27 febrero, 2026

En una jornada trascendental para la reflexión espiritual y la introspección en el corazón de la Iglesia, el Vaticano concluyó sus anuales Ejercicios Espirituales, un período de recogimiento y meditación profunda para el Papa León XIV y los miembros de la Curia Romana. La sesión final, celebrada en la venerable Capilla Paulina del Palacio Apostólico, estuvo marcada por la profunda disertación de Mons. Erik Varden, obispo y monje trapense, quien centró su mensaje en las virtudes esenciales que deben adornar a los prelados de la Iglesia Católica, con la finalidad última de “honrar a Dios”.

La meditación de Mons. Varden tomó como eje una epístola histórica y sumamente influyente: “De Consideratione”, escrita por San Bernardo de Claraval a Bernardo dei Paganelli, quien más tarde ascendería al pontificado como el Papa Eugenio III en 1145. Esta carta, un verdadero tratado sobre el buen gobierno y la dirección espiritual, sirvió como brújula para que el obispo noruego delineara los principios de un liderazgo eclesiástico íntegro y efectivo.

Mons. Varden definió el concepto de “consideración”, según San Bernardo, como “el pensamiento que busca la verdad”. Este acto de búsqueda, lejos de ser una mera especulación intelectual, implica una profunda inmersión en los desafíos y realidades de la Iglesia. El obispo destacó la advertencia de San Bernardo a Eugenio III: la necesidad imperante de rodearse de individuos de probada virtud y sabiduría. La premisa es clara y atemporal: una administración central de la Iglesia que opere con excelencia y probidad repercutirá positivamente en el bienestar de la comunidad católica global. “Cuanto más eficientemente se gestionen las oficinas centrales de la Iglesia,” afirmó Mons. Varden, citando la esencia del santo, “mayor será el beneficio para la Iglesia en todo el mundo”.

El obispo noruego desgranó un elenco de cualidades que, a juicio de San Bernardo, son inmortales y deben ser cultivadas por quienes asisten en el gobierno eclesiástico. Estas incluyen la santidad comprobada, una obediencia pronta y una paciencia serena. Además, los colaboradores deben ser inquebrantables en su fe católica, leales en su servicio, inclinados a la paz y anhelantes de la unidad. En el ámbito práctico, se espera de ellos previsión en el consejo, diligencia en la organización y modestia en la expresión. Más allá de estas virtudes explícitas, Mons. Varden enfatizó otras características sutiles pero igualmente vitales: una dedicación constante a la oración, una confianza inquebrantable en la labor que realizan, una llegada que irradie paz y una partida que se distinga por la discreción.

Si la Iglesia adopta y vive conforme a estas recomendaciones, sugirió Mons. Varden, “reflejará la organización de las jerarquías angélicas”. En este espejo de orden divino, los prelados pueden vislumbrar su propósito fundamental: rendir gloria a Dios. Este ideal no es meramente una meta abstracta, sino el motor que impulsa cada acción y decisión en el servicio a la Iglesia.

En un momento de profunda introspección teológica, el obispo Varden recordó la naturaleza de la relación entre Dios y la humanidad. Dios, en su infinita sabiduría y amor, nos ha creado con un deseo inherente hacia Él. Nos expande para que podamos recibirle plenamente, nos justifica para que seamos dignos de su gracia, nos guía con justicia, nos moldea con benevolencia, nos ilumina con su conocimiento y nos preserva para la inmortalidad. Estas verdades fundamentales, destacó, deben ser la consideración primordial de cualquier prelado.

“Independientemente de las múltiples responsabilidades que los prelados deban atender,” afirmó Mons. Varden, “su principal consideración debe ser siempre esta dimensión divina. De esta manera, su aproximación a los asuntos prácticos estará imbuida de luz, orden y bendición”. La perspectiva espiritual, por tanto, no es un mero adorno, sino el fundamento que otorga sentido y dirección a la acción pastoral y administrativa.

Bajo esta luz, Mons. Varden perfiló tres cualidades cardinales que, inspiradas en San Bernardo, deben definir a un prelado: la integridad inquebrantable, la santidad genuina y una austeridad ejemplar. Estas virtudes no solo son requisitos éticos, sino también pilares para un liderazgo que aspire a trascender lo mundano y guiar a los fieles con un ejemplo viviente.

Finalmente, el obispo reflexionó sobre el oficio episcopal, describiéndolo como una participación en el “dulce yugo de Cristo”. Este yugo, lejos de ser una carga opresiva, es una invitación a descubrir que la cruz confiada a cada obispo es, en esencia, luminosa y ligera. Compartir este encargo, concluyó Mons. Varden, es una fuente de gozo profundo, una alegría que emana del servicio desinteresado y la dedicación a la misión divina de la Iglesia. Así, los Ejercicios Espirituales concluyeron con una poderosa exhortación a la renovación interior y a un liderazgo que combine la eficiencia práctica con la más profunda resonancia espiritual.

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