustín: “Si el morir te causa espanto, ama la resurrección”. Invito a los fieles a amar la resurrección, que nos asegura que el mal no tiene la última palabra.
La paz que Jesús nos entrega, “no como la da el mundo”, es una paz que va más allá de silenciar las armas, es la que “toca y transforma el corazón de cada uno de nosotros”. Por ello, el Papa León XIV hizo una invitación personal a “unirnos en la vigilia de oración por la paz” que se celebrará en la Basílica de San Pedro el próximo sábado 11 de abril.
Al concluir su mensaje de Pascua, el Pontífice imploró al Señor que conceda su paz a un mundo “asolado por las guerras y marcado por el odio y la indiferencia”, encomendando a Él todos los corazones que sufren y esperan la verdadera paz que solo Él puede dar. “¡Confiemos en Él y abrámosle nuestro corazón! Solo Él hace nuevas todas las cosas”, finalizó, deseando nuevamente unas “¡Felices Pascuas!”.








